Adrian me sostuvo la mirada.
—Porque sabía que si te pedía que volvieras, no lo harías.
—Correcto.
Levanté el requerimiento.
—Así que decidiste acusarme de estafarte setecientos dieciocho mil dólares.
—Setecientos dieciocho mil cuatrocientos treinta.
Evelyn cerró los ojos.
—Por eso Oxford no puede arreglarlo todo.
Casi me reí.
Pero seguía furiosa.
—Explícate.
Adrian deslizó una carpeta hacia mí.
Dentro había estados de cuenta.
Cargos de hoteles, boutiques, restaurantes y vuelos realizados con su tarjeta durante los últimos seis meses.
Algunos eran míos.
Otros definitivamente no.
—¿Qué es esto?
—El fraude —respondió Evelyn—. Alguien está ocultando transferencias dentro de gastos personales de socios y clientes importantes.
Adrian señaló varias líneas.
—Utilizaron tu nombre.
Sentí desaparecer mi sonrisa.
Había compras en París cuando yo estaba en Nueva York.
Una suite en Londres.
Joyas.
Transferencias disfrazadas como reembolsos.
—¿Cuánto?
—718.430 dólares —dijo Adrian.
Lo miré lentamente.
—¿La misma cantidad del requerimiento?
—Exactamente.
Entonces entendí.
—No me estabas reclamando mis gastos.
—No.
—Estabas obligando a quien estuviera vigilando las cuentas a creer que descubriste el dinero, pero pensabas culparme.
Adrian asintió.
Evelyn añadió:
—Desde que regresé, hemos dejado que todos crean que Adrian y yo estamos demasiado ocupados reviviendo nuestro supuesto romance para prestar atención a las auditorías.
Me crucé de brazos.
—Excelente estrategia.
Miré a Adrian.
—Excepto por la pequeña parte donde olvidaste avisarle a tu novia.
Su expresión cambió.
—No podía hacerlo.
—Siempre puedes hacerlo. Elegiste no hacerlo.
Silencio.
Eso sí le dolió.
Adrian podía destruir argumentos durante horas.
Pero no tenía defensa contra una frase verdadera.
Tomé la carpeta.
—¿Qué necesitan de mí?
Evelyn sonrió.
—Que sigas siendo la cazafortunas más convincente de la ciudad.
Veinte minutos después entendí el plan.
El responsable había utilizado mis gastos reales como cobertura porque todos dentro del bufete conocían mi reputación.
Nadie cuestionaría que Emma Lawson hubiera gastado cantidades ridículas.
El problema era que había cometido un error.
Yo guardaba absolutamente todos mis recibos.
Adrian siempre se burlaba.
—¿Quién guarda el recibo de un bolso de doce mil dólares?
Yo.
La respuesta era yo.
Durante dos horas comparamos fechas.
Hasta encontrar diecisiete cargos falsos.
Todos habían sido autorizados internamente por la misma persona.
Richard Mercer.
Socio fundador.
Mentor de Adrian.
El hombre que lo había contratado recién salido de la facultad.
Evelyn dejó el último documento sobre la mesa.
—Lo tenemos.
Adrian negó.
—Todavía puede decir que su asistente utilizó sus credenciales.
Entonces sonreí.
—Pues hagamos que vuelva a utilizarlas.
Esa tarde regresé al apartamento de Adrian.
No porque lo hubiera perdonado.
Sino porque Richard necesitaba creer que la “cazafortunas” había aceptado pagar para evitar un escándalo.
Adrian transfirió 718.430 dólares a una cuenta temporal supervisada por los auditores.
Y yo hice lo que mejor sabía hacer.
Fui de compras.
Publiqué una fotografía con tres bolsas y una frase:
“Las reconciliaciones caras son mis favoritas.”
Evelyn comentó:
“Algunas nunca aprenden.”
Perfecto.
A las 11:46 de aquella noche, alguien intentó mover el dinero.
La autorización salió de las credenciales de Richard Mercer.
Esta vez quedó registrada.
Dos días después, Richard entró al despacho creyendo que tendría una reunión ordinaria.
Encontró auditores.
Abogados externos.
Y documentación suficiente para iniciar acciones formales.
Cuando me vio sentada junto a Adrian, comprendió que algo había salido mal.
—¿Qué hace ella aquí?
Sonreí.
—Obteniendo patrimonio mediante engaño.
Evelyn tosió para ocultar una carcajada.
La investigación interna siguió su curso y Richard fue apartado mientras las autoridades y los abogados revisaban las operaciones.
Yo consideré terminado mi trabajo.
Tomé mis maletas.
Otra vez.
Adrian apareció frente al ascensor.
—¿Adónde vas?
—A casa.
—Esta es tu casa.
—Era.
Se quedó callado.
—Emma, Evelyn y yo nunca…
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué sigues marchándote?
Lo miré.
—Porque el problema nunca fue Evelyn.
Eso lo dejó inmóvil.
—El problema fue que durante tres semanas decidiste que proteger tu investigación era más importante que confiar en mí.
—Intentaba protegerte.
—Y después falsificaste una acusación para obligarme a volver.
Adrian bajó la mirada.
Por primera vez desde que lo conocía, el gran abogado Adrian Hale no tenía argumento.
Entré al ascensor.
Él puso una mano entre las puertas.
—¿Puedo arreglarlo?
Pensé unos segundos.
—Quizá.
Sus ojos recuperaron algo de esperanza.
—Pero empieza anulando oficialmente ese requerimiento absurdo.
—Hecho.
—Y quiero una declaración firmada diciendo que los 718.430 dólares jamás fueron una deuda mía.
—Hecho.
Sonreí.
—Además, la tarjeta negra sigue conmigo.
Adrian me miró.
—Emma…
—Daños emocionales.
Las puertas comenzaron a cerrarse.
Entonces escuché su respuesta:
—Al menos no compres cosas feas.
Solté una carcajada.
Pero no detuve el ascensor.
Porque perdonar podía esperar.

Volver también.
Por primera vez, Adrian tendría que aprender algo que ningún tribunal le había enseñado:
ganar una discusión era fácil.
Recuperar la confianza de una mujer que había decidido marcharse…
era el litigio más difícil de su vida.