Seguí grabando.
Durante varios segundos nadie habló.
Entonces Daniel bajó la voz.
—Robert, ese dinero no se menciona delante de Patricia.
—Estoy aquí —respondió mi suegra.
El silencio que siguió fue distinto.
Más peligroso.
El hombre del maletín intervino.
—Los 480,000 dólares son precisamente el problema. Las transferencias terminaron en una cuenta vinculada a alguien llamado Alexander Reed.
Ese nombre no significaba nada para mí.
Pero Daniel dejó caer una copa.
—Ese hombre está muerto.
Sentí un escalofrío.
Megan preguntó:
—¿Quién es Alexander?
—Nadie —respondió Daniel demasiado rápido.
El desconocido abrió unos documentos.
—Pues ese “nadie” figura como beneficiario de una cuenta creada por Natalie hace nueve años.
Nueve años.
Antes de conocer a Daniel.
Miré mi teléfono.
Yo jamás había abierto una cuenta con ese nombre.
Entonces Patricia dijo algo que me heló.
—Su abuela sí conocía a Alexander.
Daniel murmuró una maldición.
Ya no estaban hablando solamente de robarme.
Estaban escondiendo algo anterior a nuestro matrimonio.
Esperé hasta que todos abandonaron la casa.
Luego salí del baño y llamé a Margaret.
—Necesito un favor.
—Dime.
—Si Daniel pregunta, mi avión salió normalmente.
Después hice una segunda llamada.
A mi abogado.
Esa misma tarde congelamos cualquier movimiento que requiriera mi autorización y guardamos copias de la grabación, los estados bancarios y los documentos de propiedad.
Pero quedaban los 480,000 dólares.
Revisamos mis cuentas secundarias.
Las transferencias existían.
Pequeñas cantidades durante dos años.
Todas parecían autorizadas desde mi usuario.
Todas terminaban en sociedades distintas.
Y todas convergían finalmente en Alexander Reed.
—¿Reconoces este apellido? —preguntó mi abogado.
Negué con la cabeza.
Entonces recordó algo.
—Natalie, ¿cómo se llamaba tu abuela antes de casarse?
Sentí que el corazón se detenía.
Reed.
Mi abuela era Eleanor Reed.
Abrí la vieja caja de documentos que había heredado con la casa.
En el fondo encontré un sobre que nunca había visto.
Decía:
“Para Natalie. Abrir únicamente si alguien intenta usar la casa como garantía.”
Mis manos comenzaron a temblar.
Dentro había una fotografía.
Mi abuela aparecía junto a un hombre joven.
Detrás estaba escrito:
“Eleanor y Alexander, 1989.”
También había una carta.
Solo alcancé a leer tres líneas antes de sentarme.
“Natalie, Alexander no te robó nada.
Ese dinero siempre fue suyo.
Si Daniel alguna vez descubre la existencia del fideicomiso, no le permitas encontrar a Alexander.”
Me quedé mirando aquellas palabras.
¿Encontrarlo?
Daniel había dicho que estaba muerto.
Entonces sonó el timbre.
Margaret llamó inmediatamente.
—Natalie, no abras.
Me acerqué en silencio a la ventana.
Un hombre desconocido estaba frente a mi puerta.
Tendría unos cincuenta años.
Sostenía una carpeta vieja y la misma fotografía que yo acababa de encontrar.
Luego levantó la mirada directamente hacia mi ventana.
Y dijo:
—Natalie, sé que estás ahí.
Sentí que se me congelaba la sangre.
—Soy Alexander Reed.
Hizo una pausa.
—Y si Daniel descubre que sigo vivo, los 480,000 dólares serán el menor de tus problemas.
