Yovani sacó el teléfono sin dejar de mirarme con desprecio.
—¿Ahora quién molesta?
La pantalla mostraba el nombre de su director financiero.
Contestó con fastidio.
—¿Qué pasa, Ramírez?
Del otro lado solo se escuchaban gritos.
—¡Señor Yovani! ¡Las tarjetas corporativas dejaron de funcionar! El banco acaba de congelar todas las líneas de crédito.
Yovani frunció el ceño.
—¿Qué tontería dices?
—No es una broma. Acabamos de intentar pagar un embarque en Nuevo Laredo y rechazaron la Black Corporate. También bloquearon la cuenta operativa principal.
Mi suegra dejó de sonreír.
—Resuélvelo —ordenó Yovani—. Para eso te pago.
—¡No puedo! El banco dice que la orden vino directamente del propietario mayoritario del grupo.
Yovani soltó una carcajada.
—Yo soy quien dirige esa empresa.
—No, señor… usted figura únicamente como director general.
El silencio se hizo pesado.
—¿Qué estás diciendo?
—El accionista controlador acaba de activar un protocolo de auditoría extraordinaria. Nadie puede mover un solo peso sin autorización.
La llamada terminó abruptamente.
Yovani volvió a mirarme.
Yo seguía acostada en la cama del hospital.
Con dos costillas fisuradas.
Con una vía intravenosa conectada al brazo.
Y, por primera vez en quince años, sin una sola lágrima.
—¿Qué hiciste? —preguntó.
—Nada que no pudiera hacer desde hace mucho tiempo.
Doña Yolanda dio un paso hacia mí.
—¿Crees que esto nos asusta?
No respondí.
Mi celular volvió a vibrar.
Era Arturo.
Contesté en altavoz.
—Licenciado.
—Todo está ejecutado, señora Salgado.
La habitación quedó completamente inmóvil.
—Las cuentas personales del señor Yovani Salgado quedaron suspendidas conforme al acuerdo prenupcial de administración patrimonial. Las tarjetas Platinum, Black y Empresarial ya fueron canceladas. También iniciamos la auditoría sobre Logística del Norte y notificamos al consejo de administración.
Yovani abrió mucho los ojos.
—¿Qué consejo?
Arturo continuó hablando como si él no existiera.
—Además, el presidente del consejo solicita verla mañana por videoconferencia para confirmar si el señor Salgado continúa como director general.
—Gracias, Arturo.
Colgué.
Yovani dio un paso hacia la cama.
—¿Quién demonios eres?
Sonreí por primera vez en muchos años.
—La misma mujer que se levantaba todos los días a las cuatro de la mañana para prepararte el desayuno.
—No juegues conmigo.
—Nunca jugué contigo.
Mi suegra intervino inmediatamente.
—¡Este hospital la tiene drogada! Está diciendo disparates.
En ese instante alguien llamó a la puerta.
Tres hombres con traje oscuro entraron en la habitación.
El primero mostró una credencial.
—Buenas tardes. Somos del departamento jurídico de Grupo Altiora.
Yovani recuperó parte de su arrogancia.
—Perfecto. Díganle a esta mujer que deje de hacer tonterías.
Los tres abogados ni siquiera lo miraron.
Se acercaron directamente a mi cama.
—Buenas tardes, señora María Inés Salgado.
El mayor de ellos inclinó ligeramente la cabeza.
—Lamentamos profundamente lo ocurrido. El consejo nos pidió ponernos a su disposición.
Doña Yolanda palideció.
—¿Consejo…? ¿Qué consejo?
El abogado abrió una carpeta de cuero.
—El consejo de administración del grupo empresarial.
Después colocó varios documentos sobre la mesa auxiliar.
—Necesitamos su firma para activar la sustitución temporal del director general.
Yovani soltó una carcajada nerviosa.
—Esto es ridículo. Yo soy el director.
El abogado finalmente lo observó.
—Hasta este momento, sí.
Pasó la primera página.
—Sin embargo, el contrato establece que la accionista controladora puede remover al director ejecutivo de forma inmediata cuando exista pérdida de confianza o riesgo patrimonial.
Yovani sintió cómo la sangre abandonaba su rostro.
—¿Accionista… controladora?
El abogado giró lentamente el documento hacia él.
En la primera página aparecía el logotipo de Grupo Altiora.
Debajo, en letras grandes, podía leerse:
Accionista Mayoritaria: María Inés Salgado Herrera. Participación accionaria: 81%.
Las manos de Yovani empezaron a temblar.
Miró mi rostro.
Luego el documento.
Después volvió a mirarme.
Como si hubiera vivido quince años junto a una completa desconocida.

Pero aquello era apenas el principio.
Porque mientras él intentaba comprender cómo la mujer a la que había tratado como sirvienta era en realidad la dueña de todo su mundo, otro abogado acababa de llegar al juzgado con una carpeta mucho más peligrosa.
En su portada solo había una frase.
“Pruebas de desvío de fondos y fraude cometidos por Yovani Salgado durante los últimos siete años.”