PARTE 2: EL SECRETO DEL GRANERO

—Sí —dijo Elías—. Probablemente me perseguirá.

Hannah cerró los ojos.

—Entonces déjeme.

—No.

La respuesta salió tan firme que ella volvió a mirarlo.

—No voy a dejarla aquí para que ese hombre regrese.

Elías encontró una manta limpia colgada sobre una cerca interior y la colocó cuidadosamente alrededor de Hannah.

No intentó obligarla a ponerse de pie.

Por el estado en que se encontraba, sabía que moverla incorrectamente podía empeorar sus heridas.

—¿Hay un médico cerca?

—Doctor Whitaker —susurró ella—. Vive en Clearwater.

—¿Cuánto?

—Quizá ocho millas.

Elías asintió.

Primero necesitaba sacarla del Rancho Miller.

Pero cuando se inclinó para levantarla, Hannah agarró su muñeca.

—Espere.

—¿Qué ocurre?

Ella señaló hacia un montón de paja junto a la pared.

—Debajo.

Elías apartó la paja.

Encontró una pequeña bolsa de cuero.

Dentro había tres monedas, una fotografía doblada y una llave.

—¿Es suyo?

Hannah negó.

—Era de mi padre.

Elías miró la fotografía.

Aparecían cuatro hombres frente a una mina.

Uno de ellos era mucho más joven, pero Elías lo reconoció.

Silas Miller.

El dueño del rancho.

El marido de Hannah.

—¿Qué significa esto?

—Mi padre murió hace seis meses.

—Lo siento.

—No fue un accidente.

Elías levantó lentamente la vista.

Hannah comenzó a llorar.

Su padre, Samuel Hart, había sido propietario de tierras al oeste de Clearwater.

Durante años todos creyeron que eran prácticamente inútiles.

Hasta que una compañía ferroviaria comenzó a estudiar una nueva ruta.

De repente aquellas hectáreas valían una fortuna.

Samuel se negó a vender.

Dos meses después murió tras caer de su caballo.

Y apenas cuatro semanas más tarde Silas Miller apareció ofreciendo ayuda a Hannah.

—Me casé con él porque estaba sola.

Su voz se quebró.

—Pensé que era un buen hombre.

Pero después de la boda, Silas comenzó a buscar documentos.

Preguntaba constantemente por las tierras.

Por una escritura que Samuel había escondido.

Por una llave.

Elías miró la que sostenía.

—Esta llave.

Hannah asintió.

—Mi padre me dijo que jamás se la entregara a nadie.

Entonces Elías comprendió.

—Silas no la encerró aquí simplemente para castigarla.

—Quería que le dijera dónde estaba.

Hannah señaló sus tobillos.

—Me mantuvo inmovilizada durante horas. Cada vez que decía que no sabía nada, apretaba más las cuerdas.

El rostro de Elías se endureció.

Pero no hizo preguntas innecesarias.

Hannah necesitaba un médico.

No una investigación en aquel suelo.

La envolvió en la manta y la levantó con extremo cuidado.

Ella gritó y enterró el rostro contra su pecho.

—Lo siento.

—No se disculpe.

Llegaron hasta la puerta.

Entonces escucharon caballos.

Hannah dejó de respirar.

—Es él.

Tres jinetes aparecieron frente a la casa.

Silas Miller iba primero.

Cuando vio a Elías cargando a Hannah, desmontó.

—Boone.

—Miller.

—Baje a mi esposa.

Elías no se movió.

Silas observó la manta.

Después vio la bolsa de cuero en la mano de Elías.

Su expresión cambió.

—Eso es mío.

—Hannah dice que pertenecía a su padre.

—Hannah está enferma.

Silas sonrió.

—No sabe lo que dice.

Hannah tembló entre los brazos de Elías.

—No le dé la llave.

Silas dejó de sonreír.

Los otros dos hombres comenzaron a separarse.

Elías reconoció la maniobra.

—Si vienen por la mujer —dijo— tendrán que explicar primero por qué estaba atada dentro de su granero.

Uno de los hombres miró a Silas.

Claramente no sabía esa parte.

Silas apretó la mandíbula.

—Es un asunto entre marido y mujer.

—Ya no.

Elías llevó a Hannah hasta su caballo.

Silas dio un paso.

—Boone, no sabe en qué se está metiendo.

Elías lo miró.

—Eso mismo me dijo ella.

Y montó.

Dos horas después, Hannah estaba en la casa del doctor Whitaker.

El médico tardó casi una hora en examinarla.

Cuando salió, su expresión era grave.

—Llegó a tiempo.

Elías se puso de pie.

—¿Vivirá?

—Creo que sí.

El alivio casi le hizo perder fuerza en las piernas.

—Necesita descanso, tratamiento y tiempo.

Whitaker bajó la voz.

—Y necesita mantenerse lejos de su marido.

—Eso ocurrirá.

Pero antes de que Elías pudiera regresar con Hannah, alguien golpeó la puerta.

Era el sheriff Caleb Morris.

Silas había denunciado que Elías había secuestrado a su esposa y robado propiedad privada.

—Quiero escuchar la versión de Hannah —dijo Morris.

Elías lo dejó pasar.

Hannah habló durante veinte minutos.

Contó todo.

Las preguntas sobre la tierra.

Las amenazas.

Las cuerdas.

El granero.

La llave.

Cuando terminó, el sheriff permaneció en silencio.

—¿Qué abre esa llave?

Hannah negó.

—No lo sé.

Elías sacó la fotografía.

Morris la observó.

Su rostro cambió.

—¿Dónde consiguió esto?

—Era del padre de Hannah.

El sheriff señaló al hombre que estaba junto a Silas.

—Ese es Walter Crane.

—¿Quién?

—Representante de Kansas Western Railroad.

Hannah abrió los ojos.

Morris continuó:

—Crane desapareció hace cinco meses.

Exactamente un mes después de la muerte de Samuel Hart.

En el reverso de la fotografía había números escritos.

Elías no los había notado.

14 — 7 — 32.

El sheriff los reconoció.

—Registro de depósito.

En Clearwater había una pequeña oficina bancaria que alquilaba cajas de seguridad.

La llave encajó en la número 32.

A la mañana siguiente, acompañados por el sheriff, abrieron la caja.

Dentro había una escritura original.

Un mapa ferroviario.

Varias cartas.

Y un contrato.

Hannah leyó primero.

Después se cubrió la boca.

—Dios mío.

Samuel Hart había firmado un acuerdo preliminar con Kansas Western.

Pero no para vender sus tierras.

El ferrocarril le había ofrecido un porcentaje de los beneficios futuros a cambio de permitir el paso de la línea.

El contrato podía convertir a Hannah en una de las mujeres más ricas del condado.

Sin embargo, había algo todavía más importante.

Una carta escrita por Walter Crane.

Samuel: Miller descubrió el acuerdo. No firmes nada que te entregue. Hay alguien dentro de la compañía ayudándolo a falsificar las cesiones.

La siguiente carta estaba fechada tres días antes de la muerte de Samuel.

Si me ocurre algo, lleva estos documentos al juez Harrison. Silas Miller ya intentó comprar mi silencio.

Hannah comenzó a llorar.

—Mi padre sabía.

El sheriff tomó las cartas.

—Esto no demuestra por sí solo qué ocurrió con su padre, pero es suficiente para abrir una investigación seria.

Entonces Elías encontró un último sobre.

No estaba dirigido a Hannah.

Decía:

ELIAS BOONE.

Elías se quedó inmóvil.

—Eso es imposible.

Hannah lo miró.

—¿Mi padre lo conocía?

—Nunca conocí a Samuel Hart.

Abrió el sobre.

Dentro había una sola hoja.

Señor Boone:

Si está leyendo esto, significa que finalmente llegó al Rancho Miller por el caballo.

Elías sintió un escalofrío.

Él había ido al rancho porque Silas le ofreció venderle un semental a un precio absurdamente bajo.

La carta continuaba.

El caballo nunca estuvo en venta.

Yo preparé ese anuncio antes de morir porque necesitaba asegurarme de que, si algo me ocurría, un hombre ajeno a Miller llegara hasta el granero.

Hannah levantó lentamente la vista.

—Mi padre hizo que usted fuera allí.

Elías siguió leyendo.

Lo elegí porque hace doce años usted salvó la vida de mi hermano en Dodge City, aunque probablemente nunca supo su nombre.

Elías recordó una tormenta.

Un carro volcado.

Un desconocido herido.

Nunca volvió a verlo.

Pero quedaba una última línea.

Y esa fue la que hizo que el sheriff cerrara la puerta de la oficina.

No confíe únicamente en el sheriff Morris. Silas no podría haber hecho esto solo. Uno de los hombres que firmó la falsificación lleva una estrella.

Elías levantó la mirada.

Caleb Morris estaba al otro lado de la mesa.

El sheriff también había leído la frase.

Durante varios segundos nadie habló.

Entonces Morris se quitó lentamente la estrella del pecho.

La colocó sobre la mesa.

—Samuel tenía razón en una cosa.

Hannah retrocedió.

Morris levantó ambas manos.

—Pero se equivocó de sheriff.

Sacó del bolsillo una vieja insignia.

—Mi padre llevaba esta estrella antes que yo.

Y en la parte posterior estaban grabadas las mismas iniciales que aparecían como testigo en la escritura falsa de las tierras de Hannah.

Related Posts

PARTE 2: EL DOCUMENTO SELLADO

—Su Señoría —dije—, reaccioné cuando el señor Vance me tocó sin permiso. Lo liberé inmediatamente cuando usted me lo ordenó. La jueza Henderson me sostuvo la mirada….

PARTE 2: EL RIÑÓN EQUIVOCADO

La doctora Oei encendió la tableta. —Antes de enseñarte esto, necesito que entiendas algo. La cirugía salió bien. Tu función renal es estable y el órgano trasplantado…

PARTE 2: EL VERDADERO HEREDERO

Julian permaneció en silencio al otro lado de la línea. Por primera vez en once años, no intenté salvarlo de las consecuencias de sus propias decisiones. —Evelyn,…

PARTE 2: EL HOMBRE EQUIVOCADO

La mano de Derek nunca llegó al cuello de Cole. Mi hermano se desplazó medio paso. Nada espectacular. Nada que pareciera digno de una película. Solo dejó…

PARTE 2: QUIÉN ERA EVELYN

A las 9:41, Dominic entró en el salón Meridian con Vanessa Quinn tomada de su brazo. A las 9:43, me vio. Yo estaba al otro extremo del…

PARTE 2: EL HOMBRE DE BOSTON

El viaje de Chicago a Boston duró poco más de dos horas. Marcus habló una sola vez. —Jefe, antes de llegar necesita saber quién es ese hombre….

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *