La puerta se abrió poco después de las seis.
Arthur entró riéndose.
Beatrice llevaba gafas de sol sobre la cabeza y estaba aferrada a su brazo.
—¿Por qué está todo tan oscuro? —preguntó él.
Miró mi maleta.
—¿Vas a alguna parte?
No respondí.
Sus ojos recorrieron la sala.
—¿Dónde está Chloe?
Beatrice soltó lentamente su brazo.
Arthur volvió a mirarme.
—¿Está con tu madre?
—Chloe murió hace cinco días.
Su sonrisa desapareció.
—¿Qué?
—La enterramos el martes.
Arthur se quedó inmóvil.
—Eso no tiene gracia.
Saqué mi teléfono y puse sobre la mesa una fotografía del pequeño ataúd blanco.
Las piernas de Arthur parecieron fallarle.
—No…
—Te llamé cien veces.
—Mi teléfono…
—Funcionaba perfectamente en Santa Lucía.
Beatrice palideció.
Arthur giró hacia ella.
—Déjanos solos.
—Arthur…
—¡Fuera!
Cuando la puerta se cerró, él intentó acercarse.
Retrocedí.
—No me toques.
—Yo no sabía que estaba enferma.
—Porque elegiste no saberlo.
Sus ojos finalmente encontraron la maleta.
—¿Me estás dejando?
—No exactamente.
Le entregué un sobre.
Dentro estaban los documentos del divorcio.
Debajo, la notificación de una reunión extraordinaria del consejo de Sterling Holdings.
Arthur leyó la primera página.
Luego la segunda.
—¿Qué demonios es esto?
—Mañana el consejo votará tu destitución como director ejecutivo.
Soltó una risa nerviosa.
—No puedes hacer eso.
—Tengo el sesenta y dos por ciento de los derechos de voto.
Su rostro perdió el color.
—Sterling es mi empresa.
—Nunca lo fue.
Le mostré las transferencias.
—También encontramos las empresas fantasma.
Arthur dejó de respirar.
—¿Quién te dio esto?
—La pregunta correcta es quién más lo tiene.
Su teléfono comenzó a sonar.
Uno de los directores.
Luego otro.
No contestó.
—Entonces será mejor que disfrutes de esta casa mientras puedas —dije.
—¿Qué significa eso?
Tomé mi maleta.
—También pertenece al fideicomiso.
Caminé hacia la puerta.
Arthur me siguió.
—¡No puedes quitarme todo!
Me detuve.
—Tú me quitaste lo único que jamás podré recuperar.
Entonces alguien llamó.
Abrí.
Era Julian, el joven contable.
Pero no estaba solo.
Detrás de él había dos investigadores.
Julian sostenía una carpeta gruesa.
—Señora Sterling, encontramos la decimotercera transferencia.
Arthur se quedó blanco.
—¿Qué transferencia?
Julian me entregó la carpeta.
Miré el beneficiario.
Y todo el dolor que creía conocer cambió de forma.
El dinero había salido de Sterling Holdings tres días antes de que Chloe enfermara.
El destinatario no era Beatrice.
Era la clínica privada que había tratado a mi hija meses atrás.
Levanté lentamente la mirada hacia Arthur.
Julian tragó saliva.
—Hay algo más.

Abrió el expediente.
—Alguien pagó para modificar el historial médico de Chloe antes de que ingresara en urgencias.