Elena sintió que el corazón le golpeaba con fuerza contra las costillas.
Lo apartó con ambas manos.
—Está loco.
Adrian ni siquiera retrocedió.
Solo guardó lentamente los billetes en el bolsillo interior de su chaqueta.
—Eso mismo pensé cuando desperté y encontré dinero sobre la mesa.
Elena cerró los ojos un instante.
—Creí que…
—¿Que era un acompañante?
Ella no respondió.
El silencio fue suficiente.
Por primera vez, Adrian soltó una breve risa.
—Debo admitir que nunca me había pasado.
—Lo siento.
Él la observó unos segundos.
—¿Lo sientes de verdad?
—Sí.
—Curioso.
Porque yo pasé dos semanas intentando encontrar a la mujer que desapareció antes del amanecer.
Elena levantó la vista, sorprendida.
—¿Buscarme?
—Revisé las cámaras del hotel.
Pero habías pagado en efectivo, llevabas el cabello recogido y saliste antes del cambio de turno.
Desapareciste.
Ella tragó saliva.
Nunca imaginó que aquel hombre la hubiera buscado.
—Aquella noche fue un error.
Adrian negó lentamente.
—No para mí.
Antes de que pudiera responder, la puerta del salón volvió a abrirse.
El padre de Elena entró sonriendo.
—Señor Blackwood, el abuelo ya revisó…
Se detuvo al ver la poca distancia entre ambos.
Elena se apartó de inmediato.
Adrian recuperó su expresión fría.
—Solo estaba aclarando un malentendido con la señorita Ward.
El señor Ward pareció incómodo.
—Emily… digo, Elena, acompáñame.
Los tres regresaron al jardín.
Durante la siguiente hora hablaron únicamente de inversiones.
Adrian no volvió a dirigirle la palabra.
Ni una sola mirada.
Elena comenzó a convencerse de que todo había terminado.
Hasta que la reunión concluyó.
Cuando su familia se preparaba para marcharse, el mayordomo se acercó.
—Señorita Ward.
Ella se volvió.
—El señor Blackwood le pidió que esto fuera entregado únicamente a usted.
Le dio una pequeña tarjeta negra.
Solo había una frase escrita.
“Devuélveme la cena que me debes.”
Y debajo, una dirección.
Sin firma.
No hacía falta.
Guardó la tarjeta sin decir nada.
Aquella noche, al regresar a casa, encontró a su padre sentado en el despacho.
Tenía el rostro preocupado.
—Las cosas no salieron como esperaba.
Ella dejó el bolso sobre una silla.
—¿Qué pasó?
—Los Blackwood aplazaron la decisión final.
Eso significaba semanas.
Tal vez meses.
La empresa apenas podía sobrevivir ese tiempo.
Su padre respiró profundamente.
—Si perdemos este contrato, tendremos que vender dos de nuestras plantas.
Elena sintió un peso enorme sobre los hombros.
Todo dependía de una familia.
Y esa familia estaba dirigida por el hombre con quien había pasado la noche.
Mientras intentaba dormir, volvió a sacar la tarjeta.
No pensaba ir.
No debía ir.
Sin embargo, a la mañana siguiente recibió una llamada inesperada.
Era Christopher.
Su exnovio.
—¿Ya terminaste de hacer el ridículo?
Ella guardó silencio.
Él continuó.
—Todo Manhattan comenta que los Blackwood apenas toleraron a la rara hija de los Ward.
Frunció el ceño.
—¿Quién te dijo eso?
Christopher soltó una carcajada.
—Sophia.
Ella tiene buenos contactos.
Dice que Adrian Blackwood quedó muy decepcionado contigo.
Elena sintió un escalofrío.
Sophia.
La misma mujer con la que Christopher la había engañado.
—¿Qué tiene que ver ella con los Blackwood?
Christopher respondió con orgullo.
—Trabaja como asesora de imagen para una de sus filiales.
Y parece que cae bastante bien allí.
La llamada terminó.
Pero algo ya no encajaba.
Si Sophia trabajaba para los Blackwood…
¿Cómo sabía exactamente lo que había ocurrido dentro de una reunión completamente privada?
Esa misma tarde, Elena decidió acudir a la dirección escrita en la tarjeta.
No era un restaurante.
Era un edificio corporativo de cuarenta pisos con el logotipo de Blackwood Group.
La recepcionista sonrió apenas escuchó su nombre.
—El señor Blackwood la está esperando.
Subió en un ascensor privado.
Cuando las puertas se abrieron, encontró a Adrian solo, contemplando Manhattan a través de un enorme ventanal.
Sin girarse, habló.
—Sabía que vendrías.
—Solo quiero devolverle su dinero y terminar con esto.
Adrian dejó un sobre sobre el escritorio.
—Ábrelo.
Dentro había varias fotografías.
Elena sintió que el rostro se le helaba.
Eran imágenes de Christopher y Sophia.
Entrando juntos en un edificio de Blackwood Group.
Abrazándose.
Intercambiando documentos.
Las fechas eran de meses antes de que Christopher la engañara públicamente.
Levantó la vista.
—¿Qué significa esto?
Adrian por fin se volvió hacia ella.
Su expresión ya no tenía rastro de ironía.
—Significa que tu exnovio nunca se acercó a Sophia por casualidad.
Hizo una pausa.
—Y tampoco se acercó a ti por amor.
Elena dejó de respirar.
—¿Qué estás diciendo?
Adrian deslizó una última fotografía.
En ella aparecía Christopher entrando en el despacho del vicepresidente financiero de Blackwood Group… dos semanas antes de empezar a salir con Elena.
—Alguien lo envió para acercarse a la familia Ward.
Y acabo de descubrir quién dio esa orden.
