David leyó el nombre de Richard Hamilton una segunda vez.
—¿El juez Hamilton? —preguntó al guardia.
—Ya le entregué la constancia, señor.
El guardia volvió a su escritorio. David llamó de inmediato a mi teléfono. Lo dejé sonar.
Lo que el papel no explicaba era lo ocurrido durante aquellos diez días. Cuando el abogado enviado por mi padre llegó al centro, yo llevaba tres noches sin dormir bien y seguía furiosa. Había imaginado que papá entraría y ordenaría que me soltaran. En cambio, el abogado se sentó frente a mí y me pidió que le contara todo, incluidos los golpes.
—La agredí —dije—. No voy a negarlo.
—Entonces trabajaremos con los hechos completos.
Mi padre no intervino como juez en mi caso. Su despacho había solicitado información sobre mi paradero después de que mi abogado no consiguiera localizarme, pero la decisión de liberarme bajo las condiciones correspondientes la tomó un juez ajeno a nuestra familia. Papá dejó claro que no participaría en ningún asunto judicial que me afectara.
Vino a verme esa tarde, cuando yo ya estaba en casa de mi hermana.
—Siento que hayas pasado por eso —dijo.
—Golpeé a Selena.
—Lo sé. Tendrás que responder por ello.
Me senté frente a él, esperando la decepción que había temido desde niña. Papá me tomó la mano.
—También tienes derecho a salir de ese matrimonio y a que nadie use el proceso para mantenerte encerrada más tiempo del necesario.
Lloré entonces. No lo había hecho en la cocina, ni frente a David, ni cuando me cerraron la celda.
Una semana después, David apareció en casa de mi hermana con las mismas flores blancas que había llevado al centro. Ella le dijo que esperara afuera y me preguntó si quería verlo. Acepté hablar con él desde el porche.
—Emma, no sabía quién era tu padre —dijo.
Miré las flores.
—Sabías quién era yo.
—Estabas fuera de control. Selena tenía sangre en el labio.
—Sí. La golpeé. No debí hacerlo.
David pareció relajarse al oírme. Dio un paso hacia mí.
—Podemos dejarlo atrás. Selena ya no vendrá a casa.
—Tampoco yo.
Su expresión cambió.
—No vas a pedir el divorcio por esto.
—Te encontré con otra mujer en nuestra habitación. Después pasé diez días esperando que me llamaras. Quiero el divorcio.
David bajó la voz.
—Tu padre te está llenando la cabeza de ideas.
—Mi padre me pidió que asumiera lo que hice. La decisión sobre nuestro matrimonio es mía.
Dejé que mi hermana cerrara la puerta.
El caso por la agresión siguió su curso. Declaré que había golpeado a Selena y acepté las consecuencias establecidas. Mi abogado revisó también por qué había permanecido detenida mientras se tramitaba el caso. No necesité fingir inocencia para pedir que se examinaran esas decisiones.
Selena me envió una carta meses después. No justificó lo que había hecho en mi casa y yo no justifiqué los golpes. Le respondí una sola vez, para disculparme por haberla agredido. No volvimos a vernos.
David intentó convencerme de regresar hasta que comprendió que el divorcio avanzaría. La última vez que hablamos fue para acordar cuándo recogería mis pertenencias. Fui acompañada de mi hermana. Mi pijama de seda estaba doblado sobre la cama; lo dejé allí. Recogí mis libros, algunas fotografías y la camisa azul que había comprado aquel día, todavía dentro de su bolsa. La devolví al salir.
Aquella noche cené en casa de papá. Había preparado demasiada comida, como hacía siempre que no sabía qué decirme. Me sirvió un plato y preguntó por mi hermana, por mi trabajo y por los libros que había recuperado.
Al despedirme, me llamó Emma Hamilton. Hacía años que no oía mi nombre completo en su voz.
—No tienes que usar mi apellido otra vez para que sepa que puedes contar conmigo —dijo.
—Lo sé, papá.
Salí con las llaves de mi nuevo apartamento en la mano. Por primera vez en semanas, sabía exactamente a qué puerta quería llegar.