La música llenó el salón y Giovanni me guio hacia la pista. Las conversaciones se apagaron a nuestro alrededor. Nadie preguntó si éramos esposos; bastó con ver la expresión de los invitados para entender que su nombre pesaba allí.
—¿De verdad esperas que todos te crean? —le susurré.
—No necesito que todos lo crean —respondió—. Solo mi tía.
Al otro lado de la pista, una mujer elegante nos observaba con los labios apretados. Giovanni le hizo un gesto tranquilo y siguió bailando.
Tyler se acercó antes de que terminara la canción.
—Jessica, esto es ridículo. No puedes fingir que estás casada con él.
Giovanni se interpuso sin levantar la voz.
—Ella no tiene que explicarte nada.
Tyler miró a Giovanni y, por primera vez en toda la noche, pareció dudar.
—No sabes quién es ella.
—Sé más de lo que crees.
Cuando Tyler se alejó, retiré la mano de su hombro.
—¿Cómo sabes tanto de mí?
Giovanni tardó en contestar.
—Hace cuatro años, mi sobrina Sofia estuvo en cuidados intensivos pediátricos. Tú estabas de turno la noche que dejó de respirar por sí sola.
Recordé una niña pequeña, con trenzas oscuras y una pulsera amarilla. Recordé haberle leído un cuento después de que su familia se marchara a casa.
—Su madre estaba fuera del país —continuó—. Tú te quedaste junto a ella hasta que pudo dormir. No sabías quién era yo. No intentaste impresionar a nadie.
Su voz perdió por un instante aquella seguridad fría.
—Cuando te vi en la Mesa Doce, entendí por qué mi sobrina todavía pregunta por ti.
No supe qué responder.
Entonces la tía de Giovanni se acercó, furiosa.
—Basta de juegos. La familia necesita una respuesta esta noche.
Giovanni mantuvo su mano en la mía.
—Ya la tiene.
—¿Y ella sabe lo que estás ofreciendo?
Lo miré.
—¿Qué está ofreciendo?
La mujer dejó sobre la mesa un documento con el sello de los Fierro.
—Un matrimonio falso no resolverá el problema. El acuerdo exige una esposa legítima antes de medianoche.
Giovanni apretó la mandíbula.
—Tía, no.
Ella deslizó el documento hacia mí.
En la primera página aparecía el nombre de la empresa que acababa de comprar el hospital donde trabajaba.
Debajo había una cláusula sobre el futuro de la unidad pediátrica.
Y al final, una firma que ya conocía.
La de Tyler Brooks.