PARTE 2: LA CASA TIENE DUEÑA

No respondí a la pregunta de Landen.

Miré la pantalla del teléfono.

Sonreí apenas.

—Sí.

Guardé el celular en el bolsillo.

—Los estaba esperando.

Laurel soltó una risa burlona.

—¿Qué hiciste? ¿Llamar a alguna amiga para que venga a hacer un escándalo?

No respondí.

Subí tranquilamente las escaleras.

Detrás de mí escuché la voz de Landen.

—¿A dónde vas?

—Por mi hijo.

Entré al dormitorio de Cedric.

Seguía dormido abrazando el dinosaurio de peluche que le regalé cuando cumplió cuatro años.

Me senté unos segundos junto a él.

Le acaricié el cabello.

Después preparé una pequeña mochila con dos cambios de ropa, sus medicamentos para el asma y su libro favorito.

Cuando bajé otra vez, Naomi seguía usando mi bata.

Incluso había cambiado mis aretes por unos pendientes de diamantes.

Como si ya fuera la señora de la casa.

Landen señaló la mochila.

—¿Qué crees que estás haciendo?

—Preparando a mi hijo.

—Cedric se queda aquí.

Lo miré directamente.

—Eso lo decidirá un juez.

Naomi rodó los ojos.

—No vas a llegar tan lejos.

En ese instante sonó nuevamente el timbre.

Tres golpes firmes.

Howard abrió la puerta convencido de que sería algún vecino.

Su expresión cambió de inmediato.

Dos hombres y una mujer, todos con traje oscuro, esperaban en la entrada.

La mujer mostró una credencial.

—Buenos días. Somos del despacho Harrison & Cole.

Landen frunció el ceño.

—¿Qué desean?

Ella sonrió con cortesía.

—Venimos por solicitud de la señora Elisa Bradley.

Toda la cocina quedó en silencio.

—¿Elisa? —preguntó Laurel con incredulidad.

La abogada entró acompañada de los otros dos abogados.

Uno de ellos llevaba una carpeta gruesa.

El otro sostenía un maletín metálico.

La mujer se volvió hacia mí.

—Buenos días, señora Bradley.

Asentí.

—Gracias por venir tan rápido.

Landen comenzó a perder la paciencia.

—¿Puede alguien decirme qué demonios está pasando?

La abogada abrió la carpeta.

—Antes de continuar, necesito hacer una aclaración jurídica.

Sacó un documento certificado.

—Esta propiedad ubicada en Richmond fue adquirida hace nueve años mediante el fideicomiso familiar Bradley Heritage.

Landen soltó una carcajada.

—¿Y?

—Y el único beneficiario y propietario legal del inmueble es la señora Elisa Bradley.

La sonrisa desapareció del rostro de Naomi.

—Eso es imposible.

Howard dio un paso adelante.

—Mi hijo vive aquí desde hace años.

—Así es —respondió la abogada—. Como cónyuge residente.

Pasó otra página.

—Pero nunca fue propietario.

Landen negó con la cabeza.

—Eso no puede ser verdad. Mi nombre aparece en…

—En la declaración fiscal conjunta.

La abogada lo interrumpió con absoluta tranquilidad.

—No en la escritura.

Sacó una copia certificada.

El único nombre impreso ocupaba toda la primera página.

ELISA MARIE BRADLEY.

Landen sintió que el color abandonaba su rostro.

—No…

Me miró completamente confundido.

—¿Por qué nunca me dijiste esto?

Respiré despacio.

—Porque nunca me lo preguntaste.

Durante trece años siempre hablaste de “nuestra casa”.

Nunca te interesó saber quién la había comprado.

Naomi dejó lentamente la taza de café.

—Entonces… ¿nos está echando?

—No.

La miré fijamente.

—Solo estoy recordándoles algo que ustedes olvidaron.

Me acerqué hasta quedar frente a ella.

—Ahora…

Señalé la bata azul de seda.

—Quítate mi ropa.

Nadie dijo una palabra.

Laurel intentó intervenir.

—Elisa, podemos hablar…

La abogada volvió a abrir la carpeta.

—Todavía no terminamos.

Sacó otro documento.

—A las nueve diecisiete de anoche, la señora Bradley autorizó una transferencia extraordinaria de dos millones cuatrocientos mil dólares.

Landen recuperó parte de la confianza.

—Exacto. Ella salvó mi empresa.

—No.

La abogada negó lentamente.

—Salvó una empresa.

Landen frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

El hombre que llevaba el maletín colocó varios documentos financieros sobre la isla de mármol.

—Durante la revisión realizada esta madrugada descubrimos que Bradley Commerce Creative no pertenece al señor Landen Bradley.

El silencio fue absoluto.

—¿Qué…?

El contador giró lentamente la hoja hacia él.

—El noventa y dos por ciento de las acciones con derecho a voto pertenecen al fideicomiso Bradley Heritage.

Después levantó la mirada.

—Representado exclusivamente por la señora Elisa Bradley.

Las piernas de Landen comenzaron a temblar.

—Eso significa…

—Que usted nunca fue el dueño de la empresa.

Solo su director ejecutivo.

Y esa misma mañana, exactamente quince minutos antes de llegar a esta casa…

El contador colocó una última resolución sobre la mesa.

“Destitución inmediata del Director General: Landen Bradley.”

Landen levantó lentamente la vista hacia mí.

Por primera vez en trece años comprendió que la mujer a la que acababa de intentar echar de su propia casa no solo era la propietaria del inmueble.

También era la única persona que podía decidir si, al terminar aquel día… él seguiría teniendo un trabajo.

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