Lucía dejó la carpeta azul sobre la mesa.
Las conversaciones murieron al instante.
—Tenemos que hablar.
Víctor miró la escritura y palideció antes incluso de que Lucía la abriera.
Ese detalle fue suficiente.
—¿Por qué tienes eso? —preguntó Andrés.
—Porque es mío.
Lucía desplegó la escritura.
—Igual que esta casa.
Marta soltó una carcajada nerviosa.
—Abuelo dijo muchas cosas antes de morir.
—Esta la dijo ante notario.
El silencio cambió.
Carmen se levantó.
—Lucía, estás cansada. Acabas de volver de una misión.
—También faltan cuarenta y cinco mil euros.
Víctor dejó de respirar por un segundo.
Lucía colocó el poder falsificado junto a la escritura.
—Mi firma. Solo que nunca la hice.
—Podemos explicarlo —dijo Carmen.
—Perfecto. Explíquenlo ante mi abogado.
Marta se puso de pie.
—¡Estoy embarazada!
Lucía la miró.
—Eso no convierte el fraude en un regalo familiar.
Víctor intentó salir.
—Tú te quedas.
La voz de Andrés resonó con autoridad militar.
Pero esta vez no estaba mirando a Lucía.
Miraba a su yerno.
—¿Recibiste ese dinero?
Víctor tragó saliva.
—Marta necesitaba seguridad.
—¿Cuarenta y cinco mil euros de mi cuenta?
Lucía abrió otro documento.
—Y hay algo más.
Parte del dinero había servido como depósito para solicitar financiación utilizando la casa como garantía.
Carmen palideció.
—Eso no estaba acordado.
Lucía levantó lentamente la mirada.
—Entonces sí había un acuerdo.
Nadie respondió.
Su teléfono vibró.
Era un mensaje de su abogado, a quien había enviado los documentos desde el sótano.
Encontramos otra escritura presentada hace seis semanas. Necesitas verla.
Adjuntó una copia.
Lucía amplió la pantalla.
Su casa había sido supuestamente vendida.
Comprador:
FERRER DESARROLLOS S.L.
—Papá.
Andrés miró el documento.
—Nunca he oído hablar de esa empresa.
Lucía buscó el registro mercantil.
Administrador único:
Víctor Salgado.
Marta comenzó a llorar.
—Víctor, dime que esto no es verdad.
Pero Lucía siguió leyendo.
La sociedad había sido creada diez meses antes.
Un mes antes de su despliegue.
Entonces encontró el documento fundacional.
Y todo el enojo desapareció de su rostro.
Porque Víctor no había creado la empresa solo.
Había un segundo socio.
Andrés Ferrer.
Lucía levantó los ojos hacia su padre.
—Dijiste que nunca habías oído hablar de ella.
Carmen miró a su marido.
—Andrés…
El coronel retirado no respondió.
Lucía comprendió entonces que aquello había empezado antes de Líbano.
Mucho antes.
—¿Por qué querían mi casa?
Andrés cerró los ojos.
—Porque tu abuelo no solo te dejó la propiedad.
—¿Qué más?
Su padre miró la carpeta azul.
—Busca debajo del forro.
Lucía abrió la carpeta.
Rasgó cuidadosamente el revestimiento interior.
Cayó una pequeña llave bancaria.
Junto a ella había una nota escrita por Julián:
“Lucía: si estás leyendo esto, alguien de la familia ya intentó quitarte la casa. No confíes en tu padre.”
