Parte 2: La Decisión Que Rompió a un Hijo

El pitido agudo del monitor atravesó el caos como una cuchilla.

—¡La frecuencia está bajando! —gritó una enfermera.

Todo ocurrió al mismo tiempo.

Los guardias intentaban sacar a Arturo de la habitación.

Mercedes lloraba desconsolada.

Mi madre repetía mi nombre una y otra vez.

Y yo apenas podía respirar.

Sentía que el mundo entero se movía demasiado rápido mientras mi cuerpo se quedaba atrás.

La doctora Herrera se colocó frente a mí y tomó mi rostro entre sus manos.

—Valeria, mírame.

Obedecí.

—Necesito que te concentres. Tu bebé está entrando en sufrimiento fetal. Tenemos que actuar ahora.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Mi hijo…?

—Todavía estamos a tiempo. Pero debes ayudarme.

Una nueva contracción me dobló de dolor.

Grité.

Mateo seguía sujetando a su padre contra la pared.

Arturo forcejeaba como un animal atrapado.

—¡Todo esto es culpa de ella! —vociferó—. ¡Siempre ha manipulado a mi hijo!

Aquellas palabras hicieron algo dentro de Mateo.

Algo definitivo.

Lo vi girarse lentamente.

Por primera vez en su vida, dejó de parecer un hijo asustado.

Parecía un hombre.

—Cállate.

La habitación quedó en silencio.

Incluso Arturo dejó de moverse.

—¿Qué dijiste?

Mateo dio un paso hacia él.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

Pero no de miedo.

—Dije que te calles.

Arturo soltó una carcajada amarga.

—¿Ahora vas a defenderla delante de todos?

—No.

Mateo negó con la cabeza.

—Voy a defender a mi esposa.

Señaló mi cama.

—Y voy a defender a mi hijo.

Los guardias esperaron.

Nadie habló.

Entonces llegó la frase que cambió todo.

—Desde este momento ya no eres bienvenido en nuestras vidas.

Arturo se quedó inmóvil.

Como si no hubiera escuchado bien.

—¿Qué?

—No volverás a acercarte a mi familia.

—Soy tu padre.

—Y ella es mi familia.

El rostro de Arturo palideció.

Porque por primera vez entendió que estaba perdiendo algo que siempre creyó suyo.

El control.

—Mateo, piensa bien lo que haces.

—Lo estoy pensando por primera vez en años.

Mercedes comenzó a llorar más fuerte.

No eran lágrimas de tristeza.

Eran lágrimas de alivio.

Como si hubiera esperado escuchar esas palabras durante décadas.

Arturo la miró.

—¿Y tú también?

Mercedes levantó la vista.

Temblaba.

Pero habló.

—Sí.

La expresión de Arturo cambió.

Nunca imaginó quedarse solo.

Nunca imaginó que las personas que había dominado durante años terminarían levantándose al mismo tiempo.

—Después de cuarenta años… —susurró él.

—Después de cuarenta años —respondió Mercedes—, estoy cansada.

Los guardias finalmente lo tomaron de los brazos.

Arturo intentó resistirse.

Pero ya nadie lo defendió.

Nadie.

Ni su esposa.

Ni su hijo.

Ni siquiera él mismo parecía entender cómo había llegado hasta allí.

Cuando la puerta se cerró detrás de él, la habitación recuperó el aire.

Pero el monitor seguía sonando.

Y entonces la doctora volvió a mirarme.

Su expresión era seria.

Demasiado seria.

—Valeria, tenemos que ir a cirugía ahora mismo.

Sentí que todo mi cuerpo se enfriaba.

—¿Cesárea?

Ella asintió.

—No podemos esperar más.

Mateo corrió hacia mi lado.

Tomó mi mano.

La apretó con fuerza.

—Estoy aquí.

Yo quería responder.

Quería decirle que lo amaba.

Quería decirle que estaba orgullosa de él.

Pero otra alarma comenzó a sonar.

Más fuerte.

Más rápida.

Las enfermeras se movieron de inmediato.

La doctora observó la pantalla.

Y por primera vez desde que la conocía, vi miedo en sus ojos.

—¡Muévanla ya!

La cama comenzó a avanzar por el pasillo.

Las luces blancas pasaban sobre mi cabeza una tras otra.

Escuchaba voces.

Pasos.

Órdenes.

Todo se mezclaba.

Hasta que alcancé a oír algo que hizo que el terror me atravesara el alma.

—No encontramos el latido…

Y en ese instante comprendí que la verdadera batalla por la vida de mi hijo acababa de empezar.

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