PARTE 2: LA LLAVE DE LORELEI

Manuel permaneció arrodillado.

No por compasión.

Porque, por primera vez en muchos años, sintió vergüenza de haber aceptado aquel matrimonio creyendo que solo era un acuerdo económico.

Rosalie intentó volver a cerrar el vestido.

Él apartó la mirada de inmediato.

—Perdón.

Ella soltó una risa amarga.

—No tienes que fingir.

—No estoy fingiendo.

Rosalie lo observó durante unos segundos, como si intentara descubrir si aquella respuesta también había sido comprada por su padre.

—Todos los médicos hacían lo mismo —susurró—. Bajaban la cabeza, decían que era por mi bien y después permitían que él siguiera.

Manuel respiró hondo.

—Yo no trabajo para Emmett Durham.

Ella levantó lentamente la mano.

La llave seguía escondida entre las capas interiores del corsé.

La descosió con cuidado y dejó caer un pequeño objeto de bronce sobre la cama.

No medía más de cinco centímetros.

Tenía grabadas dos iniciales.

L.D.

Lorelei Durham.

—Mi madre la escondió antes de morir —dijo Rosalie—. Estoy segura de que intentaba dejarme algo.

Manuel tomó la llave.

Era pesada para su tamaño.

En uno de los bordes había una inscripción casi borrada.

H-17.

No parecía la llave de una habitación.

Parecía la de una caja de seguridad.

En ese instante llamaron a la puerta.

—Señorita Rosalie.

Era la voz del doctor Samuel Pierce.

—Su padre quiere comprobar que está bien.

Rosalie palideció.

Sus dedos empezaron a temblar.

—No abras.

Manuel se levantó.

—No pienso hacerlo.

La voz insistió.

—El señor Durham está preocupado.

—Dígale al señor Durham que su hija está descansando —respondió Manuel con firmeza—. Mañana podrá verla.

Durante unos segundos solo hubo silencio.

Después se escucharon pasos alejándose por el pasillo.

Rosalie soltó el aire lentamente.

—Vendrá otra vez.

—Lo sé.

—Y traerá más gente.

Manuel observó la llave.

Después miró las cicatrices de las muñecas de Rosalie.

Las marcas coincidían perfectamente con correas de inmovilización médica.

No eran antiguas heridas accidentales.

Eran años de encierro.

—¿Dónde crees que abre esta llave?

Ella tardó unos segundos en responder.

—Mi madre tenía un despacho privado en el edificio antiguo de Durham Foundation. Después de su muerte, mi padre selló toda esa planta.

—¿Nadie volvió a entrar?

—Solo él.

Manuel recordó algo.

Cuando aceptó el trato matrimonial, Emmett insistió en una cláusula absurda.

Ningún abogado externo podía revisar los documentos relacionados con el patrimonio de Rosalie durante el primer año de matrimonio.

En aquel momento le pareció una simple maniobra empresarial.

Ahora comprendía que aquello nunca había tratado del dinero.

Trataba del tiempo.

Tiempo suficiente para mantener oculto lo que aquella llave podía revelar.

Sacó el teléfono.

Buscó un contacto que llevaba años sin utilizar.

Harold Stein.

El abogado que había defendido a su padre antes de morir.

El único hombre que nunca aceptó trabajar para la familia Durham.

La llamada fue contestada al segundo tono.

—Pensé que nunca volverías a necesitarme, Manuel.

—Necesito verte esta misma noche.

—Son casi las doce.

—Es cuestión de vida o muerte.

Hubo un breve silencio.

—¿Dónde estás?

—En Pinecrest.

La respuesta del abogado llegó de inmediato.

—No hables por teléfono desde esa casa.

Manuel frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque hace años descubrí que Emmett Durham graba todas las habitaciones principales de la finca.

El corazón de Manuel dio un vuelco.

Miró lentamente alrededor de la suite.

Las lámparas.

El detector de humo.

El espejo frente a la cama.

Rosalie siguió la dirección de su mirada.

—¿Qué ocurre?

Él no respondió.

Se acercó al cuadro que decoraba la pared principal.

Era una pintura enorme del lago Superior.

La levantó apenas unos centímetros.

Detrás había un pequeño orificio negro.

Una lente.

Sin decir una palabra, arrancó el cable oculto dentro del muro.

La imagen desapareció de la pantalla que, en ese mismo instante, Emmett Durham observaba desde su despacho.

El anciano golpeó el escritorio con tanta fuerza que el vaso de cristal se hizo añicos.

—La encontró… —murmuró con el rostro completamente desencajado.

Uno de sus hombres dio un paso adelante.

—¿Qué hacemos, señor?

Emmett clavó los ojos en el monitor apagado.

Su voz sonó fría.

—Antes de que amanezca… quiero a Manuel Nelson muerto.

Porque si aquel abogado alcanzaba a ver la llave cosida en el vestido de Rosalie, el secreto que llevaba doce años enterrado junto con Lorelei Durham dejaría de pertenecer solo a la familia.

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