PARTE 2: LAS FOTOGRAFÍAS DEL HOTEL MERCER

Vanessa abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

Luca soltó lentamente su brazo.

—Te hice una pregunta.

—Quizá Isabella me lo mencionó.

—No lo hice —respondí.

Los ojos de Luca volvieron hacia mí.

—¿Qué mensaje dijiste que recibiste?

Saqué mi teléfono.

Había conservado todo.

El mensaje había llegado la mañana después de que Luca recibiera aquellas fotografías.

No vuelvas a casa. Después de lo que hiciste, no quiero volver a verte. Mis abogados se comunicarán contigo. —Luca

Se lo mostré.

Su rostro perdió el color.

—Yo nunca escribí esto.

Sentí que el bebé se movía.

—Llegó desde tu número.

—Dame el teléfono.

Comparó el mensaje con el suyo.

Entonces llamó a alguien.

—Marco, necesito que revises los registros de mi línea de hace ocho meses.

Vanessa retrocedió.

Solo un paso.

Pero Luca lo vio.

—¿Adónde vas?

—Esto no tiene nada que ver conmigo.

—Hace treinta segundos sabías dónde se tomaron unas fotografías privadas.

Se quedó inmóvil.

Yo sentía que siete meses de certezas comenzaban a desmoronarse.

Aquellas fotografías me mostraban entrando en una habitación del Hotel Mercer con Adrian Cole, abogado de una empresa con la que yo trabajaba.

Lo que las imágenes no mostraban era que otras seis personas estaban dentro.

Habíamos celebrado una reunión confidencial.

Luca solo recibió fotografías cuidadosamente recortadas.

Yo había recibido su supuesto mensaje antes de poder explicarlo.

Después Vanessa apareció en mi apartamento.

Me ayudó a empacar.

Incluso me recomendó al abogado que gestionó nuestro divorcio.

La miré.

—Tú me diste el nombre de Charles Benton.

Vanessa tragó saliva.

—Porque era buen abogado.

Luca se volvió hacia mí.

—¿Benton llevó tu divorcio?

Asentí.

Su expresión cambió.

—También representó a mi padre durante años.

Sentí frío.

—Nunca me dijiste eso.

—Porque no sabía que él te representaba.

El teléfono de Luca sonó.

Escuchó durante casi un minuto.

—¿Estás seguro?

Colgó.

—Mi número emitió ese mensaje —dijo.

Mi corazón cayó.

Entonces continuó:

—Pero no desde mi teléfono.

Vanessa palideció.

—Se envió mediante el acceso empresarial vinculado a mi cuenta.

Luca la miró.

—Solo tres personas tenían autorización.

Yo ya sabía una.

Luca.

Su asistente.

Y Vanessa, que durante años había trabajado como consultora de relaciones públicas para la familia Moretti.

—Luca, esto es absurdo.

—Entonces dame tu teléfono.

—No.

Aquella palabra lo cambió todo.

Vanessa tomó su bolso.

—No tienes derecho.

Intentó marcharse.

Pero antes de llegar a la puerta, dije:

—¿Por qué querías que me divorciara?

Se detuvo.

—No quería nada.

—Entonces ¿por qué estabas en mi apartamento antes de que llegara mi abogado?

Silencio.

Acababa de recordarlo.

Aquella mañana Vanessa había aparecido cuarenta minutos después del mensaje.

Sin que yo la llamara.

En ese momento pensé que era una amiga preocupada.

Ahora parecía otra cosa.

Luca también hizo el cálculo.

—¿Cómo sabías que Isabella necesitaba ayuda?

Vanessa cerró los ojos.

Su respuesta fue apenas un susurro.

—Porque sabía que recibiría el mensaje.

Todo mi cuerpo se enfrió.

Luca se quedó completamente inmóvil.

—¿Tú lo enviaste?

—No exactamente.

Aquellas dos palabras fueron peores que una confesión.

Luca llamó inmediatamente a su abogado.

Yo llamé al mío.

Nadie iba a borrar nada.

Nadie iba a convertir sospechas en acusaciones sin pruebas.

Durante las siguientes cuarenta y ocho horas comenzaron a aparecer registros.

El acceso empresarial utilizado para enviar el mensaje estaba vinculado a una computadora de la oficina de relaciones públicas.

Las fotografías habían sido entregadas por mensajería privada.

El pago al fotógrafo provenía de una sociedad llamada VSC Advisory.

Las iniciales eran demasiado evidentes.

Vanessa Sinclair Consulting.

Pero entonces apareció algo que ninguno esperaba.

Vanessa no había pagado con su propio dinero.

Tres días antes había recibido 75.000 dólares.

El remitente era Moretti Family Holdings.

Miré a Luca.

—¿Tu familia le pagó?

—Yo no autoricé esto.

Su voz sonaba distinta.

Porque Moretti Family Holdings no era una cuenta corriente cualquiera.

Era una sociedad administrada por su madre.

Caterina Moretti.

La mujer que durante nuestro matrimonio siempre había sido amable conmigo.

Demasiado amable.

Luca llamó inmediatamente.

Caterina negó conocer el pago.

Su abogado pidió tiempo para revisar los registros.

Entonces mi propio abogado encontró algo todavía más extraño.

—Isabella, necesito preguntarte por tu embarazo.

Mi mano fue automáticamente hacia mi vientre.

—¿Qué ocurre?

—¿Luca sabía que estabas embarazada cuando se firmó el divorcio?

—No.

—¿Estás segura?

—Completamente.

Hubo una pausa.

—Entonces tenemos un problema.

Me mostró una copia del acuerdo final.

Había una cláusula adicional en un anexo que yo recordaba haber firmado rápidamente después de que Benton dijera que era “procedimiento estándar”.

La cláusula establecía que cada parte renunciaba a determinadas reclamaciones patrimoniales futuras, salvo derechos legalmente protegidos de posibles descendientes.

—¿Por qué mencionar descendientes si nadie sabía del bebé?

Luca leyó la página.

Su rostro se endureció.

—Porque alguien sí sabía.

Sentí que la habitación se hacía más pequeña.

Solo cuatro días antes de recibir las fotografías yo había comprado una prueba de embarazo.

No se lo había contado a nadie.

Ni siquiera a Vanessa.

Pero había pagado con una tarjeta secundaria de nuestra cuenta familiar.

Luca revisó los movimientos.

La transacción aparecía allí.

Farmacia.

Prueba prenatal.

Entonces recordó algo.

—Mi madre supervisaba esos estados de cuenta por la oficina familiar.

Se hizo silencio.

La puerta se abrió.

Entró el abogado de Luca con otra carpeta.

—Encontramos la autorización de los 75.000 dólares.

La colocó sobre la mesa.

Luca leyó la firma.

Yo vi cómo desaparecía el color de su rostro.

—¿Es de Caterina?

El abogado negó lentamente.

—No.

Giró el documento hacia mí.

El pago había sido autorizado mediante un poder interno.

Debajo aparecía un nombre.

LUCA MORETTI.

Lo miré.

—Dijiste que no autorizaste nada.

—No lo hice.

—Entonces alguien falsificó tu firma.

El abogado permaneció callado.

—¿Qué? —preguntó Luca.

Sacó una segunda página.

—La firma fue autenticada digitalmente con tu credencial privada.

Luca dejó de respirar.

—Eso es imposible.

—Hay más.

La autorización se realizó a las 2:14 de la madrugada.

La misma noche en que yo había comprado la prueba de embarazo.

Y según los registros de acceso de la residencia Moretti, una sola persona había entrado en el despacho privado de Luca a esa hora.

No Vanessa.

No Caterina.

Era alguien que yo conocía perfectamente.

Alguien que incluso había asistido a nuestra boda.

El abogado pronunció el nombre.

—Matteo Bennett.

Sentí que el bebé daba una patada.

Luca me miró.

Yo apenas podía respirar.

Porque Matteo Bennett no pertenecía a la familia Moretti.

Pertenecía a la mía.

Era mi hermano mayor.

Y ocho meses atrás había sido la primera persona que me dijo que dejara de luchar por mi matrimonio.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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