A la mañana siguiente llegué al departamento de mi mamá a las nueve.
Ni siquiera tuve que usar mi llave.
Ofelia abrió la puerta.
Llevaba la bata de Lucía.
—Mariana, qué bueno que viniste.
Detrás de ella había tres maletas.
Sus cosméticos ocupaban el baño.
Había cambiado las sábanas y colocado fotografías familiares sobre el aparador.
—Solo estaré aquí mientras tu mamá se recupera —dijo—. No desperdicies una casa vacía.
Miré alrededor.
—Entiendo.
Mi tranquilidad pareció desconcertarla.
Entré al dormitorio, recogí la novela y la carpeta azul que mamá había pedido.
Ofelia me siguió.
—Raúl dijo que estabas de acuerdo.
Sonreí.
—¿Eso dijo?
No discutí.
No la eché.
Simplemente salí.
A las once llamaron a la puerta del departamento.
Ofelia abrió esperando verme.
Era la tía Rosario.
Detrás de ella estaban su esposo, dos hijas adultas y cuatro maletas enormes.
—¡Ofelia!
Rosario la abrazó encantada.
—Mariana dijo que encontraste un lugar precioso donde toda la familia puede quedarse gratis.
Ofelia se quedó blanca.
—¿Qué?
Rosario entró sin esperar invitación.
—Como tú siempre dices: donde cabe uno, caben siete.
Mi teléfono comenzó a sonar veinte minutos después.
Ofelia.
No contesté.
Después llamó Raúl.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
—¡Mi mamá dice que la tía Rosario llegó con toda su familia!
—Qué bonito. Así no estará sola.
—¡Ese departamento no es un hotel!
Guardé silencio unos segundos.
—Exactamente.
Raúl colgó.
Pensé que finalmente lo había entendido.
Me equivocaba.
Esa tarde, Rosario me llamó.
Ya no estaba riendo.
—Mariana, encontré algo raro.
—¿Qué cosa?
—Ofelia estaba escondiendo documentos en una maleta.
Sentí que mi sonrisa desaparecía.
—¿Qué documentos?
Rosario fotografió varias hojas y me las envió.
La primera era una copia de la escritura del departamento.
La segunda, una identificación de mi madre.
La tercera hizo que me levantara de la silla.
Era una solicitud para cambiar el domicilio fiscal y registrar a Raúl como representante autorizado de Lucía.
Mi madre jamás había firmado aquello.
Llamé inmediatamente a Raúl.
—¿Qué estabas intentando hacer con el departamento?
Silencio.
—Mariana, podemos hablar cuando llegue.
—Respóndeme.
Entonces escuché a Ofelia gritar detrás de él:
—¡No le digas nada hasta que firme Lucía!
Se me heló la sangre.
—¿Firmar qué?
Raúl colgó.
Abrí la carpeta azul que había recogido aquella mañana.
Hasta entonces no la había revisado.
Dentro encontré recibos, documentos bancarios y un sobre cerrado con mi nombre.
La letra era de mamá.
Lo abrí.
“Mariana: si alguna vez Raúl pregunta demasiado por este departamento, no le entregues ningún documento.”
Debajo había una copia de un contrato fechado cuatro años antes de nuestro matrimonio.
Seguí leyendo.
El departamento no era el verdadero problema.
Formaba parte de un pequeño fideicomiso que mi padre había creado antes de morir.
Y yo aparecía como beneficiaria única.
Entonces vi el último documento.
Una solicitud presentada apenas seis días antes de que mamá terminara en el hospital.
Alguien había intentado modificar el fideicomiso.
La firma atribuida a Lucía parecía auténtica.
Pero había un detalle imposible.
Mi madre supuestamente había firmado ante notario a las 11:40 de la mañana.
A esa misma hora yo estaba con ella en urgencias.
Miré el nombre del testigo.
Raúl.
Y debajo aparecía otro.
Ofelia.
En ese momento llamó Rosario.
—Mariana, ven rápido.
—¿Qué pasó?
Su voz ya no tenía nada de divertida.
—Encontré a Ofelia intentando sacar una caja fuerte del armario de tu mamá.
Me puse de pie.
—No la dejes ir.
Rosario bajó la voz.
—No pienso hacerlo.
Hizo una pausa.
—Pero hay algo que debes saber.
—¿Qué?
—La caja fuerte ya estaba abierta.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Qué había dentro?
—Fotografías de Raúl.
—¿Fotografías?
—Sí.
Rosario tragó saliva.
—De hace veinticinco años.
Me quedé inmóvil.
Raúl y yo apenas teníamos treinta y cuatro.
—Eso no tiene sentido.
—Lo sé —respondió—. Por eso tienes que venir.
Entonces añadió:
—Porque en todas las fotos aparece tu padre cargándolo en brazos.
