A las seis y cuarenta y cinco de la mañana, Clara ya estaba guardando sus pocas pertenencias dentro de una vieja maleta azul.
Emiliano permanecía sentado en la cama de servicio abrazando la guitarra.
—¿Nos vamos otra vez? —preguntó con la voz apagada.
Clara forzó una sonrisa.
—Sí, mi amor.
No añadió nada más.
Porque ambos estaban demasiado acostumbrados a marcharse antes de que alguien los echara oficialmente.
En ese mismo instante, doña Leonor esperaba en la biblioteca principal con Marcela Rivas.
—Quiero que desaparezcan antes de que Santiago baje a desayunar.
—La liquidación ya está preparada.
—No me interesa la liquidación. Me interesa esa guitarra.
Marcela dudó.
—¿La guitarra?
Leonor levantó lentamente la mirada.
—No debe salir de esta casa.
La administradora frunció el ceño.
—Pensé que era propiedad de Clara.
Durante varios segundos, Leonor no respondió.
Después habló con una frialdad que helaba la habitación.
—Nunca lo fue.
Arriba, Santiago entró al cuarto de Regina con la intención de llevarla al colegio.
Encontró la cama vacía.
La niña estaba sentada frente a la ventana.
—¿Qué pasa, princesa?
Regina bajó la cabeza.
—La abuela mintió.
Santiago sintió un nudo en el estómago.
—¿Por qué dices eso?
—Escuché cuando le dijo a Marcela que iban a sacar a Emiliano por la puerta de atrás… antes de que tú despertaras.
El empresario no esperó un segundo más.
Bajó las escaleras casi corriendo.
Llegó justo cuando Clara sostenía la mano de su hijo frente a la entrada de servicio.
Dos guardias ya esperaban para abrirles el portón.
—¿Qué está pasando?
Todos se quedaron inmóviles.
Marcela tragó saliva.
—La señora Leonor decidió terminar el contrato.
—¿Quién autorizó eso?
—La señora dijo que…
—Te pregunté quién lo autorizó.
Nadie respondió.
Santiago miró directamente a Clara.
—¿Qué ocurrió realmente?
Ella respiró hondo.
—Su madre piensa que es mejor que nos marchemos.
—¿Por qué?
Clara bajó la vista hacia la guitarra.
No contestó.
Fue Emiliano quien habló.
—Porque la abuelita le tiene miedo.
Leonor apareció en el pasillo.
—Los niños imaginan demasiadas cosas.
Emiliano negó con la cabeza.
—No estoy imaginando.
Levantó la guitarra.
—Ella dijo que esa guitarra nunca debía volver a sonar aquí.
Santiago observó el instrumento con atención por primera vez.
La madera estaba desgastada por los años.
En la parte inferior había una pequeña placa de plata casi borrada.
Se acercó.
Limpió el polvo con los dedos.
Entonces leyó una inscripción.
“Para Elena. Con todo mi amor. Alejandro. 1989.”
Su respiración se detuvo.
Alejandro.
Ese era el nombre de su padre.
El hombre fallecido hacía dieciocho años.
Santiago levantó lentamente la mirada hacia su madre.
—¿Por qué mi padre regaló esta guitarra?
Leonor perdió el color del rostro.
—Debe tratarse de otra persona.
Clara cerró los ojos.
Sabía que aquel momento llegaría tarde o temprano.
—No… no era otra persona.
Santiago giró hacia ella.
—¿Qué sabes tú de mi padre?
Clara acarició las cuerdas con la punta de los dedos.
La melodía que comenzó a sonar era sencilla.
Apenas cuatro compases.
Pero bastó para que Santiago sintiera un escalofrío.
Era la misma canción que su padre le tocaba todas las noches antes de dormir cuando él tenía cinco años.
Nunca volvió a escucharla después de la muerte de Alejandro.
—¿Quién te enseñó eso? —preguntó casi sin voz.
Los ojos de Clara empezaron a llenarse de lágrimas.
—El hombre que me regaló esta guitarra…
Hizo una pausa.
—…fue su padre.
El silencio cayó sobre toda la mansión.
Leonor dio un paso hacia adelante.
—¡No le creas! ¡Está intentando aprovecharse de nuestra familia!
Pero Clara ya no la miraba.
Solo observaba a Santiago.
—Su padre nunca abandonó a la persona que amaba.

Lo obligaron.
Santiago sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Porque aquella guitarra no solo pertenecía a Alejandro del Valle.
También era la prueba de una deuda que alguien llevaba más de treinta años intentando borrar.
Y Emiliano, el hijo de la empleada, estaba a punto de revelar quién era realmente la mujer llamada Elena cuyo nombre seguía grabado para siempre en aquella vieja madera.