PARTE 2: LA CENA PERFECTA

Julián sostuvo mi mirada unos segundos.

Después sonrió.

La misma sonrisa tranquila con la que llevaba años convenciéndome de que todo estaba bien.

—Voy a salir un rato. Me escribió un cliente.

Asentí con naturalidad.

—No llegues muy tarde.

—Lo intentaré.

Se acercó, me besó la frente y salió de la casa.

Esperé exactamente treinta segundos antes de levantarme.

Miré por la ventana.

Su automóvil dobló la esquina.

Entonces tomé mi teléfono.

El primer mensaje fue para Mariana.

¿Te parece si mañana cenamos en casa? Hace semanas que no pasamos tiempo juntas. Julián también estará. Me hace ilusión reunirnos como antes.

La respuesta llegó menos de un minuto después.

¡Claro! Me encantará verte.

Leí aquellas palabras dos veces.

“Me encantará verte.”

Qué facilidad tenía para escribirlas.

El segundo mensaje fue para mi suegra.

El sábado quiero preparar una cena especial por nuestro aniversario. Me gustaría que vinieran tú y Ricardo. Será una sorpresa para Julián.

Ella respondió enseguida.

Con mucho gusto, hija. Allí estaremos.

Durante los siguientes tres días actué como si nada hubiera ocurrido.

Preparé el desayuno.

Lavé la ropa.

Le pregunté a Julián cómo había estado su trabajo.

Incluso abracé a Mariana cuando nos encontramos casualmente en una cafetería.

Ella me devolvió el abrazo con la misma calidez de siempre.

Y yo me pregunté cuántas veces me habría abrazado después de salir de la cama de mi esposo.

Llegó el sábado.

La mesa quedó impecable.

Mantel blanco.

Copas de cristal.

Las velas que habíamos comprado para nuestro quinto aniversario.

A las siete en punto llegaron mis suegros.

Media hora después sonó el timbre otra vez.

Mariana apareció con una botella de vino y un ramo de flores.

—¡Qué hermosa quedó la casa! —dijo sonriendo.

—Gracias. Pasa.

Julián salió de la cocina con dos copas en la mano.

Al verla, se quedó inmóvil apenas un segundo.

Fue un instante tan breve que cualquiera lo habría pasado por alto.

Yo no.

—No sabía que venía Mariana —dijo intentando sonar natural.

—Quise reunir a las personas más importantes de mi vida.

Los cuatro nos sentamos a la mesa.

La conversación comenzó ligera.

Trabajo.

Viajes.

Recuerdos.

Mi suegro contó una anécdota de cuando Julián era niño.

Todos rieron.

Incluso yo.

Después del postre me levanté.

—Esperen un momento. Tengo un regalo.

Fui hasta el mueble del salón.

No traje una caja.

Traje una carpeta.

La dejé lentamente sobre la mesa.

Julián frunció el ceño.

—¿Qué es eso?

—Un pequeño álbum de recuerdos.

Abrí la carpeta.

No había fotografías antiguas.

Había impresiones de capturas de pantalla.

La primera mostraba un mensaje.

“Te extraño muchísimo… nos vemos esta tarde.”

La segunda.

“Ella no sospecha nada.”

El color desapareció del rostro de Julián.

Mariana dejó caer el tenedor.

Mi suegra miró las hojas sin comprender.

—¿Qué significa esto?

Nadie respondió.

Pasé la siguiente página.

Había más conversaciones.

Fechas.

Horas.

Mensajes suficientes para que ya no existiera ninguna explicación inocente.

Mariana comenzó a llorar.

—Yo…

Julián se puso de pie de golpe.

—Déjame explicarlo.

Lo miré con una calma que ni yo misma reconocía.

—¿Explicar qué?

Ninguno de los dos habló.

El silencio ocupó toda la casa.

Entonces tomé la última hoja de la carpeta.

No era una conversación.

Era un documento.

Lo deslicé hacia Julián.

—Como veo que hace tiempo dejaste de ser sincero conmigo… decidí adelantarme un poco.

Él leyó el encabezado.

Solicitud de divorcio por mutuo consentimiento.

Levantó la vista lentamente.

—¿Qué es esto?

—Los papeles ya están preparados.

Mariana rompió a llorar con más fuerza.

Pero yo ya no la estaba mirando.

Solo observaba al hombre con el que había compartido ocho años de mi vida.

Por primera vez desde que empezó aquella mentira, comprendí algo que me devolvió la paz.

Ellos habían creído que el secreto era suyo.

Sin darse cuenta de que, desde el día en que leí aquel mensaje, el verdadero control había pasado a mis manos.

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