Clara leyó el último mensaje una vez más.
“Llevo años esperando que alguien me diera una excusa para invitarte.”
Su pulgar permanecía inmóvil sobre la pantalla.
Había imaginado cientos de veces cómo sería el día en que Ethan Walker le confesara que sentía algo por ella.
Nunca, ni en sus fantasías más optimistas, había ocurrido así.
Pensó en responder.
“¿Hablas en serio?”
La borró.
“Creo que te has equivocado de persona.”
También la borró.
Al final dejó el teléfono sobre la mesita de noche.
Porque cualquier palabra parecía demasiado pequeña para lo que acababa de leer.
A la mañana siguiente llegó al hospital veinte minutos antes de su turno.
Esperaba que el trabajo le despejara la mente.
No funcionó.
Cada vez que alguien mencionaba Neurocirugía, levantaba la cabeza por reflejo.
Cada vez que sonaba un teléfono, pensaba que podía ser Ethan.
—Doctora Hayes.
Una enfermera se acercó con una carpeta.
—El doctor Walker pidió que le entregara esto.
Clara abrió el expediente.
Dentro solo había una nota escrita a mano.
“No olvides desayunar. Las cirugías largas y el estómago vacío son una mala combinación.”
Sonrió sin poder evitarlo.
Solo una persona en todo el hospital sabía que, cuando estaba nerviosa, era capaz de pasar diez horas sin comer.
Jamás se lo había contado.
Entonces recordó.
Tres años antes.
Una intervención de emergencia de doce horas.
Al salir del quirófano, había encontrado discretamente una barra de cereal y un café sobre su escritorio.
Nunca supo quién los había dejado.
Ahora empezaba a sospecharlo.
A las once de la mañana coincidieron por primera vez aquel día.
Ethan salía de una sala de reuniones.
Ella caminaba hacia Radiología.
Se detuvieron al mismo tiempo.
—Buenos días, doctora Hayes.
Su voz era exactamente igual que siempre.
Serena.
Profesional.
Pero había algo distinto en su mirada.
Ya no parecía esconderse detrás de la cortesía.
—Buenos días.
Él sonrió apenas.
—¿Dormiste algo?
Clara soltó una pequeña risa.
—Muy poco.
—Yo tampoco.
Aquella respuesta la sorprendió.
Ethan nunca parecía cansado.
Nunca parecía nervioso.
Sin embargo, allí estaba.
Con una ligera sombra bajo los ojos.
Como si hubiera pasado la noche en vela igual que ella.
—Nos vemos esta tarde.
Asintió.
—A las seis y media.
Se alejaron en direcciones opuestas.
Ambos sonriendo sin darse cuenta.
A las cinco y cuarenta y cinco…
Clara llegó a su apartamento.
Abrió el armario.
Y se quedó inmóvil.
Tenía vestidos para congresos.
Trajes para entrevistas.
Uniformes médicos.
Pero nada que pareciera adecuado para una primera cita.
Probó uno.
Demasiado formal.
Otro.
Demasiado llamativo.
El tercero le recordaba una boda.
Cuando por fin eligió un vestido azul marino sencillo, ya eran las seis y veinte.
Respiró hondo frente al espejo.
—Es solo una cena.
Nadie creyó aquella mentira.
Ni siquiera ella.
A las seis y media exactas sonó el timbre.
No un minuto antes.
No uno después.
Abrió la puerta.
Ethan llevaba un traje gris oscuro sin corbata y un pequeño ramo de flores silvestres.
No rosas.
No lirios.
Margaritas blancas.
Clara las miró con sorpresa.
—¿Cómo sabías…?
Él sonrió.
—Hace cuatro años acompañaste a una paciente pediátrica al jardín del hospital.
Ella insistía en que las margaritas eran las flores más valientes porque crecían en cualquier sitio.
Tú le dijiste que también eran tus favoritas.
Creí que ya no lo recordabas.
Clara sintió un nudo en la garganta.
Ella misma había olvidado aquella conversación.
Él no.
Entraron al ascensor.
Durante unos segundos ninguno habló.
Finalmente Clara reunió valor.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Claro.
—¿Por qué aceptaste la cita?
Ethan soltó una risa suave.
—Esa no es la pregunta correcta.
—¿Cuál sería?
Él la miró directamente.
—La pregunta es…
¿Por qué tardé tanto?
El automóvil avanzaba por las calles iluminadas de la ciudad.
Clara seguía esperando una explicación.
Ethan habló sin apartar la vista del camino.
—Hace seis años, durante tu primera semana como residente…
Entraste llorando al vestidor.
Pensabas que nadie te había visto.
Ella abrió mucho los ojos.
Lo recordaba perfectamente.
Había perdido a un paciente.
Su primer paciente.
Creía haber estado completamente sola.
—Yo estaba dentro.
No salí porque entendí que necesitabas ese momento.
Pero escuché algo que dijiste.
Clara frunció el ceño.
—¿Qué dije?
—Prometiste que nunca dejarías de tratar a los pacientes como personas, aunque eso significara sufrir más que otros médicos.
Guardó silencio un instante.
—Ese día me enamoré de ti.
El corazón de Clara parecía incapaz de seguir un ritmo normal.
—¿Entonces… por qué nunca dijiste nada?
Ethan sonrió con cierta tristeza.
—Porque una semana después escuché una conversación.
El doctor Bennett le decía a tu padre que tú no salías con médicos.
Que no querías mezclar el trabajo con la vida personal.
Clara se quedó completamente inmóvil.
—Yo jamás dije eso.
—Lo sé ahora.
Pero durante seis años pensé que acercarme a ti solo conseguiría incomodarte.
Ella dejó escapar una risa incrédula.
—Y yo pasé esos mismos seis años creyendo que tú rechazabas a todas las mujeres porque ninguna te interesaba.
Los dos guardaron silencio.
Después comenzaron a reír al mismo tiempo.
Seis años.
Perdidos por un malentendido.
El coche se detuvo frente al Hotel Saint James.
Un empleado abrió la puerta.
Cuando entraron al restaurante, el jefe de sala sonrió.
—Bienvenidos, doctor Walker.
Su mesa está preparada.
Ethan frunció ligeramente el ceño.
—¿Cómo sabe mi nombre?
El jefe de sala pareció confundido.
—Porque reservó esta mesa todos los años.
Desde hace cinco años.
Clara giró lentamente hacia Ethan.
Él permaneció inmóvil.
El jefe de sala continuó hablando sin darse cuenta.
—Siempre pedía una mesa para dos junto a la ventana.
Luego llamaba unas horas antes para cancelarla.

El silencio cayó entre los tres.
Clara miró a Ethan.
—¿Cinco años?
Él cerró los ojos un segundo.
Y, con una sonrisa avergonzada, confesó por fin la verdad.
—Cada año reunía el valor para invitarte a salir…
Y cada año pensaba que ibas a decir que no.