PARTE 2: LOS TRES NIÑOS DE SEBASTIÁN

Sebastián no apartó los ojos de los niños.

—Lucía.

—Sebastián.

Mateo me tomó la mano.

—Mamá, ¿lo conoces?

Antes de que pudiera responder, Sebastián dio un paso adelante.

—¿Qué edad tienen?

Nicolás lo miró con desconfianza.

—Eso no se pregunta a desconocidos.

Casi sonreí.

Sebastián no.

Estaba haciendo cuentas.

Cinco años.

Tres niños.

Tres rostros demasiado familiares.

—Lucía —repitió—. ¿Son míos?

—Aquí no.

Intenté marcharme.

Él bloqueó el paso sin tocarme.

—Respóndeme.

Entonces Emma levantó su helado.

—Señor, está asustando a mi mamá.

Sebastián retrocedió inmediatamente.

Ese gesto me sorprendió.

—Perdón —murmuró.

Mi teléfono sonó.

Era mi asistente.

—Señora Ferrer, el equipo de Alcázar Technologies ya está esperando para la reunión de adquisición.

Cerré los ojos.

Claro.

De todas las empresas de aquella ciudad, mi compañía europea había elegido negociar precisamente con la suya.

Sebastián escuchó.

—¿Tú eres la fundadora de Ferrer Biotech?

—Sí.

Su expresión cambió otra vez.

Cinco años atrás me había considerado una mujer interesada únicamente en su dinero.

Ahora mi empresa estaba valorada en más de lo que él me había entregado durante el divorcio.

—Tenemos una reunión —dije—. Allí hablaremos de negocios.

—Yo quiero hablar de mis hijos.

Mateo se tensó.

—No somos tuyos.

Sebastián palideció.

Me agaché.

—Cariño, iremos al hotel.

Pero antes de marcharnos, una mujer apareció detrás de Sebastián.

Valeria.

La reconocí inmediatamente.

Ella también me reconoció.

Luego vio a los trillizos.

Su bolso cayó al suelo.

Aquella reacción fue demasiado fuerte.

Sebastián se volvió.

—Valeria.

Ella me miraba como si hubiera regresado alguien de entre los muertos.

—No puede ser.

Sentí frío.

—¿Qué no puede ser?

Valeria tardó demasiado en responder.

—Nada.

Sebastián la observó.

—¿Tú sabías que Lucía estaba embarazada?

—Claro que no.

Pero su voz tembló.

Y entonces Emma dijo algo inesperado.

—Mamá, esa señora estaba en tu foto.

Mi corazón se detuvo.

—¿Qué foto?

—La que encontré en la caja de la abuela.

Valeria quedó completamente blanca.

Yo también.

Mi madre había muerto dos años atrás.

Entre sus pertenencias existía una caja que todavía no había revisado completamente.

Emma había estado jugando con ella antes del viaje.

—¿Qué foto viste?

Emma pensó.

—Tú estabas dormida en un hospital.

Señaló a Valeria.

—Y ella estaba detrás.

Miré a Valeria.

—Eso es imposible.

Pero entonces recordé.

Durante mi embarazo había sido hospitalizada brevemente en otra ciudad por una hemorragia.

Solo mi madre sabía dónde estaba.

Yo todavía no le había contado a nadie que esperaba trillizos.

Ni siquiera a Sebastián.

—¿Estuviste allí?

Valeria retrocedió.

—No recuerdo.

—Yo sí quiero que recuerdes —dijo Sebastián.

Su voz se había vuelto peligrosamente tranquila.

Valeria tomó su bolso.

—Llegaré tarde.

Se marchó.

Sebastián no intentó detenerla.

Me miró.

—Lucía, ¿qué pasó después del divorcio?

Por primera vez no escuché una acusación.

Escuché miedo.

Esa noche abrí la caja de mi madre.

Encontré la fotografía.

Emma tenía razón.

Yo aparecía dormida en una cama de hospital.

Valeria estaba al fondo hablando con mi madre.

Detrás había una fecha.

Dos semanas después de mi divorcio.

Pero debajo mi madre había escrito:

VALERIA YA SABE LO DE LOS TRES. NO CONFÍES EN LO QUE TE DIJERON SOBRE SEBASTIÁN.

Mis manos comenzaron a temblar.

Busqué más.

Encontré un sobre sellado.

Dentro había una copia de mi convenio de divorcio.

Y una carta.

Lucía, si algún día Sebastián pregunta por los niños, antes pregúntale quién ordenó transferirte los cien millones.

Fruncí el ceño.

Sebastián los había transferido.

Yo misma había visto su nombre.

Entonces mi teléfono sonó.

Era él.

—Lucía, revisé los archivos antiguos.

—¿Qué encontraste?

—Los cien millones.

Su voz sonaba extraña.

—¿Qué pasa con ellos?

—No salieron de mi cuenta personal.

Me quedé inmóvil.

—Eso es imposible.

—La transferencia utilizó una sociedad familiar.

—¿Y?

Silencio.

—Yo tampoco autoricé el pago.

Sentí que se me helaba el cuerpo.

—Sebastián, tú estabas sentado frente a mí cuando llegó.

—Porque mi abogado me dijo que la transferencia ya estaba preparada.

—¿Quién se lo ordenó?

Escuché papeles al otro lado.

—Eso estoy intentando averiguar.

Entonces encontré otra hoja dentro del sobre de mi madre.

Era un comprobante bancario.

La misma transferencia.

Cien millones.

Pero había un nombre escrito a mano junto al número de autorización.

VALERIA MONTES.

Debajo, mi madre había añadido una última frase:

“No volvió para recuperar a Sebastián. Volvió porque necesitaba que tú desaparecieras antes de que nacieran los trillizos.”

Miré a mis tres hijos dormidos.

Hasta ese momento había creído que mi divorcio había sido una simple historia de un hombre que eligió a su primer amor.

Ahora empezaba a comprender que alguien había pagado una fortuna para asegurarse de que Sebastián y yo nos separáramos exactamente antes del nacimiento de nuestros hijos.

Y todavía no sabía por qué.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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