PARTE 2: LA MENTIRA QUE NO ERA UNA INFIDELIDAD

Lucía no respondió de inmediato.

Solo escuché cómo respiraba al otro lado de la llamada.

—Mariana, contéstame una sola cosa —insistió—. ¿Alejandro sabe que ya descubriste a esa mujer?

Miré la puerta del estudio.

—No.

—Perfecto. No le digas absolutamente nada.

Su tono cambió por completo.

Ya no hablaba mi prima.

Hablaba la abogada.

—¿Qué encontraste exactamente?

Le describí la fotografía del aeropuerto, los accesos VIP, los hoteles y el nombre de Valeria Rivas.

Cuando terminé, hubo unos segundos de silencio.

—Eso no parece una aventura común.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

—Porque nadie necesita once accesos privados para engañar a su esposa. Eso cuesta dinero, deja registros y llama demasiado la atención.

Sentí un escalofrío.

—Entonces, ¿qué crees que está pasando?

—Creo que estás viendo solo la superficie.

Me pidió fotografiar cada documento relacionado con los viajes.

Mientras revisaba el cajón inferior del escritorio, encontré una memoria USB escondida dentro de una caja de puros.

No tenía ninguna etiqueta.

La conecté a mi computadora.

Aparecieron decenas de carpetas.

Contratos.

Transferencias.

Pasaportes escaneados.

Reservaciones.

Y una hoja de cálculo titulada:

Proyecto Orión.

La abrí.

Mi sangre se heló.

No eran gastos personales.

Eran pagos.

Millones de pesos enviados a empresas creadas apenas unas semanas antes.

Varias estaban registradas con prestanombres.

Otras aparecían vinculadas a proveedores de nuestra empresa familiar.

Entonces encontré el nombre que menos esperaba.

Grupo Salgado Servicios Aeroportuarios.

La empresa de mis padres.

No podía respirar.

Alejandro nunca había trabajado ahí.

Solo era mi esposo.

¿Cómo tenía autorización para mover operaciones internas?

Seguí leyendo.

Cada transferencia coincidía exactamente con uno de sus supuestos viajes de negocios.

Valeria Rivas aparecía como consultora externa en todos ellos.

Pero ninguna consultoría justificaba aquellas cantidades.

Lucía volvió a hablar.

—Mariana… necesito que me digas una cosa más.

—¿Qué?

—¿Quién tiene acceso a las claves maestras del sistema de tu familia?

Sentí un vacío en el estómago.

Las conocíamos únicamente tres personas.

Mi padre.

Yo.

Y Alejandro.

Cerré los ojos.

Recordé una conversación ocurrida dos años antes.

—Amor, ¿podrías entrar tú? —me había pedido mientras preparaba la cena—. Estoy manejando y necesito revisar unos contratos.

Yo había iniciado sesión desde mi computadora.

Él observó cuidadosamente cada paso.

Incluso anotó algo en una libreta.

Nunca le di importancia.

Ahora sí.

Lucía respiró hondo.

—Escúchame bien.

—No confrontes a Alejandro.

—No hables con tus padres todavía.

—Y no vuelvas a entrar al sistema desde esa computadora.

—¿Por qué?

Su respuesta me dejó helada.

—Porque, si tengo razón, alguien lleva meses usando las credenciales de tu familia para sacar dinero sin que ustedes lo noten.

Miré otra vez la pantalla.

En la última carpeta había un archivo protegido con contraseña.

Solo podía verse el nombre.

Beneficiario final.

Antes de que pudiera abrirlo, escuché el sonido inconfundible de un automóvil entrando al garaje.

Alejandro había regresado.

Tres horas antes de lo que supuestamente aterrizaba su vuelo desde Singapur.

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