PARTE 2: LA FIRMA QUE NUNCA LLEGÓ

El notario respondió al tercer tono.

—Notaría Gutiérrez, buenos días.

Respiré hondo.

—Soy Mariana Ortega. Quiero detener la firma de la compraventa de la casa de Zapopan.

Hubo unos segundos de silencio.

—Señorita Ortega, la operación está programada para dentro de cuarenta minutos.

—Lo sé. Y hasta nuevo aviso, ningún peso saldrá de mi cuenta.

Su voz cambió de inmediato.

—Entendido. Necesitaré que venga personalmente a la notaría.

Colgué antes de que las lágrimas volvieran.

Cinco minutos después, mi teléfono empezó a vibrar sin descanso.

Mamá.

Papá.

Daniela.

Ninguno sabía que ya conocía la verdad.

Cuando llegué a la notaría, los tres ya estaban allí.

Mi madre corrió hacia mí con una sonrisa demasiado perfecta.

—¡Pensamos que te había pasado algo!

La miré fijamente.

—A mí también.

Su sonrisa desapareció.

El notario salió de su oficina.

—Señorita Ortega, antes de continuar necesitamos confirmar que mantiene la autorización para realizar la transferencia.

Saqué el borrador de la escritura.

—Antes quiero entender una cosa.

Lo levanté delante de todos.

—¿Por qué mi nombre no aparece aquí?

El silencio fue inmediato.

Daniela fue la primera en reaccionar.

—Mariana, no es lo que parece.

—Entonces explícamelo.

Papá dio un paso adelante.

—Hija, solo era una cuestión administrativa.

—¿Administrativa?

Le señalé el documento.

—Voy a pagar nueve millones ochocientos mil pesos y la propietaria también será Daniela. ¿Eso es administrativo?

Mi madre intentó tomarme del brazo.

—Escúchanos primero.

Me aparté.

—Llevo siete años escuchándolos.

Daniela bajó la mirada.

—Mamá y papá pensaron que, como tú no tienes hijos…

La frase quedó suspendida.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Qué tiene que ver eso?

Mi padre suspiró.

—La casa debía quedarse para quien formara una familia.

No pude creer lo que acababa de oír.

—¿Entonces mi esfuerzo vale menos porque no soy madre?

Nadie respondió.

Ese silencio confirmó todo.

El notario carraspeó con incomodidad.

—Si existe un desacuerdo entre las partes, recomiendo suspender el acto.

Mi madre perdió la paciencia.

—¡No puedes hacernos esto a última hora!

La miré sin levantar la voz.

—¿Y ustedes sí podían hacérmelo a mí?

Daniela empezó a llorar.

—Yo no quería que te enteraras así.

Solté una risa amarga.

—¿Entonces cuándo pensabas decírmelo? ¿Después de que el dinero estuviera transferido?

Nadie contestó.

Saqué mi teléfono.

—Acabo de cancelar la autorización bancaria.

Los tres palidecieron.

—¿Qué hiciste? —gritó mi padre.

—Lo mismo que ustedes hicieron conmigo.

Proteger lo que es mío.

Mi madre rompió a llorar.

—¡Nos vas a dejar sin casa!

Negué lentamente.

—No. Ustedes decidieron quedarse sin ella el día que planearon engañarme.

Me giré hacia el notario.

—La operación queda cancelada.

Él asintió.

—Así constará en el expediente.

Di media vuelta para marcharme.

Entonces escuché al notario decir algo que me hizo detenerme.

—Por cierto, señorita Ortega… antes de cancelar definitivamente, hay un detalle que debería conocer.

Volví a mirarlo.

Abrió una carpeta y frunció el ceño.

—Hace tres días recibimos una solicitud para modificar la escritura.

Miró directamente a Daniela.

—Y esa solicitud incluía eliminar también a sus padres como propietarios.

Todos nos quedamos inmóviles.

Daniela se quedó completamente blanca.

—Eso… eso no puede ser.

El notario levantó el documento.

—Porque la única propietaria que aparecía en la versión más reciente… era usted.

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