PARTE 2: LA PROMESA QUE GENEVIEVE ENTERRÓ CON SU VIDA

El despacho quedó completamente en silencio.

Ninguno de mis guardias apartó la vista de Elena.

Ella seguía de pie, empapada por la lluvia, sosteniendo aquel collar que yo mismo había abrochado alrededor del cuello de Genevieve once años atrás.

—Eso es imposible —dije finalmente.

Elena negó con la cabeza.

—Ojalá lo fuera.

Empujó el informe hacia mí.

Mis manos temblaban al abrirlo.

En la primera página aparecían los nombres de Jonah y Blythe.

Fecha: siete años atrás.

Un año antes de que nacieran.

Fruncí el ceño.

—Mis hijos ni siquiera habían sido concebidos.

—Precisamente por eso Genevieve mandó hacer ese estudio.

Levanté la vista.

—Explícate.

Elena respiró profundamente.

—Yo trabajaba como técnica de laboratorio en el Centro Médico Saint Gabriel. Tu esposa participaba en un programa de investigación genética para parejas con antecedentes familiares de enfermedades hematológicas.

Sentí un escalofrío.

Genevieve jamás me habló de aquello.

—Nunca me dijo nada.

—Porque alguien le pidió que guardara silencio hasta obtener resultados concluyentes.

Sacó una fotografía doblada.

Genevieve aparecía sonriendo junto a Elena, ambas con batas blancas.

La fecha coincidía.

No era una mentira.

—Ella descubrió que ustedes dos compartían una mutación genética extremadamente rara. Por separado era inofensiva. Pero si ambos eran portadores, sus hijos podían desarrollar una forma muy agresiva de leucemia infantil.

El mundo dejó de tener sentido.

—No…

Elena continuó con lágrimas en los ojos.

—Genevieve insistió en repetir las pruebas. Nunca quiso alarmarte sin estar completamente segura.

Miré nuevamente el informe.

Había firmas.

Sellos médicos.

Resultados.

Todo parecía auténtico.

—Entonces… ¿por qué nadie nos dijo nada cuando nacieron?

Elena bajó la mirada.

—Porque los resultados desaparecieron.

Mi respiración se detuvo.

—¿Desaparecieron?

—Alguien entró al laboratorio una semana después y robó todos los expedientes relacionados con ese proyecto.

Sentí un golpe en el pecho.

—¿Quién?

—No lo sabemos.

Pero tres semanas después Genevieve vino a buscarme.

Sacó otra hoja.

Era una carta escrita a mano.

Reconocí inmediatamente la letra de mi esposa.

“Si algún día me ocurre algo, busca a Lawson. Si nuestros hijos enferman, él necesitará saber la verdad. No confío en nadie más.”

Mis manos comenzaron a temblar.

Era su letra.

Cada trazo.

Cada curva.

La habría reconocido entre miles.

—¿Por qué esperaste dos años? —pregunté con dificultad.

Elena cerró los ojos.

—Porque intentaron matarme.

Toda la habitación quedó inmóvil.

Incluso Prescott dio un paso adelante.

—Explique eso.

—La misma noche del accidente de Genevieve, alguien incendió mi apartamento.

Perdí todo.

Mi trabajo.

Mis documentos.

Desaparecí porque comprendí que la persona que había silenciado a Genevieve también sabía quién era yo.

Durante dos años viví cambiando de ciudad.

Hasta hace tres días.

—¿Qué ocurrió hace tres días?

—Vi la noticia sobre el estado de salud de Jonah y Blythe.

Supe que el tiempo se había terminado.

Saqué el teléfono.

Marqué directamente al doctor Franklin Yates.

Contestó de inmediato.

—Lawson.

—Necesito que vengas ahora mismo a la oficina.

Tengo un informe que afirma conocer la verdadera causa de la enfermedad de mis hijos.

Hubo un largo silencio.

—Voy para allá.

Cuarenta minutos después, Franklin estaba sentado frente a nosotros revisando cada página.

No dijo una sola palabra durante casi diez minutos.

Finalmente levantó la cabeza.

Su rostro había perdido todo color.

—¿Es auténtico? —pregunté.

No respondió enseguida.

Sacó su tableta.

Comparó códigos.

Firmas.

Registros.

Después me miró.

—Lawson… este número de protocolo pertenece realmente al antiguo programa genético del Saint Gabriel.

Sentí un hilo de esperanza por primera vez en meses.

—Entonces existe un tratamiento.

Franklin negó lentamente.

—No lo sé.

Pero sí sé una cosa.

Miró fijamente a Elena.

—Este informe jamás debió desaparecer.

Alguien hizo un enorme esfuerzo para que nunca llegara a tus manos.

En ese instante sonó el sistema de seguridad de la mansión.

Uno de los monitores se encendió automáticamente.

Prescott observó la pantalla.

Su expresión cambió por completo.

—Señor Mercer…

—¿Qué ocurre?

Amplió la imagen de las cámaras exteriores.

Frente al portón principal había tres camionetas negras sin placas.

Hombres armados acababan de descender de ellas.

Prescott llevó la mano a su radio.

—Han encontrado a Elena.

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