Tres golpes secos resonaron en la puerta principal.
Laura ni siquiera se movió.
—Adelante.
La empleada doméstica abrió la puerta y dejó pasar a tres personas.
El primero era un hombre de traje gris, con un portafolio de cuero en la mano.
La segunda era una mujer joven que sostenía una carpeta azul llena de documentos.
El tercero llevaba una credencial oficial colgada del cuello.
Teresa dejó de hablar al instante.
—¿Quiénes son ustedes?
El hombre dio un paso al frente.
—Buenas tardes. Licenciado Mauricio Beltrán, representante legal del consejo de administración de Grupo Salazar.
Daniel sintió un escalofrío.
—¿Consejo…? ¿Qué hace aquí el consejo?
El abogado ni siquiera lo miró.
—Venimos por solicitud de la señora Laura Hernández.
Teresa soltó una carcajada.
—¿Mi nuera? ¿Desde cuándo una ama de casa llama al consejo de una empresa?
Laura bebió tranquilamente un sorbo de té.
—Desde que también forma parte de él.
La sonrisa desapareció del rostro de Daniel.
—¿Qué acabas de decir?
El abogado abrió la carpeta.
—Hace cinco años, cuando el señor Esteban Salazar se retiró por motivos de salud, transfirió el treinta y ocho por ciento de sus acciones con derecho a voto a la señora Laura Hernández.
Daniel negó con la cabeza.
—Eso es imposible.
—No lo es.
La mujer que acompañaba al abogado colocó varias escrituras sobre la mesa.
Cada una llevaba la firma del fundador de la empresa.
Y la de Laura.
Teresa empezó a palidecer.
—Eso… eso no puede ser cierto.
Laura la observó con serenidad.
—Su esposo nunca creyó que una empresa debiera quedar únicamente en manos de quienes compartían su apellido.
Daniel sintió cómo le temblaban las piernas.
Durante cinco años había presumido ser el heredero natural del grupo.
Sin saber que la mujer a la que trataba como una simple esposa tenía suficiente poder para destituirlo.
El abogado continuó.
—Esta mañana se celebró una reunión extraordinaria del consejo.
Sacó otro documento.
—Por unanimidad se aprobó iniciar una auditoría forense sobre todas las operaciones autorizadas por el señor Daniel Salgado durante los últimos tres años.
Daniel dio un paso atrás.
—No… esperen…
—Las transferencias realizadas a cuentas relacionadas con la señora Vanessa Ortega ascienden, hasta este momento, a doce millones cuatrocientos treinta mil pesos.
Teresa volvió la cabeza hacia su hijo.
—Daniel…
Él ya no encontraba palabras.
Laura tomó otra carpeta.
—Eso no es todo.
La abrió lentamente.
Dentro había fotografías de Vanessa entrando al edificio corporativo utilizando una tarjeta de acceso restringido.
También aparecían registros de cámaras de seguridad.
Correos electrónicos.
Contratos alterados.
Y una autorización con la firma digital de Daniel.
—Pensé que solo habías sido infiel —dijo Laura con una calma aterradora—. Después descubrí que utilizaste la empresa de mi padre para mantener otra familia.
Daniel cayó de rodillas.
—Laura… puedo devolver el dinero.
—¿Con qué?
Ella deslizó el teléfono hacia él.
En la pantalla aparecía una notificación bancaria.
CUENTA CONGELADA.
Segundos después llegó otra.
TARJETA CORPORATIVA CANCELADA.
Y una tercera.
ACCESO AL SISTEMA EMPRESARIAL REVOCADO.
Daniel abrió desesperadamente la aplicación de la empresa.
Contraseña incorrecta.
Lo intentó otra vez.
Usuario deshabilitado.
Respiraba cada vez más rápido.
—No pueden hacerme esto…
El abogado lo interrumpió.
—En realidad, todavía no hemos empezado.
Teresa se aferró al respaldo de una silla.
—Mi hijo sigue siendo el director general.
El abogado negó lentamente.
—Lo era.
Sacó un último documento.
—Hace cuarenta y cinco minutos el consejo nombró un director interino.
Daniel levantó la cabeza.
—¿Quién?
El abogado sonrió apenas.
—La señora Laura Hernández.
El silencio fue absoluto.
Daniel comprendió, demasiado tarde, que la empresa que había utilizado para enriquecer a su amante nunca había sido realmente suya.
Pero el verdadero golpe aún no había llegado.
Porque, exactamente en ese momento, el funcionario que había permanecido en silencio abrió su portafolio, sacó una orden judicial y pronunció unas palabras que hicieron desaparecer el color del rostro de Daniel.

—Señor Daniel Salgado… queda formalmente notificado de una investigación por administración fraudulenta, desvío de recursos y lavado de activos. Y no será el consejo quien decida su futuro… sino un juez penal.