PARTE 2: La empresa que compraba mi casa sin que yo lo supiera

Lo primero que hice fue llamar al banco.

—Quiero cancelar cualquier acceso autorizado a mis cuentas que no sea el mío.

La empleada me pidió verificar mi identidad.

Después hubo un silencio.

—Señora Elena, tenemos registrado a Mauricio como usuario autorizado para ciertas operaciones.

—Retírelo.

—Por supuesto.

—Y bloquee temporalmente cualquier transferencia nueva.

Otro silencio.

—Hay una programada para el lunes.

Sentí que se me helaba la espalda.

—¿Por cuánto?

—Cuatrocientos ochenta mil pesos.

Me apoyé en la encimera.

—¿Destinatario?

—MZ Soluciones Integrales.

La misma empresa de los comprobantes.

—Cancélela.

Después llamé a Teresa Salgado, una amiga de juventud que llevaba décadas trabajando como abogada.

Llegó cuarenta minutos después.

No me preguntó primero por Mauricio.

Miró mi mejilla y preguntó:

—¿Estás segura aquí?

—Sí.

Entonces puse la carpeta gris delante de ella.

Teresa tardó veinte minutos en revisarla.

Cuando terminó, ya no parecía mi amiga.

Parecía abogada.

—No firmes absolutamente nada que Mauricio te presente.

—No pensaba hacerlo.

—Hay algo más.

Señaló la valuación de mi casa.

—¿Por qué alguien pagaría una valuación si solo pretende ayudarte con tus cuentas?

No tenía respuesta.

Teresa buscó MZ Soluciones Integrales.

La empresa existía.

Había sido creada once meses antes.

Su actividad declarada incluía administración, intermediación inmobiliaria y adquisición de activos.

—Necesitamos saber quién está detrás.

Mientras ella hacía llamadas, revisé mi correo.

Encontré algo que había ignorado semanas atrás.

Un mensaje de una notaría confirmando una cita que supuestamente yo había solicitado.

Asunto:

Regularización patrimonial.

La cita era dos días después de que Mauricio regresara de Los Cabos.

Teresa leyó el mensaje.

—Ya sabemos para qué era el viaje.

—¿Para qué?

—Para mantenerte lejos mientras preparaban algo.

Me dolió admitirlo.

—¿Mi casa?

—Probablemente.

La casa no era una mansión.

Pero estaba en una zona que se había valorizado muchísimo.

Arturo y yo la habíamos comprado cuando alrededor todavía había terrenos vacíos.

Ahora valía varias veces lo que pagamos.

Teresa recibió una llamada.

Escuchó sin interrumpir.

Después anotó un nombre.

Cuando colgó, me mostró el papel.

Verónica Zúñiga.

—¿Mi nuera?

—Figura como socia minoritaria de MZ.

Sentí que el aire se volvía pesado.

—¿Y Mauricio?

—No aparece.

Aquello era inteligente.

Si algo salía mal, su nombre quedaba lejos.

Pero Teresa todavía no había terminado.

—La participación mayoritaria pertenece a otra persona.

Escribió:

Ricardo Zúñiga.

—El padre de Verónica.

Yo lo había visto apenas cuatro veces.

Siempre se presentaba como consultor inmobiliario.

De repente recordé una cena de meses atrás.

Ricardo había recorrido mi patio diciendo:

—Esta zona algún día valdrá oro.

Entonces creí que era conversación.

Ahora no.

A las seis de la tarde llamé a Mauricio.

Contestó desde el aeropuerto.

—¿Qué quieres?

—Pedirte perdón.

Teresa levantó las cejas.

Continué.

—Tenías razón. Me puse nerviosa.

Hubo una pausa.

Después su voz se suavizó.

—Mamá, sabes que solo intento cuidarte.

Casi sentí náuseas.

—Cuando regreses hablamos.

—Eso quería escuchar.

—Disfruta el viaje.

Colgué.

Teresa sonrió.

—Te creyó.

—Eso necesito.

Durante cuatro días no toqué su habitación.

No cambié cerraduras.

No envié mensajes.

Dejé que Mauricio creyera que seguía siendo la mujer que cocinaría para ellos cuando regresaran.

Mientras tanto, Teresa consiguió más documentos.

Y el quinto día encontró algo que ninguna de las dos esperaba.

—Elena, tu casa tiene una anotación preventiva.

—¿Qué significa?

—Alguien inició un trámite relacionado con una futura operación sobre el inmueble.

Sentí que se me dormían los dedos.

—Pero no he vendido nada.

—Lo sé.

Puso una copia frente a mí.

Había una firma atribuida a mí.

La observé durante varios segundos.

Se parecía muchísimo.

Pero no era mía.

—Las muestras del escritorio —susurré.

Teresa asintió.

—Eso parece.

Mauricio regresó el domingo por la noche.

Entró bronceado, cargando bolsas de tiendas caras.

Verónica venía detrás.

—¿Ves? —dijo él—. Ya estás más tranquila.

Yo había preparado café.

También había colocado la carpeta gris sobre la mesa.

Mauricio la vio.

Se detuvo.

—¿Entraste en nuestra habitación?

—Entré en una habitación de mi casa.

Verónica dejó las bolsas.

—Elena, no tienes derecho a revisar nuestras cosas.

Teresa salió entonces del estudio.

Mauricio palideció.

—¿Quién es ella?

—Mi abogada.

El silencio fue inmediato.

Puse delante de él los movimientos bancarios.

Después la empresa.

Después la cita notarial.

Finalmente, la firma.

—Quiero una explicación.

Mauricio miró a Verónica.

Ella miró hacia la puerta.

—Mamá, estás interpretando mal las cosas.

—Entonces será fácil explicarlas.

—Solo queríamos proteger tu patrimonio.

—¿Transfiriéndolo a una empresa de tu suegro?

Su rostro cambió.

No sabía que yo había llegado tan lejos.

Verónica intervino.

—La casa requiere mantenimiento. Tú ya tienes sesenta y ocho años.

—Y todavía sé perfectamente quién soy.

Mauricio golpeó la mesa.

—¡Todo esto algún día será mío de todas formas!

Aquella frase dejó la habitación en silencio.

Lo miré.

—Eso era lo que necesitaba escuchar.

Su expresión cambió.

Teresa señaló discretamente su teléfono sobre la mesa.

La conversación estaba siendo conservada para mi defensa legal.

Pero entonces sonó el timbre.

Era un hombre de traje acompañado por una mujer con una carpeta.

—¿Señora Elena Ramírez?

—Sí.

—Venimos en relación con la propiedad.

Teresa se acercó.

—¿Qué relación?

El hombre pareció confundido.

—La compraventa.

Mi corazón se detuvo.

—Esta casa no está en venta.

El hombre revisó sus papeles.

—Según nuestra documentación, la operación comenzó hace seis semanas.

Mauricio se quedó completamente blanco.

Teresa tomó la copia.

Leyó la primera página.

Después la segunda.

Y me miró.

—Elena…

—¿Qué?

Giró el documento.

El supuesto vendedor no era yo.

Era Mauricio.

Pero junto a su nombre aparecía una calidad jurídica que jamás le había concedido:

Representante legal de Elena Ramírez.

—Eso es falso —dije.

La mujer de la carpeta negó lentamente.

—Hay un poder notarial registrado.

Teresa frunció el ceño.

—Ella nunca firmó ningún poder.

La mujer abrió otra sección.

—Entonces tenemos un problema mucho mayor.

Sacó una copia de identificación.

La fotografía era mía.

El nombre era mío.

La firma imitaba la mía.

Pero la mujer que aparecía en la grabación de la notaría no era yo.

Mauricio se dejó caer en una silla.

Verónica susurró:

—Papá dijo que nadie revisaría las cámaras.

Todos la miramos.

Ella se tapó la boca.

Demasiado tarde.

Teresa cerró la carpeta.

—¿Quién se hizo pasar por Elena?

Verónica comenzó a llorar.

Mauricio gritó:

—¡No digas nada!

Pero yo ya había visto el fotograma.

Y reconocí a la mujer.

No era una desconocida.

Era alguien que había entrado en mi casa durante años, había comido en mi mesa y había estado presente incluso en el funeral de Arturo.

Levanté lentamente la mirada hacia mi hijo.

—Mauricio…

Mi voz apenas salió.

—¿Por qué tu tía Clara fingió ser yo?

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