Mariana cerró los ojos durante apenas dos segundos.
No podía permitirse llorar.
No con Sofía sujetándole la mano.
No con Mateo temblando de miedo a su lado.
Respiró hondo y tomó una decisión.
Lo primero era proteger a sus hijos.
Lo demás vendría después.
El teléfono marcaba un cinco por ciento de batería.
Buscó el contacto de la embajada de México en España.
La llamada tardó unos segundos en entrar.
—Embajada de México, buenas tardes.
Mariana sintió que, por primera vez desde que Rodrigo desapareció, alguien la escuchaba.
—Me llamo Mariana Ortega. Mi hermano me robó los pasaportes, el dinero y los boletos de regreso. Estoy en el aeropuerto de Madrid con dos menores de edad.
La funcionaria guardó silencio apenas un instante.
—¿Los niños están con usted?
—Sí.
—Quédese donde está. Vamos a ayudarla.
Aquellas cinco palabras le devolvieron el aire.
Tres horas después, un funcionario consular llegó acompañado por personal de seguridad del aeropuerto.
Le hicieron preguntas.
Revisaron cámaras.
Confirmaron que Rodrigo había abordado solo, llevando consigo tres pasaportes que no le pertenecían.
Aquello dejó de ser un simple conflicto familiar.
Se convirtió en una denuncia formal.
Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, Rodrigo aterrizó en la Ciudad de México convencido de que había ganado.
Durante el trayecto hacia Coyoacán no dejó de sonreír.
Sacó del portafolio una carpeta azul.
Dentro llevaba copias de documentos que, según él, demostrarían que Mariana deseaba vender la casa.
También llevaba un contrato de compraventa preparado por un supuesto inversionista.
Solo necesitaba entrar.
Cambiar unas cerraduras.
Y presentar la operación como un hecho consumado.
—Demasiado fácil —murmuró.
Cuando dobló la esquina de la calle donde había crecido, algo llamó su atención.
Frente a la casona colonial había tres camionetas negras.
También había un vehículo de una notaría.
Y dos patrullas.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Qué demonios…?
Aceleró el paso.
Empujó el portón.
Pero no abrió.
La cerradura había sido cambiada.
Golpeó con fuerza.
Unos segundos después la puerta se abrió lentamente.
No apareció Mariana.
Apareció el licenciado Ignacio Beltrán.
El mismo notario que había elaborado el testamento de la abuela Elena.
—Buenas tardes, Rodrigo.
Él sonrió con falsa tranquilidad.
—Vengo por unos asuntos familiares.
—Lo sé.
El notario sostuvo una carpeta mucho más gruesa que la de Rodrigo.
—Precisamente estamos resolviendo esos asuntos.
Detrás del abogado comenzaron a salir varias personas.
Un cerrajero.
Dos agentes ministeriales.
Y el administrador del Registro Público.
Rodrigo sintió por primera vez una punzada de nervios.
—¿Dónde está mi hermana?
—En España.
—Entonces nadie puede impedirme entrar.
El notario negó con la cabeza.
—Su abuela imaginó que algún día usted intentaría exactamente esto.
Rodrigo dejó de sonreír.
—¿Qué quiere decir?
Ignacio abrió la carpeta.
—Hace nueve años constituyó un fideicomiso sucesorio.
Sacó el documento principal.
—La propiedad pasó automáticamente a nombre de Mariana en el momento del fallecimiento de la señora Elena.
Rodrigo intentó arrebatarle las hojas.
Los agentes dieron un paso al frente.
—Además —continuó el notario—, dejó instrucciones muy específicas.
Leyó en voz alta.
—“Si mi nieta Mariana se encuentra fuera del país al momento de mi fallecimiento o enfrenta cualquier intento de despojo, el inmueble quedará bajo protección inmediata del fideicomiso y ningún familiar podrá ingresar sin autorización expresa de la beneficiaria.”
Rodrigo palideció.
—Eso es imposible.
—No.
Ignacio levantó otra hoja.
—Y hay algo más.
Hace cuarenta minutos recibimos una comunicación oficial del Consulado de México en Madrid.
Rodrigo sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Qué comunicación?
El notario lo miró fijamente.
—Su hermana denunció el robo de tres pasaportes, documentos oficiales y medios de pago pertenecientes a ella y a dos menores de edad.
El silencio se volvió insoportable.
Uno de los agentes sacó una carpeta.
—Señor Rodrigo Ortega…

Rodrigo dio un paso hacia atrás.
—…necesitamos que nos acompañe para responder por estos hechos.
Solo entonces comprendió que abandonar a su hermana en otro continente había sido el mayor error de su vida.
Porque mientras él soñaba con abrir la puerta de aquella casa para quedarse con la herencia…
…la enorme sorpresa que lo esperaba al otro lado era una investigación que ya había comenzado antes incluso de que su avión aterrizara en México.