Seguí leyendo.
Cuanto más avanzaba, más absurda se volvía aquella lista.
Artículo 7:
Después del matrimonio, la esposa deberá priorizar las reuniones y compromisos de la familia Lin. En caso de conflicto con actividades laborales, deberá intentar ajustar su horario.
Artículo 8:
Cualquier bonificación, comisión, ingreso extraordinario o beneficio derivado de inversiones deberá declararse inmediatamente y entregarse a la cuenta familiar.
Mis dedos se detuvieron.
Bonificación.
Miré de reojo mi teléfono.
Tres millones de yuanes.
Acababan de ingresar hacía menos de una hora.
Qué coincidencia.
Levanté la mirada.
—Lin Yuan, ¿sabías que hoy recibiría mi bonificación?
Él parpadeó.
Solo una vez.
Pero fue suficiente.
—Sabía que tu empresa estaba tramitándola.
—¿Sabías cuánto era?
Guardó silencio.
Entonces comprendí la respuesta.
—¿Tres millones?
Su expresión cambió ligeramente.
Sonreí.
—Así que también sabías la cantidad.
—No te centres en eso.
Lin Yuan señaló los documentos.
—Estas reglas existen desde hace años. Mi madre siempre ha administrado así las finanzas familiares.
—¿También administrará mis tres millones?
—Después de casarnos somos una familia.
—No he preguntado eso.
Lo miré fijamente.
—He preguntado si tus padres quieren administrar mis tres millones.
Lin Yuan respiró profundamente.
—Sí.
No dudó.
Quizá esperaba que apreciara su sinceridad.
—¿Y mi apartamento?
—También debe registrarse.
—¿Mis inversiones?
—Igual.
—¿Mis ahorros?
—Naturalmente.
Asentí lentamente.
—Entiendo.
Su expresión se relajó.
Probablemente creyó que había aceptado.
Entonces doblé cuidadosamente las hojas.
Una vez.
Dos veces.
Se las devolví.
—No voy a casarme contigo.
Lin Yuan permaneció inmóvil.
—¿Qué?
—Mañana no iremos a registrar el matrimonio.
—Deja de bromear.
—No estoy bromeando.
Por primera vez en tres años vi desaparecer aquella calma quirúrgica de su rostro.
—¿Quieres cancelar nuestra boda por unas reglas familiares?
—No.
Me puse de pie.
—Quiero cancelarla porque hasta esta noche no había entendido cuál sería mi posición dentro de vuestra familia.
Señalé aquellas hojas.
—No buscáis una esposa.
—Entonces, ¿qué buscamos?
—Un engranaje.
Silencioso.
Útil.
Obediente.
Que entregue su dinero.
Que haga las tareas domésticas.
Que solicite permiso para gastar lo que ella misma gana.
Y que encima esté agradecida por haber sido admitida en vuestra máquina.
Lin Yuan apretó la mandíbula.
—Estás exagerando.
—Quizá.
Tomé mi teléfono.
—Entonces busca a alguien que no piense que estas reglas son exageradas.
Aquella noche, Lin Yuan se marchó.
A las seis y media de la mañana siguiente me despertaron los golpes en la puerta.
Era su madre.
Detrás estaban su padre y Lin Yuan.
La señora Lin entró sin esperar invitación.
—Escuché que anoche hiciste una escena.
—No hice ninguna escena.
—¿Entonces por qué quieres cancelar la boda?
—Porque no acepto vuestro reglamento.
Ella me observó como si acabara de escuchar una estupidez.
—¿Solo por eso?
Sonreí.
—Para mí es suficiente.
La señora Lin dejó el bolso sobre la mesa.
—Las jóvenes de ahora creen que ganar algo de dinero las convierte en alguien importante.
Ahí estaba.
—¿Lin Yuan también le contó lo de mi bonificación?
Ella no respondió directamente.
—Tres millones parecen mucho, pero una familia tiene muchos gastos. Además, nosotros sabemos administrar el dinero mejor que tú.
—¿Nosotros?
—Tus suegros.
—Todavía no lo son.
Su rostro se endureció.
—Mañana lo serán.
—No.
—¿Qué quieres decir?
—La boda está cancelada.
El padre de Lin Yuan finalmente habló.
—Señorita, piense bien las consecuencias.
Lo miré.
—Ya lo hice.
—Las invitaciones están enviadas. El hotel está pagado. Nuestros familiares vienen de otras ciudades.
—Entonces celebren una reunión familiar.
La señora Lin explotó.
—¡¿Cómo puedes ser tan egoísta?!
Lin Yuan intervino:
—Mamá.
—¡No me detengas! Hemos preparado todo para recibirla en nuestra familia y ahora, porque ha recibido tres millones, de repente cree que puede mirarnos por encima del hombro.
Me quedé en silencio.
Entonces entendí algo.
Ellos realmente pensaban que yo debía sentirme afortunada.
Como si casarme con Lin Yuan fuera una promoción.
Como si mi salario, mi apartamento, mis ahorros y hasta mi tiempo fueran la cuota que debía pagar por entrar.
Caminé hasta la puerta.
—Por favor, váyanse.
La señora Lin me señaló.
—¡Te arrepentirás!
—Puede ser.
Abrí la puerta.
—Pero prefiero arrepentirme de no casarme que arrepentirme cada día después de hacerlo.
La boda se canceló.
Bloqueé a casi toda la familia Lin.
Y renové el contrato de alquiler.
Cuando el propietario me preguntó cuánto tiempo quería quedarme, respondí:
—Un año más.
Aquella noche saqué de la caja la vieja lámpara.
La coloqué nuevamente sobre la mesita.
La grieta seguía allí.
La encendí.
Funcionaba perfectamente.
De repente recordé las palabras de Lin Yuan.
“Solo es una lámpara.”
Antes pensaba que se refería al objeto.
Ahora comprendía que esa era su forma de mirar muchas cosas.
Solo una lámpara.
Solo unas reglas.
Solo tu bonificación.
Solo tu apartamento.
Solo tu libertad.
Hasta que, poco a poco, no quedaba nada que siguiera siendo verdaderamente tuyo.
Una semana después recibí una llamada inesperada.
Era Lin Yuan.
Utilizaba otro número.
—¿Podemos hablar?
—No.
—Solo cinco minutos.
Iba a colgar cuando dijo:
—Mi madre está dispuesta a modificar las reglas.
Me reí.
—¿Qué artículo?
Silencio.
—Podemos reducir el porcentaje de ingresos familiares al cincuenta por ciento.
—Adiós, Lin Yuan.
—¡Espera!
Su voz sonó desesperada por primera vez.
—¿Qué quieres entonces?
Me quedé quieta.
Aquella pregunta me confirmó que seguía sin entender nada.
—No quiero negociar mejores condiciones.
—Entonces, ¿qué quieres?
—No pertenecer a una familia donde necesito negociar mi propia libertad.
Colgué.
Dos meses después, compré un apartamento.
No era enorme.
Pero tenía grandes ventanas y estaba a quince minutos de mi empresa.
El día que firmé el contrato, gasté una pequeña parte de la bonificación en algo completamente innecesario.
Una lámpara nueva.
Era preciosa.
La llevé a casa, la saqué de la caja…
Y después de mirarla durante un rato, terminé colocando la vieja lámpara agrietada junto a ella.
No quería tirarla.
Me recordaba quién había sido.
Mientras organizaba la mudanza, encontré nuevamente aquel sobre.
La fotografía universitaria cayó al suelo.
Fu Shiyen seguía sonriendo bajo los árboles de ginkgo.
La recogí.
Esta vez no la guardé inmediatamente.
Dos días después, durante una reunión de trabajo, mi jefe anunció:
—El especialista que dirigirá nuestra nueva colaboración internacional llega hoy. Algunos quizá ya lo conozcan.
La puerta se abrió.
Levanté la mirada.
El hombre que entró vestía un abrigo gris oscuro.
Había cambiado.
Parecía más maduro.
Más tranquilo.
Pero cuando nuestros ojos se encontraron…
su expresión se congeló.
Yo tampoco pude moverme.
Después de tantos años, Fu Shiyen estaba nuevamente frente a mí.
La reunión terminó cuarenta minutos después.
Todos comenzaron a salir.
Yo guardaba mi ordenador cuando escuché su voz.
—¿Vas a fingir que no me conoces?
Levanté la cabeza.
—Profesor Fu.
Él soltó una pequeña risa.
—Así que ahora soy “profesor Fu”.
—¿Cómo debería llamarte?
Me miró durante unos segundos.
—Como antes.
Mi corazón dio un pequeño vuelco.
Pero ya no era aquella joven universitaria.
—Han pasado muchos años.
—Lo sé.
—Las personas cambian.
—También lo sé.
Guardó silencio.
Entonces preguntó:
—¿Te casaste?
Miré mi mano vacía.
—No.
Sus ojos descendieron hacia ella.
—Escuché que ibas a hacerlo.
—La boda se canceló.
No preguntó por qué.
Solo asintió.

Y precisamente por no preguntar…
sentí que podía respirar.
Cuando llegó al ascensor, se volvió.
—Esta vez estaré aquí dos años.
Me quedé inmóvil.
Era exactamente el mismo tiempo que años atrás nos había separado.
Las puertas comenzaron a cerrarse.
Fu Shiyen sonrió.
—Pero esta vez no voy a pedirte que me esperes.
—¿Entonces?
Colocó una mano entre las puertas y volvió a abrirlas.
—Esta vez seré yo quien espere.
Lo vi marcharse.
No corrí detrás de él.
Tampoco sentí que tuviera que hacerlo.
Quizá algún día volveríamos a empezar.
Quizá no.
Pero esa ya sería una decisión mía.
No de Lin Yuan.
No de sus padres.
No de unas hojas A4 llenas de reglas.
Aquella noche regresé a mi nuevo apartamento.
Encendí la vieja lámpara.
La luz atravesó la pantalla agrietada y cayó sobre la fotografía universitaria que había dejado sobre la mesa.
Sonreí.
Tres millones de yuanes no me habían convertido en una mujer diferente.
Simplemente habían conseguido que la familia Lin mostrara sus verdaderas intenciones una noche antes de que fuera demasiado tarde.
Y aquel fue probablemente…
el dinero mejor ganado de toda mi vida.