Samuel dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—¿Estás completamente segura de que nunca firmaste una autorización?
—Completamente.
Abrí mi bolso y saqué una carpeta.
Había preparado copias del título de propiedad, los registros bancarios y la documentación que había encontrado dos noches antes.
Samuel examinó cada página.
—La villa está únicamente a tu nombre.
—Sí.
—Entonces quiero comprobar cómo consiguieron hipotecarla.
Hizo varias llamadas.
Cuarenta minutos después, su asistente entró con documentos adicionales.
Samuel leyó la primera página y su expresión cambió.
—Elena, mira esto.
Había una autorización supuestamente firmada por mí.
La fecha era de once meses atrás.
La firma se parecía a la mía.
Pero yo jamás había visto aquel documento.
—No es mi firma.
—Eso tendrá que verificarse formalmente —respondió Samuel—. Pero hay algo más.
Señaló el nombre de la operación.
El dinero obtenido con la hipoteca no había terminado directamente en las cuentas personales de Nathan.
Había sido destinado a una empresa llamada Northbridge Consulting.
—¿La conoces?
Negué.
Samuel buscó otro documento.
—La empresa se constituyó trece días antes de la operación.
—¿Quién es el propietario?
—Legalmente aparece otra persona.
Giró la pantalla hacia mí.
Sentí que algo se endurecía dentro de mi pecho.
Claire Bennett.
La secretaria de Nathan.
Durante unos segundos no dije nada.
Después me reí.
No porque fuera gracioso.
Porque de repente aquellas cinco noches fuera de casa parecían la parte menos importante de mi matrimonio.
Mi teléfono volvió a encenderse.
Nathan.
Esta vez respondí.
—¿Dónde estás? —exigió.
—Con mi abogado.
Silencio.
—Elena, deja de convertir esto en un espectáculo.
Miré a Samuel.
—Encontramos la hipoteca de mi villa.
Nathan dejó de respirar durante un instante.
Lo escuché.
—Puedo explicarlo.
—Perfecto. Explícame Northbridge Consulting.
El silencio fue todavía peor.
—¿Cómo sabes ese nombre?
Aquella pregunta fue mi respuesta.
—Entonces sí lo conoces.
—Elena, vuelve a casa.
—Ya estoy en casa. Tú eres quien recibió sus maletas en la oficina.
Colgué.
A las cinco de la tarde, Samuel había solicitado conservar toda la documentación relacionada con la operación mientras revisábamos qué acciones correspondían.
Yo regresé al apartamento únicamente para recoger mis cosas.
Pero Nathan estaba esperándome.
De pie junto a la ventana.
Todavía llevaba la camisa de ayer.
—Claire y yo no somos lo que crees.
Dejé las llaves sobre la mesa.
—Ya no me importa con quién duermes.
Su rostro cambió.
—Entonces ¿qué quieres?
—Saber por qué una empresa vinculada a Claire recibió dinero obtenido utilizando mi propiedad.
Nathan cerró los ojos.
—Yo no hice esa firma.
Me detuve.
—¿Qué?
—Sabía de la hipoteca.
La confesión cayó entre nosotros.
—Pero no sabía que la autorización era falsa.
—¿Y eso debería hacerme sentir mejor?
—Elena, la empresa necesitaba liquidez. Mi padre dijo que podía solucionarlo temporalmente.
—¿Tu padre?
Nathan asintió.
—Él organizó la operación.
Aquello no encajaba.
—Entonces ¿por qué Northbridge está vinculada a Claire?
Nathan me miró.
Y por primera vez vi algo distinto de arrogancia.
Miedo.
—Porque Claire no es simplemente mi secretaria.
Sentí una punzada fría.
—¿Es tu amante?
—No.
Se acercó, pero levanté una mano.
Se detuvo.
—Northbridge pertenece a Claire solo sobre el papel —dijo—. La creó por orden de mi padre.
—¿Para qué?
Antes de que pudiera responder, alguien llamó a la puerta.
Tres golpes.
Nathan palideció.
Abrí.
Claire estaba allí.
No llevaba su habitual traje impecable.
Tenía los ojos hinchados y una carpeta apretada contra el pecho.
Miró a Nathan.
Después a mí.
—Señora Morrison, necesito entregarle esto antes de que el señor Hale padre consiga destruir los originales.
Nathan avanzó.
—Claire, no.
Ella retrocedió.
—Ya he mentido suficiente por vuestra familia.
Me entregó la carpeta.
Dentro había contratos, transferencias y copias de correos.
En la primera página aparecía el nombre de mi villa.
En la segunda, el de Northbridge.
Pero fue la tercera la que me dejó inmóvil.
Era un documento fechado cuatro meses antes de mi boda.
Antes de que Nathan y yo fuéramos marido y mujer.
Mi propiedad ya aparecía identificada como garantía futura para una operación del grupo Hale.
Levanté lentamente la mirada.
—Nathan…
Él no dijo nada.
Claire sí.

—Su matrimonio nunca comenzó con aquella ceremonia, Elena.
Apretó los labios antes de añadir:
—Para la familia Hale, comenzó cuatro meses antes, cuando descubrieron que la villa de su padre estaba a su nombre.