Rachel intentó hablar.
—Señora Bennett, creo que hubo un malentendido…
Victoria la interrumpió.
—No hubo ninguno.
Su voz salió clara por el altavoz.
—Emma inició las negociaciones, preparó la propuesta y resolvió personalmente las condiciones que mi consejo rechazó dos veces.
Daniel me miró.
—Emma, podemos corregir esto.
—Ya lo corregiste cuando me despediste.
Rachel apretó los puños.
—¡Ella está manipulando a su tía!
Victoria soltó una pequeña risa.
—Rachel, ¿sabes siquiera qué cláusula discutimos ayer durante cuatro horas?
Silencio.
—¿Cuál era nuestro principal requisito de indemnización?
Rachel abrió la boca.
Nada.
Victoria continuó:
—Exactamente.
Entonces Daniel cambió de estrategia.
—Victoria, lamento profundamente esta confusión. Emma será reincorporada inmediatamente.
Lo miré.
—No quiero volver.
—Emma…
—Me despediste sabiendo dónde estaba.
Mostré otra vez su autorización.
—Así que nunca fue por las ausencias.
Daniel guardó silencio.
Rachel palideció.
Y comprendí.
—Fue por ella.
Daniel se pasó una mano por el rostro.
—Rachel me dijo que estabas intentando llevarte clientes si algún día abandonabas la empresa.
—¿Y le creíste sin preguntarme?
No respondió.
Victoria sí.
—Emma, revisa tu correo.
Abrí el archivo que acababa de enviarme.
Era el registro de acceso al portal privado de Bennett Industries.
Durante las últimas seis semanas alguien había intentado descargar mis propuestas desde otra cuenta.
Usuario:
Rachel Moore.
Pero había algo peor.
Su acceso había sido autorizado desde las credenciales ejecutivas de Daniel.
Toda la oficina quedó en silencio.
—Daniel —dije—, ¿le diste acceso?
Él negó inmediatamente.
—Nunca.
Rachel retrocedió.
Daniel le arrancó mi antigua tarjeta del cuello.
—¿Qué hiciste?
Antes de que pudiera responder, Sophie apareció corriendo.
—Daniel, Finanzas necesita verte.
—¿Ahora qué?
—El banco congeló nuestra línea de crédito.
Su rostro perdió el color.
Victoria habló todavía por el teléfono.
—Ese crédito estaba garantizado por nuestro contrato de veintiocho millones.
Daniel cerró los ojos.
Pero mi tía aún no había terminado.
—Y hay otra cuestión.
Escuché papeles moverse.
—Emma, ¿recuerdas Bennett Strategic Ventures?
Claro que lo recordaba.
Era el fondo de inversión de mi abuelo.
—Compramos deuda de esta compañía hace dieciocho meses.
Daniel levantó lentamente la cabeza.
—¿Cuánta?
Victoria respondió:
—Suficiente para que el consejo quiera hablar con Emma antes que contigo.
Mi teléfono vibró.
Un correo del presidente del consejo.
REUNIÓN EXTRAORDINARIA — 16:00.
Debajo había un documento adjunto.
Lo abrí.
No trataba únicamente del despido.
Había transferencias sospechosas por más de seis millones de dólares.
Todas autorizadas desde la oficina ejecutiva.
Beneficiario:
RM Consulting.
Miré a Rachel.
Sus iniciales.
Daniel también las vio.
—Rachel…
Ella agarró su bolso.
—Esto no es lo que parece.
Pero entonces Sophie habló desde detrás de nosotros.
—Emma, hay algo que debes saber.
Se acercó y bajó la voz.
—RM Consulting no pertenece a Rachel.
Me mostró el registro corporativo.
El propietario figuraba bajo otro nombre.

Michael Carter.
El padre de Daniel.
El hombre que, según Daniel, había muerto ocho años atrás.
Daniel se quedó completamente inmóvil.
—Mi padre está muerto.
Sophie negó lentamente.
—Entonces alguien lleva tres años utilizando su identidad para sacar dinero de tu empresa.
Miré a Daniel.
Por primera vez comprendí que mi despido quizá no había sido simplemente para darle mi puesto a Rachel.
Alguien necesitaba sacarme de la empresa precisamente el día en que cerraba el contrato que habría obligado a Bennett Industries a auditar todas las cuentas.