Esa noche dormí en casa de mi amiga Mercedes.
O, mejor dicho, intenté dormir.
A las once abrí mi libreta verde sobre la mesa de su cocina.
Durante cuarenta y cinco años había ahorrado cada peso que podía.
Daniela sabía que yo tenía “algo guardado”.
Lo que nunca supo era cuánto.
Entre ahorros, inversiones y el dinero que había recibido años atrás por vender un pequeño terreno heredado de mis padres, tenía poco más de 3,8 millones de pesos.
A las ocho de la mañana llamé al número del letrero de la casa de enfrente.
El propietario pedía 2,6 millones.
A las diez ya estaba reunida con mi abogado, Ernesto Valdés.
—Quiero comprarla —le dije.
Ernesto sonrió.
—Entonces primero revisaremos que todo esté en orden.
Mientras él verificaba la propiedad, le conté lo ocurrido con Daniela.
Cuando terminé, dejó el bolígrafo sobre el escritorio.
—¿La casa donde vive su hija está a su nombre?
—Eso creo.
—¿Lo cree?
Aquella pregunta me inquietó.
La casa había pertenecido originalmente a mi esposo, Roberto.
Cuando murió doce años atrás, yo hice todos los trámites sucesorios.
O eso pensaba.
—Traiga sus escrituras.
Las conservaba dentro de una caja metálica en mi habitación.
El problema era evidente.
Daniela acababa de echarme de allí.
Ernesto solicitó una copia certificada.
Dos días después me llamó.
—Señora Elena, necesito que venga.
Había tres documentos sobre su escritorio.
—Su hija tiene razón en una cosa —dijo—. Esa casa también es parcialmente suya.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Cuánto?
—El veinticinco por ciento.
—¿Y el resto?
Giró el documento.
—Setenta y cinco por ciento sigue siendo suyo.
Me quedé mirándolo.
Daniela llevaba meses repitiéndome que, como heredera de su padre, podía decidir sobre toda la propiedad.
Era mentira.
—Entonces puedo regresar.
—Por supuesto.
Pero Ernesto todavía no había terminado.
—Hay algo más.
Sacó el testamento de Roberto.
Yo recordaba perfectamente haberlo leído después de su muerte, pero estaba destrozada entonces.
Había una cláusula que había olvidado.
La participación de Daniela tenía una condición.
Mientras yo viviera, poseía un derecho vitalicio exclusivo de uso sobre toda la casa.
Daniela podía ser propietaria de una cuarta parte.
Pero no podía expulsarme.
Ni impedirme entrar.
Ni instalar a terceros permanentemente sin mi autorización.
—¿Javier cuenta como tercero?
Ernesto sonrió.
—Exactamente.
Por primera vez desde aquel domingo sentí ganas de reír.
Pero no quería volver.
Eso era lo extraño.
Podía recuperar mi habitación aquella misma tarde.
Ya no la quería.
Tres días después firmé la compra de la casa blanca de enfrente.
Pagué de contado.
Cuando llegué con las llaves, Daniela estaba regando las plantas.
Me vio.
Después miró la casa.
—¿Qué haces?
Levanté las llaves.
—Mudándome.
Su expresión fue maravillosa.
—¿Compraste esa casa?
—Sí.
Javier salió detrás de ella.
—¿Con qué dinero?
Lo miré.
—Con el mío.
—Daniela dijo que apenas tenías ahorros.
—Daniela nunca preguntó.
Durante los siguientes días instalé cortinas nuevas.
Compré una cama.
Moví mi máquina de coser junto al gran ventanal.
Por primera vez en años, cada cosa estaba exactamente donde yo quería.
Desde mi ventana podía ver a Javier estacionar su motocicleta en mi antigua cochera.
Podía verlo usar las herramientas de Roberto.
Podía verlo invitar amigos.
No dije nada.
Hasta que Daniela recibió la carta de Ernesto.
Cruzó la calle furiosa.
—¿Qué significa esto?
—Buenos días.
Arrojó el documento sobre mi mesa.
—Dice que Javier tiene que salir.
—Correcto.
—¡Esa casa también es mía!
—Una cuarta parte.
Se quedó inmóvil.
—¿Qué?
Le mostré las escrituras.
Leyó dos veces.
Luego encontró la cláusula de Roberto.
Su rostro cambió.
—Papá nunca habría hecho esto.
—Tu padre precisamente hizo esto.
—Voy a impugnarlo.
—Hazlo.
Eso la desconcertó.
Durante años había aprendido que bastaba con levantarme la voz para que yo cediera.
Aquella mujer ya no existía.
Entonces Javier hizo algo inesperado.
—Amor, tranquilízate.
Tomó las escrituras.
Las examinó con demasiada atención.
—¿Dónde está el original?
Lo miré.
—¿Por qué?
—Solo pregunto.
Algo en su expresión me incomodó.
Esa tarde llamé a Ernesto.
—Investigue a Javier.
Dos días después regresó con noticias.
Javier no era simplemente un hombre desempleado.
Había trabajado como intermediario inmobiliario.
Y tenía dos demandas civiles relacionadas con documentos de propiedad.
Una de ellas involucraba la venta de una casa perteneciente a una mujer de setenta y cuatro años.
Sentí frío.
—¿Daniela sabe esto?
—No puedo saberlo.
Después Ernesto colocó otro documento frente a mí.
—Pero encontramos algo relacionado con su casa.
Tres semanas antes de echarme, Daniela había solicitado una valuación.
Una semana después, Javier había contactado a una financiera.
Querían pedir un préstamo utilizando la propiedad como garantía.
—No pueden hacerlo.
—No con la situación jurídica real.
Por eso necesitaban algo.
Mi firma.
Recordé una conversación.
Dos meses antes, Daniela había intentado convencerme de firmar “unos papeles del seguro de la casa”.
Me negué porque estaba cansada.
Aquella pequeña decisión quizá había salvado mi patrimonio.
Entonces apareció algo peor.
La financiera tenía una copia de una autorización supuestamente firmada por mí.
—Yo nunca firmé esto.
Ernesto asintió.
—Eso pensé.
La firma se parecía a la mía.
Muchísimo.
Pero no era mía.
—¿Quién entregó el documento?
—Javier.
Presentamos inmediatamente la denuncia correspondiente y notificamos a la financiera que yo desconocía aquella autorización.
No acusé a Daniela de nada.
Todavía no sabía cuánto conocía.
Esa noche escuché gritos al otro lado de la calle.
Daniela y Javier discutían.
Una hora después tocaron mi puerta.
Era mi hija.
Tenía los ojos hinchados.
—Mamá…
No respondí.
—Yo no sabía lo de la firma.
La dejé entrar.
—¿Qué sí sabías?
Bajó la cabeza.
—Javier dijo que podíamos pedir dinero usando mi parte de la casa.
—Tu veinticinco por ciento.
—Yo pensaba que tenía la mitad.
—¿Quién te dijo eso?
—Él.
Ahí estaba.
Javier había convencido a mi hija de echarme antes de comprobar siquiera las escrituras.
—¿Cuánto querían pedir?
—Dos millones.
Cerré los ojos.
—¿Para qué?
Daniela comenzó a llorar.
—Javier dijo que tenía una oportunidad de inversión.
No sentí satisfacción.
Era mi hija.
Había sido cruel conmigo.
Pero verla comprender que también había sido utilizada no me produjo alegría.
—¿Dónde está Javier?
—Se fue.
—¿Con qué?
Daniela levantó la mirada.
—Con la caja metálica de papá.
Me puse de pie.
La caja donde yo había guardado documentos durante décadas.
Pero las escrituras originales ya no estaban allí.
Ernesto las había recuperado semanas antes para revisar la sucesión.
Javier había robado una caja casi inútil.
Casi.
Entonces recordé algo.
Dentro todavía había una carpeta que Roberto me había prohibido tirar.
Documentos relacionados con un terreno en Cholula que su familia había comprado hacía más de cuarenta años.
Yo siempre había creído que aquel terreno se vendió antes de su muerte.
Llamé a Ernesto.
Hubo silencio cuando mencioné la carpeta.
—Señora Elena, ¿está segura del nombre?
Se lo repetí.
Escuché teclas.
Después respiró profundamente.
—Ese terreno nunca se vendió.
—¿Cómo?
—Fue incorporado a un fideicomiso.
Sentí que se me aflojaban las piernas.
—¿De cuánto estamos hablando?
—Todavía tengo que verificarlo.
A la mañana siguiente tenía la respuesta.
La zona había cambiado completamente.
El antiguo terreno estaba ahora rodeado de desarrollos comerciales.
La participación vinculada a Roberto podía valer más de doce millones de pesos.
Pero había algo todavía más extraño.
—El fideicomiso tiene dos beneficiarios —explicó Ernesto.
—Daniela y yo.
Negó.
—Usted y otra persona.
Me entregó una copia.
Leí el nombre.
JAVIER MENDOZA.
Sentí que el corazón me golpeaba.
—Eso es imposible.
Ernesto señaló la fecha.
Javier había sido agregado como beneficiario once años antes.
Mucho antes de conocer a Daniela.
Mucho antes de entrar en nuestra casa.
—¿Cómo conocía Javier a mi esposo?
—Eso estamos intentando averiguar.
Entonces Daniela, que estaba sentada junto a mí, comenzó a llorar.
No como antes.
Esta vez parecía aterrada.
—Mamá…
La miré.
—¿Qué?
—Yo sí había visto ese nombre.
—¿Dónde?
—Entre las cosas de papá después de que murió.
—¿Y por qué nunca me dijiste nada?
Daniela tragó saliva.
—Porque había una carta.
—¿Qué carta?
Metió la mano en su bolso.
Sacó un sobre amarillento que había conservado durante doce años.
Reconocí inmediatamente la letra de Roberto.
En el frente decía:
PARA ELENA. SOLO SI JAVIER REGRESA.
Se me heló la sangre.
Abrí el sobre.
Dentro había una única hoja.

La primera frase decía:
Elena, si estás leyendo esto, significa que Javier finalmente encontró a nuestra hija.