…o si, en realidad, había tenido miedo sin motivo.
El sábado, mi padre estaba esperándome en la estación.
Caminaba con una ligera cojera.
—Te dije que no vinieras —protesté.
—Y yo dije que vendría.
Tomó mi vieja mochila y frunció el ceño.
—¿Todavía usas esta cosa?
—Todavía funciona.
—La cremallera está sobreviviendo por pura voluntad.
Me reí.
Al llegar a casa, encontré a Ethan cocinando y a Nina colocando platos sobre la mesa.
Nadie preguntó cuánto ganaba.
Nadie mencionó mis ahorros.
Mi padre sacó los documentos de la indemnización.
—Trescientos sesenta mil —explicó—. Ochenta mil para cada uno de ustedes. El resto será para reparar la casa.
Ethan asintió.
Nina también.
Yo pregunté:
—¿Y tú?
Papá pareció confundido.
—¿Yo qué?
—¿Cuánto te quedas?
—Tengo la casa.
—Una casa con el tejado roto y una pierna que necesita un médico.
Intentó cambiar de tema.
Saqué el sobre rojo.
—Esto es para que vayas al hospital.
Su expresión se endureció.
—Guárdalo.
—Papá…
—Anna, tú trabajas en la ciudad. El alquiler, la comida, el transporte… todo cuesta dinero.
Ethan dejó la cuchara.
—Hazle caso. Nosotros podemos pagar el hospital entre los tres.
Los miré.
Sentí una presión extraña en el pecho.
Entonces alguien golpeó violentamente la puerta.
Era nuestra tía.
Entró agitando unos papeles.
—¡No pueden repartir nada! Parte de esa indemnización me pertenece.
La discusión duró casi una hora.
Hasta que mi padre entró en su habitación y regresó con una caja vieja.
Dentro estaba el recibo original del préstamo.
Y debajo, firmado por nuestra abuela, aparecía claramente:
“Deuda devuelta en su totalidad.”
Mi tía se quedó sin argumentos.
Se marchó furiosa.
Ethan cerró la puerta.
—Bueno. ¿Comemos antes de que aparezca otro familiar reclamando la cocina?
Todos nos reímos.
Y entonces tomé una decisión.
—No quiero mis ochenta mil.
Los tres me miraron.
—Úsenlos para arreglar la casa y tratar la pierna de papá.
Mi padre golpeó la mesa.
—Ni hablar.
—No los necesito.
—¿Y por qué no?
Respiré profundamente.
Había escondido la verdad durante tres meses.
Quizá ya era suficiente.
—Porque tengo casa.
Nina parpadeó.
—¿Compraste un apartamento?
—Sí.
Ethan sonrió.
—¡Eso es fantástico!
Tragué saliva.
—En realidad…
Hice una pausa.
—Son tres.
Silencio.
Mi padre dejó lentamente los palillos.
—¿Tres qué?
—Tres apartamentos.
Ethan casi se atragantó.
—Anna, ¿atracaste un banco?
—Gané la lotería.
Nadie habló.
—Cuatro coma ocho millones.
Nina abrió la boca.
Mi padre simplemente me observó.
Esperé preguntas.
Reproches.
Quizá incluso discusiones sobre cómo repartirlo.
Pero él preguntó:
—¿Está el dinero seguro?
Eso fue todo.
Sentí que los ojos me ardían.
—Sí.
Mi padre asintió.
—Entonces no se lo digas a demasiada gente.
Ethan levantó inmediatamente una mano.
—Yo no sé nada.
Nina hizo lo mismo.
—Yo tampoco.
Solté una carcajada.
Mi teléfono vibró.
Era un mensaje de Rachel.
Abrí la conversación.
“La presentación fue un desastre. El cliente descubrió errores y Mark dijo que tú preparaste todo. Quiere que vengas el lunes a asumir la responsabilidad.”
Mi sonrisa desapareció.
Segundos después llegó otro mensaje.
Una fotografía del acta de la reunión.
Rachel figuraba como responsable del proyecto.
Pero debajo aparecía una anotación añadida después:
“Contenido técnico preparado íntegramente por Anna Xu.”
Querían mi trabajo cuando era bueno.
Y mi nombre cuando necesitaban a alguien a quien culpar.
Ethan observó mi expresión.
—¿Problemas?
Bloqueé el teléfono.
—No.
Recordé los borradores originales.
El historial de modificaciones.
Los correos.
Y seis años de trabajo que Mark acababa de utilizar contra mí.
Guardé tranquilamente el teléfono.

—Solo parece que el lunes también voy a repartir otra cosa.
—¿Qué?
Sonreí.
—Responsabilidades.
Porque mi familia acababa de demostrarme que nunca había necesitado esconderme de ellos.
Me había estado protegiendo de las personas equivocadas.