—La puerta del sótano —susurró Vance.
Maya dejó de intentar cubrirse el brazo.
—¿Qué ha dicho?
Vance levantó los ojos hacia ella. Parecía haber olvidado que todo el pelotón seguía alrededor del foso.
—Había una niña detrás de una puerta de metal —dijo—. Hace doce años, en una casa incendiada cerca de Columbus.
Maya sintió que la arena se movía bajo sus pies. Recordaba el humo, los golpes contra la puerta y una voz al otro lado que le pedía que siguiera hablando.
—Usted me sacó —dijo.
Vance asintió despacio. Había reconocido las marcas profundas que dejaron los bordes de aquella puerta cuando intentó abrirla desde dentro. Las quemaduras llegaron después, mientras esperaba.
Miller miró de uno a otro.
—No sabía quién era —murmuró.
—Sabías que te pidió que pararas —respondió Hayes.
El sargento instructor se quitó la chaqueta y se la ofreció a Maya. Ella la aceptó, envolviéndose el brazo. Vance dio un paso hacia ella, pero se detuvo al ver cómo retrocedía.
—Lo siento —dijo—. No quise exponerte delante de todos.
Maya lo observó un instante. Él había sido parte de una noche que llevaba años intentando dejar atrás. No sabía aún qué sentir al encontrarlo allí.
—Quiero salir del foso —respondió.
—Por supuesto.
Hayes ordenó que terminara el ejercicio. Apartó a Miller del pelotón y pidió que un sanitario examinara a Maya por la caída. Ella insistió en caminar por sí misma. Jenkins la acompañó hasta el edificio sin hacer preguntas.
Más tarde, Vance fue a verla. Llamó a la puerta abierta y esperó hasta que Maya le permitió entrar.
—Pensé muchas veces en la niña que saqué de aquella casa —dijo—. Nunca supe qué había sido de ti.
—Crecí —contestó Maya, con una sonrisa cansada.
Vance bajó la mirada.
—Hoy debieron detener el combate antes de que Miller te tocara la manga. Voy a informar exactamente lo que vi.
—Yo también daré mi versión —dijo ella—. Quiero seguir entrenando.
—Tienes ese derecho.
Cuando se fue, Maya se quedó junto a la ventana. Fuera, Jenkins esperaba para acompañarla al comedor. La manga prestada le quedaba demasiado larga y le cubría hasta los dedos.
La dobló una vez. Luego otra.
Al día siguiente tendría que decidir qué contarle al pelotón, si es que quería contarles algo. Esa noche solo necesitaba saber que, cuando había gritado «detente», alguien por fin la había escuchado.