PARTE 2: EL BOLETO QUE CAMBIÓ LAS REGLAS

Mi abogada, Laura Chen, contestó al segundo tono.

—No firmes absolutamente nada.

—Ya fotografié todo.

—Envíamelo.

Cinco minutos después volvió a llamarme.

Su voz era mucho más seria.

—Elena, este poder permitiría realizar trámites importantes sobre tu participación en la propiedad.

Miré hacia la puerta.

—Ryan dijo que era para actualizar datos del préstamo.

—Entonces te mintió.

No me sorprendió.

Pero escucharlo de otra persona hizo que todo se volviera real.

—¿Qué hago?

—No los confrontes todavía. Conserva las pruebas y protege tus documentos.

Colgué.

Después fotografié también el boleto ganador.

El original lo guardé donde Ryan jamás buscaría.

Cuando regresé al comedor, él señaló la carpeta.

—¿Firmaste?

Sonreí.

—La impresora dejó una página borrosa. Quiero leerla bien esta noche.

Mi suegra inmediatamente intervino.

—¿Qué hay que leer? ¿No confías en tu marido?

La miré.

—Precisamente porque es mi marido puedo preguntarle qué estoy firmando.

Ryan palideció apenas.

Esa misma tarde pedí permiso en el trabajo y fui a gestionar el premio siguiendo asesoramiento profesional.

No gasté un solo yuan.

No compré automóvil.

No publiqué nada.

Primero necesitaba saber qué parte de mi vida seguía siendo segura.

Durante los siguientes dos días reuní extractos de la hipoteca.

Yo había aportado mucho más de lo que recordaba.

También encontré transferencias mensuales de Ryan hacia su hermano.

Algunas eran pequeñas.

Otras no.

En tres años había enviado más de 410.000 yuanes.

Cuando Laura vio los movimientos, preguntó:

—¿Conocías estas transferencias?

—No.

Entonces encontramos algo peor.

Ryan había solicitado información meses atrás sobre cómo modificar la titularidad del apartamento.

No era una idea reciente de mi suegra.

Llevaban tiempo preparándolo.

La noche anterior a mi supuesto viaje de trabajo, Ryan volvió a sacar la carpeta.

—Necesito que firmes hoy.

—¿Por qué tanta urgencia?

—El banco tiene plazo.

Mentía con una tranquilidad impresionante.

Tomé el bolígrafo.

Mi suegra sonrió.

Ryan también.

Entonces dejé el bolígrafo sobre la mesa.

—Quiero que venga un abogado.

Su sonrisa desapareció.

—¿Para qué?

—Para explicarme cada cláusula.

Margaret golpeó la mesa.

—¡Somos familia!

—Entonces no debería existir ningún problema en explicar el documento.

Ryan me miró durante varios segundos.

—Has cambiado.

No.

Finalmente estaba prestando atención.

A la mañana siguiente fingí marcharme a Ning City.

En realidad, Bella y yo nos quedamos con mis padres.

Y, tal como había prometido Ryan, su hermano llegó.

Las cámaras del apartamento registraron su entrada.

También grabaron una conversación.

—¿Ella firmó? —preguntó el hermano.

—Todavía no —respondió Ryan.

—Mamá dijo que ya estaba arreglado.

Entonces escuché la voz de mi suegra.

—Encontraremos otra forma.

Guardé la grabación.

Pero veinte minutos después dijeron algo que me hizo sentarme.

Mi cuñado preguntó:

—¿Y qué hacemos con el préstamo que sacaste usando los documentos de Elena?

Silencio.

Sentí que la sangre se me helaba.

Ryan respondió:

—Baja la voz.

Retrocedí la grabación.

Volví a escucharla.

El préstamo que sacaste usando los documentos de Elena.

Llamé inmediatamente a Laura.

Comenzamos a revisar mi historial financiero.

Dos días después encontramos una deuda que yo no reconocía.

680.000 yuanes.

La solicitud incluía copias de mi identificación.

Información laboral.

Datos del apartamento.

Y una firma que parecía mía.

Pero yo jamás había solicitado aquel préstamo.

—¿Dónde fue enviado el dinero? —pregunté.

Laura revisó los documentos.

—A una empresa.

—¿Cuál?

Giró la pantalla.

Zhou Brothers Education Consulting.

El propietario registrado era mi cuñado.

Sentí que todo encajaba.

La escuela de Bao.

La casa.

Las transferencias.

No estaban empezando a aprovecharse de mí.

Llevaban años haciéndolo.

Esa tarde Ryan me llamó.

—¿Cuándo vuelves?

—Mañana.

—Tenemos que hablar.

—Claro.

—Y trae la carpeta.

Sonreí.

—La llevaré.

Pero al día siguiente no regresé sola.

Laura vino conmigo.

Ryan abrió la puerta y se quedó inmóvil.

Mi suegra apareció detrás.

—¿Quién es ella?

—Mi abogada.

El rostro de Ryan perdió el color.

Coloqué la carpeta sobre la mesa.

Después añadí los documentos del préstamo.

—Explícame los 680.000.

Mi suegra miró inmediatamente a Ryan.

Ese pequeño movimiento respondió más que cualquier palabra.

—Elena, puedo explicarlo.

—Hazlo.

—Era una inversión temporal.

—¿Con mi identidad?

—Íbamos a devolverlo.

—¿Quiénes?

Silencio.

Entonces ocurrió algo que no esperaba.

Mi cuñado salió de la habitación.

—Hermano, dijiste que Elena sabía lo del préstamo.

Ryan se volvió hacia él.

—Cállate.

Demasiado tarde.

Mi teléfono estaba grabando.

Laura intervino antes de que la discusión empeorara.

—A partir de ahora, cualquier asunto financiero o relativo al inmueble deberá tratarse formalmente.

Tomé a Bella.

Y me fui.

Ryan me siguió hasta el ascensor.

—Elena, piensa en nuestra hija.

Me giré.

—Eso es exactamente lo que estoy haciendo.

Las puertas se cerraron.

Pensé que finalmente conocía todas sus mentiras.

Pero aquella noche Laura volvió a llamarme.

—Encontré algo relacionado con Zhou Brothers.

—¿Otro préstamo?

—No.

Escuché papeles.

—La empresa recibió una inversión importante hace catorce meses.

—¿De quién?

—Eso es lo extraño.

El dinero provino de una sociedad vinculada a alguien de tu familia.

Me incorporé.

—¿Mis padres?

—No.

—Entonces ¿quién?

Laura guardó silencio unos segundos.

—Tu hermana mayor, Melissa Chu.

Sentí frío.

Melissa era la madre de la sobrina que había llevado a pasear el día que compré el boleto ganador.

—Eso no puede ser.

—Hay más.

Laura me envió una copia del contrato.

En la última página aparecía una cláusula relacionada con mi apartamento.

Y junto a ella había una firma.

Esta vez no era falsa.

La reconocí inmediatamente.

Era la firma de Melissa.

Entonces recordé algo que había ignorado durante años.

Melissa fue quien me presentó a Ryan.

Melissa fue quien insistió en que compráramos aquel apartamento.

Y Melissa había sabido exactamente dónde guardaba todos mis documentos personales antes incluso de que Ryan y yo nos casáramos.

Miré el boleto ganador escondido frente a mí.

Veintidós millones y medio de yuanes.

Horas antes había creído que mi mayor problema era impedir que los Zhou descubrieran que me había vuelto millonaria.

Ahora empezaba a sospechar algo mucho peor.

Tal vez Ryan nunca había entrado solo en mi vida.

Y quizá la persona que lo había ayudado desde el principio llevaba mi mismo apellido.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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