Miré la fotografía hasta que me dolieron los ojos.
—Mi padre murió hace doce años.
Daniela Ruiz no apartó la mirada.
—Entonces alguien quería que usted creyera eso.
La llave B7 pertenecía a una bodega privada situada a treinta minutos de la ciudad.
Pero Daniela no me dejó ir.
—Esto ya es una investigación oficial.
Sofía permaneció conmigo mientras protección infantil intentaba localizar a Marcos y Elisa.
Ninguno contestaba.
A las seis de la tarde, Daniela regresó.
Habían abierto la bodega B7.
No encontraron dinero.
Ni drogas.
Encontraron archivos médicos.
Decenas.
Todos infantiles.
Sobre una mesa había una pequeña nevera para medicamentos y varias cajas del mismo sedante detectado en Sofía.
Sentí náuseas.
—¿Qué hacía Marcos con esto?
Daniela colocó otra carpeta frente a mí.
En la portada estaba escrito:
PROYECTO SERRANO — SUJETO S-17
Dentro había fotografías de Sofía desde que era bebé.
Análisis de sangre.
Pruebas genéticas.
Registros de cada sedación.
Pero una hoja me dejó inmóvil.
Compatibilidad genética: 99,97 %.
—¿Compatibilidad con quién?
Daniela giró la página.
Tomás Serrano.
Mi padre.
—No entiendo.
Entonces Sofía tiró suavemente de mi manga.
—Tío…
Señaló una fotografía.
Mi padre estaba sentado junto a Marcos.
Sobre sus rodillas sostenía a Sofía recién nacida.
En el reverso había una frase:
“La niña puede salvarlo.”
El teléfono de Daniela sonó.
Escuchó durante varios segundos.
Su expresión cambió.
—Encontraron a Elisa.
Mi cuñada había aparecido sola en una comisaría.
Estaba llorando.
Y había pedido protección contra Marcos.
Una hora después nos encontramos detrás de un cristal de interrogatorio.
—Yo le daba el jugo —confesó—. Pero Marcos decía que era medicina.
—¿Para qué?
—Para que Sofía no recordara las visitas.
Sentí que las manos me temblaban.
—¿Visitas de quién?
Elisa levantó los ojos.
—De tu padre.
Silencio.
—Tomás está enfermo —continuó—. Lleva años buscando un donante compatible.
Miré los documentos.
Sofía.
—¿Estaban usando a una niña de cinco años?
Elisa comenzó a llorar.
—No conoces lo peor.
Antes de que pudiera continuar, Daniela entró apresuradamente.
—Marcos acaba de ser localizado.
—¿Dónde?
Me mostró una cámara de tráfico.
El coche de mi hermano avanzaba hacia el aeropuerto.
En el asiento del acompañante estaba Elena.
Y detrás…
un hombre anciano.
Mi padre.
Pero había alguien más.
Un niño dormido contra la ventanilla.
No conocía su rostro.
Elisa sí.
Se levantó de golpe.
—Dios mío.
—¿Quién es?
Su rostro perdió todo el color.
—El hermano de Sofía.
La miré fijamente.
—Sofía no tiene ningún hermano.
Elisa comenzó a temblar.
—Eso es lo que Marcos te hizo creer.
