PARTE 2 — LAS CUATRO PREGUNTAS DE ANDRÉS

A la mañana siguiente, Andrés puso una hoja sobre la mesa y llamó a Patricia y a su madre.

—Antes de decidir, necesito respuestas claras —dijo.

Mi suegra cruzó los brazos.

—Somos familia. No hace falta convertirlo en un contrato.

—Entonces responder será fácil.

Andrés miró primero a su hermana.

—¿Quién llevará a Lola al jardín cada mañana?

Patricia miró a su madre.

—Mamá puede hacerlo.

Mi suegra apretó los labios.

—Si me organizo.

Andrés anotó algo.

—¿Quién la recogerá cuando tú estés trabajando?

—Clara trabaja desde casa dos días —respondió Patricia.

—Pregunté quién. No quién supones que lo hará.

Patricia se quedó callada.

Andrés continuó:

—¿Quién se quedará con ella cuando tenga fiebre o el jardín cierre?

—Entre todos nos ayudamos —dijo mi suegra.

—Eso no es un nombre.

Nadie contestó. Desde el pasillo, Emma escuchaba sin asomarse.

Andrés hizo la cuarta pregunta:

—Si después de tres años no pueden volver, ¿qué pasará con Lola?

Patricia se puso pálida.

—Volveremos. Ese es el plan.

—¿Y si el trabajo se prolonga? ¿Si la vivienda no aparece? ¿Si Lola empieza la escuela y ustedes deciden quedarse?

—No va a pasar.

—No lo sabes.

La voz de Andrés seguía tranquila, pero cada pregunta había quitado otra capa a la historia de que aquello era solo “una ayuda familiar”.

Patricia bajó los ojos.

—No quiero abandonarla. Solo intento construir algo para ella.

—Entonces habla con ella —dije—. No sobre el dinero. Sobre lo que entiende y lo que siente.

Patricia se volvió hacia Lola, que estaba sentada en el sofá con el conejo amarillo sobre las rodillas.

—Cariño, mamá y papá tal vez tengan que irse a trabajar lejos. Podrías quedarte aquí con la abuela, el tío y Emma.

Lola apretó el conejo.

—¿Cuántas noches?

—Muchas.

—¿Y cuando tenga miedo?

Patricia abrió la boca, pero no encontró respuesta.

Lola se bajó del sofá y caminó hasta ella.

—Mamá, ¿puedo ir contigo?

La expresión de Patricia se quebró. Mi suegra apartó la mirada.

Andrés dobló la hoja y la dejó a un lado.

—Ahora sí estamos hablando de Lola —dijo.

Entonces Patricia confesó que el viernes ya tenían los boletos.

Y que solo había comprado dos.

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