El sello cayó sobre nuestro certificado matrimonial.
Nathaniel seguía de pie detrás de nosotros.
—Clara, levántate.
Doblé cuidadosamente mi copia del documento.
—Ya terminé de esperarte, Nathaniel.
Su rostro se endureció.
—¿De verdad vas a desperdiciar tu vida por una broma?
Antes de que pudiera responder, Adrian soltó mi mano.
—Mi esposa no necesita justificarte su decisión.
Mi esposa.
Dos palabras que Nathaniel nunca había pronunciado con orgullo en diez años.
La anciana señora Shaw apareció acompañada por dos oficiales.
—El coche está preparado —dijo—. Lleva a Clara a casa.
Nathaniel soltó una risa amarga.
—¿A casa? Tío, apenas puedes cuidarte tú mismo.
Entonces ocurrió algo extraño.
Los dos oficiales detrás de Adrian intercambiaron una mirada.
No fue compasión.
Fue respeto.
Adrian simplemente hizo avanzar su silla.
Yo caminé junto a él.
Aquella noche llegué a la residencia privada de Adrian esperando encontrar enfermeros y una casa adaptada para un hombre completamente dependiente.
En cambio, encontré mapas militares cerrados bajo llave, documentos clasificados y varios oficiales esperando instrucciones.
—Pensé que habías dejado el servicio activo —dije.
Adrian me observó.
—Eso es lo que Nathaniel cree.
Antes de que pudiera preguntar más, mi teléfono comenzó a sonar.
Nathaniel.
Lo ignoré.
Después llegaron mensajes.
“Anula el registro.”
“Ya aprendiste la lección.”
“Deja de comportarte como una niña.”
El último decía:
“Te doy hasta mañana.”
Adrian vio mi expresión.
—¿Quieres volver con él?
—No.
—Entonces nunca volveré a preguntártelo.
Se volvió hacia su escritorio.
—Puedes marcharte de este matrimonio cuando quieras, Clara. Pero mientras decidas quedarte, nadie volverá a humillarte bajo mi techo.
Por primera vez en años, sentí que podía respirar.
Entonces llamaron a la puerta.
Un coronel entró apresuradamente.
—General Shaw, encontramos quién modificó originalmente el expediente matrimonial.
Fruncí el ceño.
—Nathaniel lo hizo.
—No exactamente.
El coronel colocó un informe frente a Adrian.
Nathaniel había cambiado el nombre como parte de su apuesta con Ivy.
Pero el sistema debía haber rechazado inmediatamente aquella modificación.
No lo hizo.
Alguien con una autorización mucho más alta había validado el cambio.
—¿Quién? —pregunté.
El coronel miró a Adrian.
—Usted.
Me quedé inmóvil.
Adrian no pareció sorprendido.
—¿Sabías que Nathaniel había cambiado el nombre?
Silencio.
—Adrian.
Finalmente levantó los ojos.
—Sabía que llevaba años retrasando tus solicitudes.
Sentí que el corazón golpeaba mis costillas.
—¿Y aprobaste esta?
—Sí.
Me puse de pie.
—Entonces también jugaste conmigo.
—No.
Por primera vez, su serenidad desapareció.
Adrian apoyó ambas manos en los brazos de la silla.
Y lentamente…
se levantó.
Retrocedí.
El hombre que toda la base creía paralizado quedó de pie frente a mí.
—Mi lesión fue real —dijo—. Mi recuperación debía permanecer clasificada.
No podía hablar.
Adrian dio un paso.
Después otro.
—Nathaniel creyó que estaba entregándote al hombre más inútil de la familia Shaw.
Su mirada se endureció.
—Yo permití que lo creyera.
—¿Por qué?
Adrian abrió un cajón.
Dentro había siete copias.
Las siete solicitudes matrimoniales que Nathaniel había hecho rechazar durante años.
Y debajo de ellas había una fotografía mía tomada hacía una década.
—Porque esta no fue la primera vez que Nathaniel convirtió tu futuro en un juego —dijo Adrian.
Entonces colocó un octavo documento frente a mí.
Era una solicitud de matrimonio.
Pero tenía seis años.
En la línea del novio aparecía:
ADRIAN SHAW.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Qué significa esto?
Adrian me miró fijamente.
—Que yo quise casarme contigo mucho antes de que Nathaniel empezara a tener miedo de perderte.
