Creí que había escuchado mal.
—¿Qué acabas de decir?
Alexander sostuvo mi mirada.
—Que llevo ocho años esperando que te cases conmigo.
Parpadeé.
—Señor Harrison…
—Alexander.
—¿Qué?
—Si vas a rechazarme, al menos hazlo usando mi nombre.
Miré alrededor.
Media oficina fingía trabajar.
La otra media ni siquiera fingía.
Natalie estaba junto a recepción, observándonos con una expresión de absoluta satisfacción.
Bajé la voz.
—¿Estás diciendo que te gusto?
Alexander cerró los ojos un instante.
—Claire, te compré una cafetera idéntica a la de tu apartamento porque dijiste que el café de la oficina era horrible.
—Pensé que querías mejorar la productividad.
—Cambié tres reuniones internacionales porque tu madre cumplía sesenta años.
—Creí que coincidió.
—Mandé instalar calefacción adicional junto a tu escritorio porque siempre tenías las manos frías.
—Pensé que Recursos Humanos…
—Recursos Humanos ni siquiera sabía que tenías frío.
Natalie soltó una carcajada desde el fondo.
Alexander la ignoró.
—Durante ocho años intenté no cruzar la línea mientras trabajaras para mí.
Entonces comprendí.
Todas aquellas cenas.
Los medicamentos apareciendo sobre mi escritorio cuando enfermaba.
El conductor esperando hasta verme entrar en casa.
Los vuelos que misteriosamente nunca coincidían con mi cumpleaños.
Yo había interpretado cada gesto como profesionalismo.
—¿Por qué nunca dijiste nada?
Su expresión cambió.
—Porque eras mi empleada.
—Eso no responde completamente.
Alexander guardó silencio.
Finalmente admitió:
—También tenía miedo.
Casi me reí.
—¿Tú?
—Sí.
Se acercó un poco.
—Podía perder una negociación de mil millones y volver a intentarlo. Contigo no sabía qué hacer si la respuesta era no.
Por primera vez vi al hombre detrás del director general.
Pero entonces recordé algo mucho más importante.
—Alexander, voy a casarme.
Su mandíbula se tensó.
—Lo sé.
—Entonces llegaste ocho años tarde.
Aquello sí le dolió.
Y necesitaba que lo entendiera.
Ethan no era un objeto que pudiera apartar porque Alexander finalmente hubiera decidido hablar.
—Mi prometido no merece que lo humille solo porque tú descubriste tus sentimientos cuando entregué una renuncia.
Alexander bajó la mirada.
—Tienes razón.
Eso me sorprendió.
Esperaba una discusión.
En cambio, me entregó la carta arrugada.
—No intentaré interferir.
—¿Entonces para qué viniste?
—Porque podía soportar perderte.
Hizo una pausa.
—Lo que no podía soportar era que te fueras sin saber la verdad.
Y se marchó.
Durante los días siguientes, Alexander no llamó.
No escribió.
No investigó a Ethan.
No apareció misteriosamente en mis citas.
Eso hizo que sus palabras pesaran todavía más.
Porque me había confesado lo que sentía…
y después había respetado mi decisión.
Entonces ocurrió algo que cambió el problema por completo.
Ethan canceló nuestra cena de compromiso.
Después canceló la visita para elegir el lugar de la boda.
Luego me pidió aplazar la ceremonia seis meses.
—Mi madre cree que estamos yendo demasiado rápido —explicó.
—Ethan, tú fuiste quien propuso casarnos.
—Sí, pero casarse contigo implica ciertas complicaciones.
—¿Qué complicaciones?
Miró mi currículum sobre la mesa.
—Has pasado ocho años trabajando prácticamente veinticuatro horas para otro hombre. Necesito saber que puedes convertirte en una esposa normal.
Me quedé inmóvil.
—¿Normal?
—Mi madre piensa que después de casarnos deberías dejar de trabajar.
Entonces lo entendí.
Yo había renunciado pensando que buscaba estabilidad.
Ethan había interpretado mi renuncia como el comienzo de mi obediencia.
—¿Y tú qué piensas?
—Que mamá tiene razón.
La boda terminó esa misma noche.
No por Alexander.
Por mí.
Tres semanas después acepté una oferta como directora de operaciones de otra compañía.
Mi primer día recibí un paquete.
Dentro había una elegante pluma y una nota:
“Para que esta vez firmes un contrato mejor que tu renuncia. —A.H.”
Sonreí.
No llamó.
No pidió nada.
Pasaron cuatro meses antes de que volviera a verlo.
Fue durante una conferencia empresarial.
Alexander estaba rodeado de ejecutivos cuando nuestras miradas se cruzaron.
Por primera vez en ocho años, yo no caminaba detrás de él cargando una agenda.
Estaba al otro lado de la sala.
Con mi propio equipo.
Mi propio cargo.
Mi propia vida.
Alexander se acercó.
—Directora Bennett.
—Señor Harrison.
Una sonrisa apareció en sus labios.
—Escuché que no hubo boda.
—No.
No preguntó por qué.
Eso me gustó.
—También escuché que estás haciendo un excelente trabajo.
—Siempre fui buena.
—Lo sé mejor que nadie.
Hubo un pequeño silencio.
Entonces respiré hondo.
—Alexander.
—¿Sí?
—Aquello que dijiste…
Sus ojos cambiaron.
—¿Lo de los ocho años?
Asentí.
—¿Sigue siendo cierto?
Esta vez no tardó cinco segundos.
—Sí.
Sonreí.
—Bien.
Él frunció ligeramente el ceño.
—¿Bien?
Tomé una tarjeta de mi bolso y se la entregué.
Tenía escrita la dirección de un restaurante.
—Viernes. Ocho de la noche.
Alexander miró la tarjeta.
Después me miró a mí.
—¿Es una reunión?
—No.
—¿Una negociación?
—Tampoco.
Por primera vez desde que lo conocía, vi al gran Alexander Harrison quedarse completamente sin palabras.
Me alejé unos pasos antes de girarme.
—Es una cita a ciegas.
Levanté una ceja.
—Aunque esta vez espero que el hombre no tarde ocho años en decirme que le gusto.
Alexander empezó a reír.

Y mientras regresaba con mi equipo comprendí algo.
Renunciar no me había llevado directamente hacia él.
Primero me había llevado de regreso hacia mí misma.
Y solo entonces estaba preparada para descubrir qué podía existir entre nosotros cuando ya no éramos jefe y asistente.
Sino dos personas eligiéndose en igualdad de condiciones.