PARTE 2: LA FIRMA QUE LOS HUNDIÓ

—¿Qué estás haciendo con eso?

La voz de mi madre sonó detrás de mí.

Me giré lentamente.

Victoria estaba en la puerta.

Julián apareció unos segundos después.

Sus ojos bajaron al documento que sostenía.

Y por primera vez desde que regresé, vi miedo en su rostro.

—Estoy intentando entender algo —dije—. ¿Por qué mi esposa firmó la transferencia de nuestra empresa mientras yo estaba fuera?

Victoria recuperó enseguida la sonrisa.

—Maya estaba confundida. Tuvo algunos problemas emocionales.

Julián se apoyó contra la pared.

—Te lo advertimos. Se volvió inestable.

Miré hacia el dormitorio.

Maya seguía allí.

Escuchándolo todo.

—¿Inestable?

—Muchísimo —respondió Victoria—. Tuvimos que intervenir por tu bien.

Dejé el documento sobre la mesa.

—Entonces explícame sus moretones.

Silencio.

Julián dejó de sonreír.

Victoria respondió primero.

—Se caía constantemente.

—Qué extraño.

Saqué mi teléfono.

—Porque Maya acaba de decirme que ustedes se los hicieron.

Julián avanzó.

—Daniel, acabas de regresar. No sabes lo que ocurrió aquí.

—Tienes razón.

Lo miré.

—Por eso no voy a discutir.

Victoria pareció relajarse.

Fue su segundo error.

El primero había sido creer que seis meses fuera me convertían en un extraño dentro de mi propia vida.

Yo había encontrado mucho más que aquellas transferencias.

Había fechas.

Correos.

Accesos bancarios realizados desde el teléfono de Julián.

Una autorización supuestamente firmada por mí cuando yo estaba a miles de kilómetros de distancia.

Y había algo que ninguno de ellos conocía.

Tres semanas antes de volver, el departamento financiero de mi unidad me había pedido confirmar una operación relacionada con mis inversiones.

No reconocí la firma.

Así que solicité discretamente una revisión.

Cuando llegué a casa, la investigación ya estaba en marcha.

Solo me faltaba comprender quién estaba detrás.

Ahora lo sabía.

—Mañana iremos al banco —dijo Victoria—. Arreglaremos cualquier malentendido.

Negué.

—Ya no pueden arreglarlo.

Julián frunció el ceño.

—¿Qué hiciste?

—Nada todavía.

Recogí el documento.

—Pero ustedes hicieron bastante.

Maya apareció en la puerta.

Seguía abrazándose a sí misma.

Victoria la vio y su expresión cambió.

—Vuelve a la habitación.

Maya se estremeció.

Yo me coloqué inmediatamente entre ambas.

—No vuelvas a darle una orden.

Mi madre me miró incrédula.

—Soy tu madre.

—Y ella es mi esposa.

—¡Ella iba a destruir todo lo que construiste!

—No.

Señalé a Julián.

—Él lleva mi reloj.

Después su chaqueta.

—Usa mi ropa.

Finalmente miré a Victoria.

—Y ustedes controlan una empresa construida con nuestro dinero.

Julián soltó una carcajada nerviosa.

—Legalmente está a mi nombre.

—Temporalmente.

Su sonrisa desapareció.

—¿Qué significa eso?

—Que una firma conseguida mediante amenazas puede ser impugnada. Y una firma falsificada en mi nombre plantea otro problema completamente distinto.

Victoria palideció.

Julián intentó quitar importancia al asunto.

—¿Quién va a creerle a Maya?

Miré directamente hacia él.

—Yo.

Una sola palabra.

Pero Maya comenzó a llorar.

Esta vez no aparté la mirada.

Me acerqué y tomé su mano con cuidado.

—Mañana iremos primero a que documenten sus lesiones y después hablaremos con Arthur Bennett.

Julián conocía ese nombre.

Era el abogado que había creado la estructura original de nuestra empresa.

—No puedes hacer esto —dijo.

—Ya lo hice.

Mi madre golpeó la mesa.

—¡Todo lo que hicimos fue proteger lo que pertenece a nuestra familia!

Maya dio un pequeño paso atrás.

Yo permanecí quieto.

—Maya es mi familia.

Victoria me miró como si acabara de traicionarla.

—¿Después de todo lo que hice por ti?

—Precisamente por todo lo que hiciste.

Saqué otro documento de mi bolso.

Lo había recibido esa misma tarde.

La estructura corporativa original.

Julián podía controlar la empresa operativa que había conseguido transferir.

Pero los contratos principales, las licencias y la propiedad intelectual estaban registrados bajo una sociedad matriz cuya transferencia requería mi autorización personal.

Una autorización que nunca había dado.

Julián había robado una empresa.

Pero había olvidado comprobar qué poseía realmente esa empresa.

Su rostro se descompuso mientras leía.

—No…

—Sí.

Le quité mi reloj de la muñeca y lo dejé sobre la mesa.

—Y mañana devuélveme todo lo demás.

Victoria intentó hablar.

No la dejé.

—Esta noche ustedes dos se marchan.

—Daniel, esta también es mi casa.

—No.

La miré.

—Es nuestra casa.

Tomé la mano de Maya.

—De Maya y mía.

Julián apretó los dientes.

—Te arrepentirás.

Lo observé durante unos segundos.

—Repítelo mañana delante de mi abogado.

No lo hizo.

Una hora después, sus maletas estaban afuera.

Durante las semanas siguientes comenzaron las verdaderas consecuencias.

Las transferencias fueron impugnadas.

Las firmas fueron examinadas.

Los movimientos financieros quedaron bajo revisión.

Y Maya finalmente contó todo.

No de una vez.

No fácilmente.

Pero esta vez alguien la escuchaba.

Yo había regresado con una medalla dentro de mi bolso creyendo que lo más difícil de aquellos seis meses había quedado atrás.

Me equivocaba.

Mi verdadera batalla estaba en casa.

Y no consistía en vengarme de mi madre ni de mi hermano.

Consistía en devolverle a Maya todo aquello que habían intentado quitarle:

su seguridad,

su voz,

su patrimonio,

y la certeza de que nunca más tendría que enfrentarlos sola.

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