PARTE 2: La mujer que decidió desaparecer

Víctor llamó a Nora.

El teléfono estaba apagado.

Volvió a llamar.

Nada.

Entonces marcó a Marco, su jefe de seguridad.

—Encuéntralos.

—¿Secuestro?

Víctor miró las cunas vacías.

—No.

La palabra le dolió más de lo esperado.

—Mi esposa se fue.

Hubo silencio.

—¿Quiere que rastreemos sus tarjetas?

Víctor estuvo a punto de decir que sí.

Era lo que siempre hacía.

Encontrar.

Controlar.

Resolver.

Pero entonces recordó a Nora temblando junto a la incubadora cuando Leo dejó de respirar durante once segundos.

Recordó haber prometido que jamás estaría sola.

Y recordó dónde había estado la noche anterior.

—No —dijo finalmente—. Averigua solamente si los bebés están seguros.

Cuarenta minutos después, Marco llamó.

—Los tres fueron vistos entrando en un hospital infantil a las 3:41.

Víctor se puso de pie.

—¿Hospital?

—Leo tuvo una emergencia respiratoria.

El mundo se inclinó.

—¿Está vivo?

—Sí.

Víctor cerró los ojos.

Nora había atravesado una tormenta con dos bebés prematuros mientras él estaba con Sylvia.

—Voy para allá.

—Hay algo más.

Marco dudó.

—Nora no llegó sola.

Víctor apretó el teléfono.

—¿Quién estaba con ella?

—Un hombre llamado Gabriel Moretti.

Ese nombre le resultaba conocido.

Demasiado conocido.

Gabriel había trabajado años atrás para la familia Rinaldi antes de desaparecer después de una disputa con el padre de Víctor.

Cuando Víctor llegó al hospital, encontró a Nora sentada junto a Leo.

Mia dormía contra su pecho.

Gabriel permanecía junto a la puerta.

Víctor dio un paso.

Nora se tensó.

Eso lo detuvo.

Su propia esposa tenía miedo de que se acercara.

—No vine a llevarte por la fuerza —dijo.

Nora soltó una risa rota.

—¿Entonces por qué viniste?

Víctor no tuvo respuesta suficientemente buena.

—¿Leo está bien?

—Ahora sí.

Ella lo miró.

—¿Sabes quién estuvo conmigo cuando dejó de respirar?

Víctor bajó los ojos.

—Gabriel.

—Exacto.

Gabriel colocó una carpeta sobre la mesa.

—Pero no estoy aquí solamente por Nora.

Víctor lo miró.

—¿Qué quieres?

—Mostrarte por qué tus hijos nacieron ocho semanas antes.

Nora palideció.

—Gabriel…

—Tiene derecho a saberlo.

Dentro había registros médicos, transferencias y fotografías.

Víctor reconoció inmediatamente un nombre.

Sylvia Kane.

—¿Qué tiene que ver Sylvia con el embarazo?

Gabriel señaló una transferencia realizada tres semanas antes del parto prematuro.

El dinero había salido de una empresa vinculada a la familia Rinaldi y terminado en una clínica privada utilizada por Nora.

—Alguien pagó para acceder a sus expedientes médicos —dijo Gabriel.

Víctor sintió que se le helaba la sangre.

—¿Sylvia?

—Ella recibió parte del dinero.

—¿Parte?

Gabriel sacó la última página.

—El resto vino de alguien mucho más cercano.

Víctor miró la firma.

Conocía aquella letra.

—No.

Nora comenzó a llorar.

—Por eso me fui.

La autorización llevaba el nombre de la madre de Víctor.

Isabella Rinaldi.

Víctor levantó lentamente la mirada.

—Mi madre adora a esos niños.

Gabriel negó con la cabeza.

—No estaba intentando hacerles daño.

—Entonces ¿qué estaba haciendo?

Gabriel colocó una fotografía sobre la mesa.

Mostraba a Isabella hablando con Sylvia frente a la clínica.

—Intentaba demostrar que uno de los gemelos no era tuyo.

Víctor dejó de respirar.

Nora se puso de pie.

—Eso es mentira.

—Lo sé —respondió Gabriel.

Entonces sacó un informe de ADN.

—Porque Isabella hizo la prueba antes de que nacieran.

Víctor miró el resultado.

Ambos niños eran biológicamente suyos.

Pero debajo aparecía una tercera comparación genética.

Gabriel.

Coincidencia familiar cercana.

Víctor levantó los ojos hacia él.

Gabriel permaneció completamente inmóvil.

—Ahora pregúntale a tu madre —dijo— por qué pasó treinta años diciéndote que yo era simplemente un empleado de la familia.

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