—Grant —llamó mi madre desde el ascensor—. Me dijeron que habías venido.
June cerró mi mano sobre la llave.
—La caja está en el archivo privado del cuarto piso. Mara autorizó que se la entregara a usted.
Mi madre avanzó por el pasillo acompañada de dos hombres de seguridad. Había pasado toda mi vida viendo cómo la gente se apartaba a su paso. Esa noche June permaneció frente a la puerta 418.
—Mara acaba de dar a luz —dijo la enfermera—. No recibirá visitas sin su consentimiento.
—Soy la abuela de esos niños —respondió mi madre.
—Aquí decide la paciente.
Yo miré a los hombres que habían venido con ella.
—Esperen abajo.
Ninguno se movió hasta que mi madre asintió. Aquello me dijo más de lo que quería saber.
Le entregué a June mi teléfono para que me indicara dónde estaba el archivo. Dentro de la caja encontré copias de transferencias, correos impresos y una grabación guardada en una memoria pequeña. El fideicomiso era de Mara; lo había abierto antes del divorcio para conservar pruebas fuera del alcance de mi familia.
En uno de los correos, mi madre ordenaba a nuestro contable usar las credenciales de Mara para aprobar un pago. La fecha era anterior al día en que yo había encontrado la supuesta prueba del robo.
Sentí vergüenza al recordar cómo Mara me había pedido que revisara precisamente esa fecha. Yo no la dejé terminar.
Volví al pasillo con los papeles en la mano. Mi madre esperaba junto a la ventana.
—¿Qué había ahí? —preguntó.
Le mostré el correo. Sus ojos recorrieron la página y se detuvieron en su propia firma.
—Esto no prueba lo que crees —dijo.
—Entonces lo revisará alguien que no trabaje para nosotros.
Entré en la habitación 418. Mara estaba despierta, pálida, con el cabello recogido a medias. A su lado había dos pequeñas cunas transparentes.
Se me quebró la voz.
—Lo siento.
Ella miró la llave entre mis dedos.
—La abriste.
Asentí.
—Debí escucharte hace siete meses.
—Sí —dijo.
No añadió que me perdonaba. Tampoco se lo pedí.
Me acerqué a las cunas solo cuando ella me hizo una señal. Uno de los bebés dormía con los puños cerrados; el otro abrió la boca en un bostezo diminuto. Permanecí allí, sin atreverme todavía a tocarlos.
—Mi madre está afuera —le dije—. June no la ha dejado entrar.
Mara giró el rostro hacia mí.
—No quiero verla. Y no quiero que vuelvas a decidir por mí, Grant.
—No lo haré.
Saqué mi teléfono y llamé a un abogado ajeno a mi familia. Le pedí que conservara las pruebas y que hablara directamente con Mara sobre cualquier paso que ella quisiera dar. Después avisé a June de que mi madre debía irse.
Desde la puerta, la enfermera me observó guardar la llave.
—Mara estuvo sola cuando vino por primera vez —dijo en voz baja.
Miré a la mujer que había perdido mi confianza cuando más la necesitaba y a los dos niños que aún no me conocían.
—Lo sé —respondí—. Esta vez voy a escucharla.