PARTE 2: La casa de la abuela nunca estuvo disponible para que Chloe la vendiera

—¿Qué quieres decir con que la escritura no formaba parte del testamento? —pregunté.

Sylvia guardó silencio unos segundos.

—Porque Gwyneth cambió la titularidad hace seis años.

El dolor de mis costillas pareció desaparecer por un instante.

—¿A nombre de quién?

—Al tuyo, Abigail.

Me quedé inmóvil.

—Eso es imposible.

—Tu abuela conservó el derecho a vivir allí mientras estuviera con vida, pero la propiedad quedó transferida legalmente según los documentos que preparó entonces. Mañana te llevaré las copias.

Miré los papeles que Chloe había dejado sobre mi cama antes de que seguridad la expulsara.

De pronto entendí su desesperación.

No necesitaban mi firma para recibir una herencia.

Necesitaban mi firma porque la casa ya no era de la abuela.

Era mía.

—¿Chloe lo sabía?

—Eso es lo preocupante.

La voz de Sylvia cambió.

—Hace tres semanas alguien solicitó información sobre la escritura.

—¿Quién?

—Una empresa llamada Northshore Development Partners.

El mismo nombre aparecía como comprador en los documentos de Chloe.

Sentí un escalofrío.

—Entonces esto estaba preparado antes de que muriera la abuela.

—Eso parece. Pero no saques conclusiones todavía. Ya entregué la documentación pertinente a los investigadores.

A la mañana siguiente, un detective regresó al hospital.

Esta vez llevaba una carpeta.

—Capitán Reed, revisamos los documentos que su hermana intentó hacerle firmar.

Se sentó frente a mí.

—No eran una simple transferencia.

La propiedad de la abuela ocupaba casi cinco hectáreas cerca de la costa. Chloe me había hablado como si quisiera “mantenerla en la familia”.

Pero Northshore planeaba adquirir también dos parcelas vecinas para un proyecto inmobiliario.

Mi casa era la pieza central.

Sin ella, el proyecto quedaba dividido.

—¿Cuánto vale? —pregunté.

El detective negó suavemente.

—Eso tendrá que determinarlo una valoración adecuada. Lo importante ahora es que existen comunicaciones que debemos revisar.

Me mostró una copia impresa de un correo.

Chloe había escrito a un representante de Northshore cuatro días antes del funeral:

“Abigail estará aquí. Conseguiremos su autorización.”

Se me cerró la garganta.

No había regresado a casa porque mi familia quisiera despedir conmigo a la abuela.

Habían contado con mi presencia.

—¿Mi padre estaba involucrado?

—Estamos investigando qué sabía cada persona.

Aquella respuesta me bastó.

No necesitaba convertir mi dolor en una conclusión apresurada.

Necesitaba hechos.

Dos días después me dieron el alta con instrucciones estrictas.

No regresé sola a la casa.

Sylvia me acompañó, y la policía ya había documentado lo necesario.

La sala todavía conservaba señales del caos.

Entonces vi la fotografía que Chloe había pisado.

La recogí.

La abuela y yo aparecíamos juntas frente al mar cuando yo tenía dieciocho años.

Detrás había algo escrito.

“Para Abigail, que fue la única que entendió por qué esta tierra nunca debía venderse.”

—Sylvia.

Ella leyó la frase.

Su expresión cambió.

—Hay algo que debes ver.

Fuimos al despacho de Gwyneth.

Usé la pequeña llave de bronce que el hospital había guardado entre mis pertenencias.

No abría ningún cajón.

Abría un compartimento oculto dentro de un antiguo escritorio.

Allí había una carpeta azul.

No contenía otro testamento.

Contenía cartas.

Mapas antiguos.

Contratos.

Y una fotografía de mi abuela junto a un hombre que yo conocía perfectamente.

Mi padre.

Eran mucho más jóvenes.

Detrás aparecía una construcción junto al agua.

—¿Qué lugar es ese?

Sylvia tardó en responder.

—El primer proyecto de tu padre.

Seguí revisando.

Entonces encontré una carta escrita por Gwyneth seis años atrás.

Abigail:

Si estás leyendo esto, significa que David volvió a intentar conseguir la propiedad.

Sentí que el corazón golpeaba contra mis costillas heridas.

Continué.

Tu padre no quiere esta tierra por sentimentalismo. Y Chloe probablemente tampoco conoce toda la historia.

Levanté la mirada.

—¿Qué historia?

Sylvia señaló uno de los mapas.

En el extremo norte de la propiedad había una parcela marcada en rojo.

Debajo aparecía una fecha de hacía veintiséis años.

Y un nombre.

David Reed.

Pero junto a él figuraba otra firma.

Una que no pertenecía a nadie de mi familia.

Sylvia se quedó pálida al verla.

—Abigail, ahora entiendo por qué Gwyneth puso la casa a tu nombre.

—¿Quién es esa persona?

Sylvia cerró lentamente la puerta del despacho.

—El antiguo socio de tu padre.

—¿Y qué tiene que ver conmigo?

Me miró fijamente.

—Porque desapareció justo después de que tú entraras en la Academia Naval.

Y según esta carta, tu abuela estaba convencida de que la respuesta a lo que ocurrió está enterrada en la historia de esta propiedad.

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