PARTE 2: LA PERSONA QUE SABÍA QUE IBA A HUIR

Mi cuerpo dejó de responder durante un segundo.

La puerta trasera terminó de abrirse.

Un hombre de unos cincuenta años levantó lentamente las manos.

—No grite, señora Bellandi.

Retrocedí hasta golpear con las cajas de pan.

—¿Quién es usted?

—Mi nombre es Marco DeLuca.

No reconocí el nombre.

Pero él sí parecía conocerme.

—Si hubiera querido hacerle daño, habría esperado a que el camión saliera de la ciudad.

No respondí.

Seguía buscando algo con lo que defenderme.

Marco sacó una pequeña credencial.

No pertenecía a la empresa de reparto.

Era del departamento de seguridad privada de Bellandi Holdings.

Sentí un escalofrío.

—¿Trabaja para Adrian?

Él negó lentamente.

—Trabajaba.

La diferencia en el tiempo verbal llamó mi atención.

—Renuncié hace ocho meses.

Miró hacia la carretera antes de volver a hablar.

—Pero aún le debía un favor a su esposo.

Fruncí el ceño.

—Entonces ¿por qué me está ayudando?

Marco respiró hondo.

—Porque Adrian nunca ordenó que usted fuera vigilada.

La orden vino de otra persona.

El camión volvió a ponerse en marcha.

El conductor parecía no saber que hablábamos detrás.

—¿Quién?

Marco tardó unos segundos en responder.

—Elena Russo.

Sentí que el estómago se cerraba.

—Eso no tiene sentido.

—Hace tres días, cuando ella llegó a la propiedad, exigió que se modificaran varios protocolos de seguridad.

Entre ellos, el recorrido de sus escoltas y las cámaras cercanas a su dormitorio.

Mi respiración se aceleró.

—¿Cómo sabe todo eso?

Sacó una memoria USB del bolsillo.

—Porque yo me negué a hacerlo.

Me despidieron esa misma noche.

Miré la memoria.

—¿Qué contiene?

—Las grabaciones originales del sistema de seguridad.

No las que verá Adrian esta mañana.

Las verdaderas.

Sentí que el corazón daba un vuelco.

—¿Está diciendo que alguien manipuló las cámaras?

Marco asintió.

—A las cuatro y treinta y seis, cuando usted salió de su habitación, varias cámaras comenzaron a reproducir imágenes grabadas previamente.

No fue un fallo técnico.

Fue un reemplazo deliberado.

Recordé entonces algo.

La cámara del acceso este había dejado de funcionar exactamente seis minutos antes de mi huida.

No había sido una coincidencia.

—¿Quién hizo eso?

Marco bajó la voz.

—La única persona con autorización temporal para modificar el sistema era Elena.

Cerré los ojos.

La imagen del beso volvió a mi cabeza.

—Entonces… todo fue una trampa.

—No lo sé.

Pero alguien quería que usted abandonara la casa antes del amanecer.

Miré por la pequeña ventana del camión.

Chicago comenzaba a despertar.

—¿Adrian sabe algo de esto?

Marco negó.

—Si lo supiera, ya habría cerrado toda la ciudad para encontrarla.

Como si hubiera invocado su nombre, mi bolso vibró.

Era Adrian.

Lo dejé sonar.

Volvió a llamar.

Y otra vez.

Después apareció un mensaje.

“Lucía, por favor responde. No es lo que viste.”

No contesté.

Marco observó la pantalla.

—Si me permite un consejo…

Lo miré.

—No tome ninguna decisión hasta ver el resto de las grabaciones.

—Lo vi besarla.

—Sí.

Pero las cámaras también grabaron lo que ocurrió treinta segundos antes.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Qué ocurrió?

Marco negó lentamente.

—No puedo decírselo.

Tiene que verlo usted misma.

En ese instante el camión frenó de golpe.

Los dos nos miramos.

No era una parada programada.

A través de la rendija vimos tres vehículos negros bloqueando la carretera.

Hombres armados descendieron de ellos.

No llevaban el uniforme de Bellandi Security.

Marco perdió el color del rostro.

—Nos encontraron demasiado rápido.

—¿Quiénes son?

Él sacó discretamente una pistola del compartimento oculto bajo el asiento.

—Si fueran hombres de Adrian, vendrían a protegerla.

Levantó la vista hacia mí.

—Pero esos hombres… vienen a asegurarse de que usted nunca regrese a la mansión para contar lo que vio anoche.

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