—Te vi en la televisión —repitió Alex—. Elena, necesito saberlo.
Ella sostuvo su mirada sin suavizar la expresión.
—Sí. Son tus hijos.
Alex tragó saliva. Cuatro niños. Cinco años. Su sangre corriendo por esas caritas que acababa de ver en la pantalla.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—La noche que pensaba contártelo, llegaste con una maleta y me dijiste que necesitabas espacio. Querías saber si ibas a sacrificar tu sueño de ser padre por mí. No quise usar un embarazo para convencerte de que te quedaras.
—Podrías haberme llamado después.
—Podría. Pero tú ya habías decidido irte.
Alex bajó la cabeza. Por primera vez, no intentó defenderse.
—Quiero conocerlos.
—No puedes aparecer de pronto y pedirles que te llamen papá. Ni siquiera saben quién eres.
Elena le dijo que necesitaba tiempo. Alex asintió, aunque el dolor en su rostro dejaba claro que aquello no era lo que esperaba.
Esa misma tarde llamó al antiguo despacho de abogados que había gestionado su divorcio.
—Revisen mi expediente —ordenó—. Busquen cualquier carta o documento que llevara mi nombre.
Minutos después, su antiguo abogado volvió al teléfono.
—Alex, encontramos un sobre sellado dentro del expediente. Tiene tu nombre y una nota para que te lo entregaran después de finalizar el divorcio. Nunca llegó a tus manos.
Alex pidió que se lo llevaran.
Cuando abrió el sobre, cayó una hoja doblada, escrita a mano. Reconoció la letra de su madre.
La nota estaba fechada el día antes de que él presentara la demanda.
«Elena está embarazada. No se lo digas a Alex. Si lo sabe, no firmará. Asegúrate de que el divorcio quede cerrado antes de que pueda cambiar de opinión».
Alex leyó la frase dos veces.
Entonces vio el documento que estaba debajo: una copia del informe de laboratorio de Elena, con el resultado positivo y la fecha.
Su madre lo había sabido.
Y no solo había influido en su decisión.
Había ayudado a ocultarle que iba a ser padre.