Ethan sostuvo mi mirada durante unos segundos.
Luego sonrió apenas.
—No tengas miedo.
Era una frase sencilla.
Sin embargo, pronunciada por un hombre cuyo nombre aparecía constantemente junto a palabras como poder, influencia y violencia, sonaba completamente distinta.
Abracé con más fuerza a Sophie.
—No sabía quién era usted.
—Eso es precisamente lo que más extraño.
Fruncí el ceño.
Él bajó la vista hacia mi hija, que seguía profundamente dormida.
—Los bebés nunca preguntan por tu apellido.
Por primera vez desde que comenzó el vuelo, vi algo diferente en él.
No dureza.
No autoridad.
Cansancio.
La puerta del avión se abrió y varios hombres con traje oscuro subieron inmediatamente.
Todos se detuvieron al verlo.
—Jefe.
Ethan simplemente hizo un gesto con la cabeza.
Uno de ellos se acercó.
—Los vehículos están listos. La reunión con el alcalde fue retrasada cuarenta minutos.
—Cancélala.
El hombre parpadeó.
—¿Señor?
—He dicho que la canceles.
Nadie discutió.
Guardaron silencio y obedecieron al instante.
Yo apenas podía creer lo que estaba viendo.
Un hombre capaz de mover a media ciudad…
acababa de cambiar toda su agenda sin la menor duda.
Él volvió a mirarme.
—¿Quién irá por ti al aeropuerto?
Bajé la vista.
—Nadie.
—¿Taxi?
Asentí.
—Si puedo pagarlo.
Ethan permaneció callado.
Después observó el portabebés, la bolsa de pañales remendada con cinta adhesiva y mis zapatillas gastadas.
No hizo ningún comentario.
Solo preguntó:
—¿Dónde te hospedarás?
Sentí vergüenza.
—Todavía no lo sé.
Mi hermana dijo que estaba muy ocupada con la boda…
Quizá encuentre un motel barato.
Uno de los guardaespaldas giró discretamente la cabeza.
Incluso él pareció incómodo.
Ethan respiró despacio.
—No es una buena zona para buscar alojamiento a esta hora.
Intenté sonreír.
—Me las arreglaré.
Había aprendido a decir esa frase hacía muchos años.
Cuando el padre de Sophie desapareció apenas supo que estaba embarazada.
Cuando trabajé hasta nueve meses para poder pagar el parto.
Cuando regresé al restaurante apenas ocho semanas después de dar a luz.
Siempre me las arreglaba.
Ethan me observó como si pudiera leer todos esos recuerdos sin que yo pronunciara una palabra.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Sophie abrió lentamente los ojos.
Parpadeó.
Miró a Ethan.
Y levantó sus pequeños brazos hacia él.
Mi corazón dio un vuelco.
—Lo siento… normalmente no hace eso.
Ethan extendió un dedo.
Sophie lo sujetó inmediatamente.
Él soltó una risa baja.
Una risa auténtica.
Los guardaespaldas intercambiaron miradas de absoluta sorpresa.
—Hace diez años que no lo vemos sonreír así —murmuró uno de ellos creyendo que nadie lo escuchaba.
Ethan fingió no oírlo.
Seguía completamente concentrado en mi hija.
—¿Cómo se llama?
—Sophie.
Él repitió el nombre lentamente.
—Bonito nombre.
Ella respondió con una pequeña carcajada.
Como si lo conociera desde siempre.
De repente, otro hombre con traje apareció apresuradamente por la puerta del avión.
Se acercó a Ethan y le habló casi en un susurro.
Su expresión cambió de inmediato.
Toda la calidez desapareció.
Volvió el hombre del que Chicago hablaba en voz baja.
—¿Están seguros? —preguntó.
—Sí, jefe.
Lo encontramos hace veinte minutos.
Ethan permaneció inmóvil.
Después miró a Sophie una última vez antes de devolverla con muchísimo cuidado a mis brazos.
—Necesito ocuparme de un asunto.
Se levantó.
Pero antes de marcharse sacó una sencilla tarjeta negra del bolsillo interior de su chaqueta.
La colocó sobre mi bolsa de pañales.
No tenía logotipo.
Ni dirección.
Solo un nombre grabado en letras plateadas.
Ethan Callahan.
Y un número de teléfono.
—Si alguien en Chicago intenta hacerte daño…
Hizo una breve pausa.
—Llama antes de intentar enfrentarlo sola.
Quise negarme.
Quise decir que no necesitaba ayuda.
Pero antes de que pudiera abrir la boca, uno de los hombres entró corriendo nuevamente al avión.
Su rostro estaba completamente pálido.
—¡Jefe!
Todos giraron hacia él.
—La mujer que ordenó vigilar el vuelo…
Acaba de llegar al aeropuerto.
Y viene preguntando específicamente…
por Rachel Morales y la bebé.
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