Aquella noche dejé de proteger a Daniel.
No le dije la verdad.
Todavía no.
Simplemente esperé a que saliera de la habitación y llamé a mi hermana, Laura.
—Ven a buscarme mañana.
—¿Daniel no se quedará contigo?
Miré la puerta cerrada.
—Daniel ya no es mi marido.
A la mañana siguiente recibí el alta.
Daniel no apareció.
Vanessa estaba transmitiendo en directo desde una cafetería.
Él aparecía sentado frente a ella.
La publicación decía:
Nuestro primer desayuno oficial.
Apagué el teléfono.
Laura me llevó a su apartamento.
Dormí casi dieciséis horas.
Cuando desperté, había cuarenta y tres mensajes de Daniel.
Ninguno preguntaba cómo me encontraba.
Todos hablaban del divorcio.
No publiques nada.
Vanessa tiene contratos importantes.
La gente debe creer que llevamos tiempo separados.
Cuando termine la campaña, podemos volver a registrarnos.
Leí el último dos veces.
Después respondí:
No será necesario.
Me llamó inmediatamente.
No contesté.
Tres días después contraté una abogada.
No quería venganza.
Quería terminar correctamente lo que Daniel creía que era una actuación.
Entonces mi abogada encontró algo extraño.
—Elena, ¿por qué dices que Vanessa provocó la pérdida del embarazo?
Sentí que el pecho se me cerraba.
La noche anterior a la cirugía, Vanessa había aparecido en nuestra casa llorando.
Había discutido con Daniel.
Después me empujó al intentar quitarme el teléfono.
Caí por las escaleras.
Daniel estaba allí.
Lo vio.
Pero cuando llegó la ambulancia dijo que yo había resbalado.
—Tengo los mensajes que envié desde el hospital —respondí.
—Necesitamos conservar todo lo que exista y no sacar conclusiones más allá de las pruebas.
Asentí.
Entonces recordó algo.
—También quiero revisar tus expedientes de fertilidad.
—¿Por qué?
—Porque Daniel está diciendo públicamente que ustedes se divorciaron después de años de problemas causados por tu infertilidad.
Me quedé helada.
Esa misma tarde Vanessa publicó un video.
No mencionó mi nombre.
No hacía falta.
—Hay mujeres que deberían aceptar que no todos los matrimonios pueden salvarse cuando no pueden formar una familia.
Miles de comentarios aparecieron.
Pobrecito Daniel.
Siete años esperando un hijo.
Qué mujer tan egoísta.
Yo había soportado aquella mentira para protegerlo.
Ahora la utilizaban para destruirme.
Así que pedí mis expedientes médicos completos.
Cinco tratamientos.
Cinco ciclos.
Cinco informes.
En todos aparecía la misma conclusión básica:
Mi función reproductiva no había sido el principal problema.
Los estudios de Daniel mostraban un factor masculino severo.
Mi abogada me miró.
—¿Él sabía?
—Desde el principio.
—¿Y permitiste que todos te culparan?
—Era mi esposo.
Por primera vez decirlo me dio vergüenza.
Pero había algo que no entendía.
El quinto embarazo había ocurrido después de un procedimiento distinto.
Habíamos utilizado material que Daniel aseguró haber preservado años antes.
Mi abogada señaló una anotación.
—Aquí falta información del laboratorio.
Solicitamos el expediente completo.
Dos días después recibimos una llamada.
La clínica quería hablar conmigo personalmente.
El director médico colocó una carpeta sobre la mesa.
—Señora Anderson, encontramos una irregularidad administrativa en su último ciclo.
Sentí frío.
—¿Qué irregularidad?
—El material utilizado fue registrado correctamente, pero existe una solicitud posterior de acceso al expediente.
—¿De quién?
El médico dudó.
—Vanessa Clark.
Me quedé inmóvil.
—¿Por qué Vanessa tendría acceso?
—Eso estamos investigando.
Daniel había firmado meses antes una autorización limitada relacionada con transporte y coordinación de muestras.
La persona designada era Vanessa.
No podía creerlo.
—¿Daniel puso a Vanessa como contacto para nuestro tratamiento?
El médico asintió.
Mi teléfono comenzó a temblar entre mis dedos.
Aquella misma noche confronté a Daniel.
—¿Por qué Vanessa tenía acceso a la clínica?
Silencio.
—Era solo por logística.
—¿Logística?
—Yo estaba viajando. Ella me ayudó.
Entonces hice la pregunta que llevaba siete años evitando.
—¿Quieres que le cuente al mundo por qué necesitábamos fertilización in vitro?
Su rostro cambió.
—No te atreverías.
Ahí estuvo su error.
No dijo que fuera mentira.
Dijo que no me atrevería.
—Ya no soy tu esposa, Daniel.
Colgué.
Pensé que eso era todo.
Pero una hora después llamó el director de la clínica.
Su voz era tensa.
—Elena, encontramos algo más.
—¿Qué?
—La muestra utilizada en el último procedimiento fue sometida posteriormente a una verificación genética interna.
Dejé de respirar.
—¿Por qué?
—Porque existía una discrepancia en el registro.
Me llevé una mano al pecho.
—¿Está diciendo que el bebé no era de Daniel?
—No puedo afirmar eso sin explicarle los resultados correctamente.
—Entonces explíquemelos.
Hubo una pausa.
—El perfil almacenado de Daniel Anderson no coincide con el perfil atribuido a la muestra utilizada en su último ciclo.
Todo mi cuerpo se enfrió.
—¿De quién era?
—Eso todavía no lo sabemos.
Me senté lentamente.
Mi bebé.
El hijo por el que había pasado cinco tratamientos.
El niño que había perdido después de aquella caída.
Quizá ni siquiera había sido concebido con la muestra de mi marido.
Pero todavía faltaba lo peor.
El médico continuó:
—Hay otra paciente afectada por la misma cadena de custodia.
—¿Quién?
No quiso decirme el nombre por privacidad.
Mi abogada solicitó una investigación formal.
Y al día siguiente apareció la primera pieza.
La autorización que permitió modificar la logística de las muestras llevaba la firma digital de Daniel.
Debajo figuraba el contacto responsable.
Vanessa Clark.
Pero había una fecha.
Vanessa recibió aquella autorización seis meses antes de que yo quedara embarazada.
Mucho antes de la caída.
Mucho antes del divorcio.
Y tres meses antes de que, según Daniel, él y Vanessa comenzaran a fingir públicamente que eran pareja.
Entonces comprendí que aquella relación no había empezado el día en que firmé el divorcio.
Tampoco había empezado con las redes sociales.
Algo llevaba meses ocurriendo alrededor de mi tratamiento.
Y Vanessa no había entrado en mi matrimonio después de que perdiera a mi bebé.
Ya estaba dentro antes de que aquel bebé existiera.
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…
