No pude responderle.
Noah seguía junto a Adrian, con una mano aferrada a su pantalón y los ojos fijos en mí. La palabra «mamá» me había devuelto de golpe cinco años de recuerdos que creía enterrados.
—¿Por qué lo trajiste aquí? —pregunté.
—Quería conocerte —dijo Adrian.
—¿Y pensaste que bastaba con plantarlo en mi puerta y decírselo así?
Adrian apretó la mandíbula.
—No sabía cómo explicárselo.
Noah tiró de su manga.
—Papá, ¿ella no quiere ser mi mamá?
Me agaché hasta quedar a su altura. Quería abrazarlo, pero no sabía si tenía derecho.
—No es eso, cariño. Solo… no esperaba conocerte hoy.
—La abuela guardaba una foto tuya —dijo él—. Me dijo que eras mi mamá y que vivías lejos.
Miré a Adrian.
—¿Tu madre le habló de mí?
—Después de morir, dejó una caja con cosas para él. Había fotos tuyas y una carta.
El nombre de la señora Cole me cerró la garganta. Ella había sido quien organizó el acuerdo, quien me cuidó durante el embarazo y quien me entregó los documentos al marcharme.
—¿Qué decía la carta?
Adrian sacó un sobre arrugado del bolsillo interior de su abrigo.
—No lo leí. Estaba dirigido a ti.
No lo tomé.
Noah me ofreció un pequeño dibujo. Había tres figuras: un niño, un hombre alto y una mujer con el pelo largo.
—Lo hice para ti —dijo.
Me temblaron los dedos al aceptar la hoja.
—Gracias, Noah.
Adrian observó la escena sin decir nada. Por primera vez desde que había reaparecido, su frialdad pareció resquebrajarse.
—No espero que vuelvas conmigo —dijo—. Solo quiero que tengas la oportunidad de conocer a tu hijo.
—¿Y si no quiero que vuelvas a decidir por mí?
—Entonces no lo haré.
Noah bostezó y apoyó la cabeza contra mi rodilla.
Adrian le pasó una mano por el cabello.
—Hay algo más que debes saber —dijo—. Mi madre no escribió esa carta solo para explicar el acuerdo.
Dejó el sobre en mi mano.
En el frente, con la letra temblorosa de la señora Cole, había una frase:
«Emily, antes de leer esto, pregúntale a Adrian qué ocurrió la noche en que nació Noah».