PARTE 2: Mi padre había preparado mi independencia antes de morir

El nombre escrito en la carpeta era imposible.

Gabriel Serrano.

Mi padre.

Muerto hacía seis años.

—Esto tiene que ser un error —susurré.

El médico negó con la cabeza.

—No exactamente. Su padre dejó un fondo médico administrado por un despacho privado. Las instrucciones indican que debía activarse si usted tenía hijos y necesitaba atención hospitalaria sin depender económicamente de su esposo.

Otra contracción me obligó a agarrarme a la cama.

Ya no había tiempo para comprenderlo todo.

Durante las horas siguientes solo existieron médicos, luces blancas y una única preocupación:

mis bebés.

Los trillizos nacieron antes de lo previsto, pero recibieron inmediatamente la atención que necesitaban.

Cuando finalmente pude descansar, pregunté por Alejandro.

No había aparecido.

En cambio, llegó una mujer de unos cincuenta años con un maletín.

—Elena, soy Lucía Ferrer. Fui la abogada de su padre.

Dejó una carpeta junto a mí.

—Gabriel me pidió que esperara hasta este momento.

—¿Por qué?

—Porque temía que, mientras siguiera dependiendo de los Valdés, cualquier cosa que le entregara terminaría bajo su influencia.

Sentí un nudo en la garganta.

Lucía abrió los documentos.

Las acciones que yo había encontrado meses atrás no pertenecían a una empresa desaparecida.

La compañía había cambiado de nombre después de varias fusiones.

Y seguía funcionando.

—¿Cuánto valen?

—Eso requerirá una valoración actualizada —respondió—. Pero son suficientes para que usted no tenga que depender de Alejandro.

Cerré los ojos.

Eso era exactamente lo que necesitaba.

No venganza.

Una salida.

Entonces Lucía añadió:

—Sin embargo, hay algo que debe saber antes de utilizar esas acciones.

Sacó una fotografía antigua.

Mi padre aparecía junto a otro hombre.

Reconocí inmediatamente a Eduardo Valdés, el padre de Alejandro.

—¿Se conocían?

—Mucho más de lo que usted cree.

Antes de que pudiera preguntar, la puerta se abrió.

Alejandro.

Tenía el cabello desordenado y la camisa mal abotonada.

—Elena.

Se acercó.

—¿Los bebés?

—Están siendo atendidos.

Intentó tomarme la mano.

La retiré.

—No.

Se quedó paralizado.

—Cometí un error.

—No. Un error es olvidar una cita. Tú escuchaste que estaba de parto y decidiste seguir en otra cama.

—Claudia y yo…

—No me interesa.

Su rostro cambió.

Creo que por primera vez comprendió que no estaba negociando conmigo.

—Quiero ver a mis hijos.

—Habla con el personal y sigue las indicaciones médicas. Pero tú y yo hablaremos mediante abogados.

—¿Abogados?

—Voy a divorciarme.

Alejandro palideció.

Entonces vio a Lucía.

Después vio la carpeta.

Y su reacción fue extraña.

No parecía sorprendido por mi divorcio.

Parecía asustado por los documentos.

—¿Dónde conseguiste eso?

Lucía se levantó.

—Señor Valdés, esa pregunta debería hacérsela a su padre.

Alejandro dejó de respirar por un instante.

—¿Qué tiene que ver mi padre?

Lucía abrió la fotografía sobre la mesa.

—Gabriel Serrano y Eduardo Valdés fundaron juntos una empresa hace casi treinta años.

Miré a Alejandro.

Él negó lentamente.

—Eso es imposible.

—No —respondió Lucía—. Lo que ocurrió después es lo que debería preocuparles.

Sacó un acuerdo antiguo.

Mi padre figuraba como accionista fundador.

También Eduardo.

Pero años después, la participación de Gabriel había desaparecido de varios documentos corporativos.

No afirmamos todavía por qué.

Eso tendría que revisarse.

Sin embargo, antes de morir, mi padre había conservado suficientes documentos para demostrar que existía una disputa nunca resuelta.

Alejandro se sentó.

—¿Estás diciendo que Elena tiene derechos sobre una parte del grupo de mi familia?

—Estoy diciendo que deberá determinarse qué derechos conservó Gabriel Serrano y qué heredó Elena.

Entonces sonó el teléfono de Alejandro.

Era Claudia.

Lo rechazó.

Volvió a sonar.

Otra vez.

Finalmente contestó.

—¿Qué quieres?

No escuché la respuesta.

Pero vi cómo desaparecía el color de su rostro.

—¿Cómo sabes eso?

Silencio.

Alejandro se levantó.

—Claudia, ¿quién te dio acceso a esos archivos?

Lucía y yo nos miramos.

—¿Qué archivos? —pregunté.

Alejandro terminó la llamada.

Durante varios segundos no quiso responder.

Finalmente dejó su teléfono sobre la mesa.

—Claudia sabía que tu padre había dejado acciones.

Sentí un escalofrío.

—¿Desde cuándo?

—Antes de convertirse en mi asistente.

Lucía frunció el ceño.

—Entonces quizá Claudia nunca se acercó a usted por casualidad.

Alejandro negó.

—No tiene sentido.

—Sí lo tiene —dije.

Porque de repente recordé algo.

El collar.

Los viajes.

Las fotografías demasiado visibles.

Claudia nunca había intentado esconderse de mí.

Todo lo contrario.

Parecía empeñada en que yo descubriera la relación.

Lucía abrió la última sección de la carpeta de mi padre.

Dentro había una carta dirigida exclusivamente a mí.

La fecha era de siete años atrás.

El mismo año en que me casé.

La abrí.

Solo alcancé a leer las primeras líneas.

Elena:

Si algún día tu matrimonio con Alejandro termina, no asumas que comenzó por amor ni que fue una decisión exclusiva de ustedes dos.

Sentí que el aire desaparecía de la habitación.

Seguí leyendo.

Eduardo Valdés sabía exactamente qué heredabas antes de que su hijo te conociera.

Levanté lentamente la mirada hacia Alejandro.

Él parecía tan sorprendido como yo.

Y entonces comprendí que mi padre no había preparado únicamente mi independencia.

Había dejado pruebas para que algún día descubriera por qué la familia Valdés había querido que yo entrara en ella desde el principio.

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