PARTE 2: LA FORTUNA QUE NUNCA EXISTIÓ

Andrés no durmió aquella noche.

Esperó hasta que la casa quedó en silencio y se sentó junto a Marisol.

—Cuéntame todo.

Ella tardó varios minutos en conseguir hablar.

Cuando recibió el diagnóstico, Ofelia tenía en sus manos el dinero que Andrés enviaba.

Marisol le pidió ayuda para pagar consultas y tratamiento.

Ofelia se negó.

—Ese dinero es de mi hijo. No voy a desperdiciarlo en ti.

Después le quitaron el teléfono.

Brenda bloqueó el número de Andrés y comenzó a responder algunos mensajes desde otra cuenta para que él creyera que Marisol estaba bien.

Pero había algo todavía peor.

Marisol abrió una caja escondida debajo de la cama.

Dentro guardaba recibos, fotografías y copias de transferencias.

—No gastaron tu dinero en esta casa, Andrés.

Él levantó la mirada.

—¿Entonces?

—La casa se terminó con un préstamo.

Marisol señaló hacia arriba.

—Tu dinero pagó la camioneta de Brenda, sus viajes, sus tarjetas y las deudas de tu mamá.

Andrés sintió que la mandíbula se le endurecía.

Casi dos millones.

Cuatro años de frío.

Cuatro años trabajando doce horas diarias.

Mientras él imaginaba a su esposa protegida, ella había enfrentado sola una enfermedad grave dentro de la misma casa que su dinero supuestamente mantenía.

A la mañana siguiente, Andrés volvió a sonreír.

Desayunó con Ofelia y Brenda como si nada hubiera ocurrido.

—Para recibir los 4.8 millones necesito ordenar primero todos mis bienes.

Los ojos de Brenda brillaron.

—Claro, hermano.

—Necesito que la casa vuelva a mi nombre.

Brenda dudó.

—¿Toda?

—La empresa canadiense revisará el registro.

Ofelia intervino inmediatamente.

—Hazlo, Brenda. Después Andrés puede volver a ponerla como quiera.

También entregaron estados de cuenta.

Facturas.

Documentos de la camioneta.

Contratos.

Hasta comprobantes que jamás habrían mostrado si no hubieran creído que millones estaban esperando al otro lado.

Durante tres días, Andrés dejó que su propia codicia trabajara por él.

Cada documento revelaba otra mentira.

Finalmente llegó el viernes.

Ofelia preparó una comida especial.

Brenda incluso compró champaña.

—¿A qué hora depositan? —preguntó.

Andrés miró su teléfono.

—Ya llegó.

Brenda se levantó emocionada.

—¡Enséñame!

—No puedo.

—¿Por qué?

Andrés dejó el teléfono sobre la mesa.

—Porque los 4.8 millones nunca existieron.

El silencio fue absoluto.

Ofelia dejó lentamente el tenedor.

—¿Qué dijiste?

—Inventé la indemnización.

Brenda perdió la sonrisa.

Andrés sacó una carpeta.

—Necesitaba que me entregaran voluntariamente todos los documentos.

Otra carpeta cayó sobre la mesa.

Después otra.

—Aquí están mis transferencias.

Miró a Brenda.

—Aquí están las compras de tu camioneta y tus gastos.

Luego miró a su madre.

—Y aquí está el dinero que debía mantener a mi esposa mientras recibía tratamiento.

Ofelia palideció.

—Andrés, podemos explicarlo.

—Marisol me lo explicó.

En ese momento ella apareció en la puerta.

Ya no llevaba el pañuelo.

Por primera vez desde que Andrés había regresado, tampoco bajó la cabeza.

Brenda se levantó.

—¡Esa mujer te está manipulando!

Andrés se interpuso.

—No vuelvas a hablarle así.

Su voz no fue alta.

No necesitaba serlo.

—La casa ya está nuevamente a mi nombre. La camioneta será vendida y las cuentas serán revisadas con asesoría legal.

Ofelia empezó a llorar.

—¡Soy tu madre!

Andrés la observó durante varios segundos.

—Precisamente por eso tardé cuatro años en imaginar que podías hacerme algo así.

Después tomó la mano de Marisol.

—Nos vamos.

—¿Y nosotros? —preguntó Brenda.

Andrés miró alrededor.

La cocina nueva.

Los muebles caros.

Las paredes perfectas.

Todo aquello que había confundido con el resultado de su sacrificio.

—Durante cuatro años me dijeron que Marisol vivía gracias a mí.

Abrió la puerta.

—Ahora descubrirán cuánto cuesta vivir sin mi dinero.

Andrés no utilizó la mentira de los millones para vengarse.

La utilizó para recuperar los documentos y sacar a Marisol de aquella casa.

Los meses siguientes fueron difíciles.

Hubo abogados, cuentas por revisar y, sobre todo, tratamiento médico.

Andrés estuvo presente en cada cita que pudo.

Cuando finalmente abrió su pequeño taller, no hubo inauguración elegante.

Solo colocó un letrero sobre la entrada.

Marisol fue quien cortó el listón.

Su cabello empezaba a crecer otra vez.

Andrés la observó sonreír y comprendió que aquellos cuatro años no podían recuperarse.

Pero los siguientes sí podían protegerse.

Y los 4.8 millones que Ofelia y Brenda habían celebrado durante tres días jamás llegaron.

Porque la verdadera fortuna de Andrés nunca había estado en Canadá.

Había estado arrodillada frente a un lavadero cuando él cruzó aquel portón.

Y casi la perdió por confiar su hogar a las personas equivocadas.

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