La mujer que entró llevaba un vestido rojo.
Durante un instante, Adrien olvidó respirar.
No porque fuera hermosa, aunque lo era.
Sino porque la conocía.
Ella también lo reconoció.
Se detuvo junto a la puerta, empapada por la lluvia, con una caja de pastelería todavía entre las manos.
—Adrien.
Las trillizas giraron hacia ella.
—¡Mami!
Las tres corrieron.
Adrien permaneció inmóvil.
Cinco años antes, aquella mujer se llamaba Elena Rossi.
Había trabajado como contable para una empresa vinculada a los Moretti.
Y una noche desapareció.
Dos semanas después, uno de los hombres de Adrien fue encontrado muerto.
Durante años, él creyó que Elena había huido porque sabía demasiado.
—¿Tú eres su madre? —preguntó.
Elena abrazó a sus hijas.
Su rostro había perdido todo color.
—No sabía que Dante había organizado la cita contigo.
—Mamá —intervino Lily—, ya lo entrevistamos.
Sophie levantó orgullosamente el cuaderno.
—Sacó ochenta y siete puntos.
Adrien apenas las escuchó.
Estaba haciendo cálculos.
Cinco años.
Las niñas tenían cinco.
Y entonces vio algo que antes había ignorado.
Emma tenía una pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda.
Exactamente donde su hermano Matteo había tenido una.
Matteo Moretti.
Muerto hacía cinco años.
Adrien se levantó lentamente.
—Elena.
Ella entendió inmediatamente qué estaba pensando.
—No.
—¿Quién es el padre?
—Aquí no.
—¿Quién?
Las trillizas dejaron de sonreír.
Adrien bajó la voz.
—Dijeron que las abandonó antes de nacer.
Elena apretó la caja contra su pecho.
—Eso es lo que necesitaban creer.
Aquella respuesta fue peor.
Adrien sintió que algo frío le recorría la espalda.
—Matteo murió antes de que ellas nacieran.
Elena cerró los ojos.
—Lo sé.
Entonces Lily tiró suavemente de su vestido.
—Mami, ¿el señor Adrien conocía a papá?
Elena no respondió.
Adrien tampoco pudo hacerlo.
Su teléfono vibró.
Dante.
Un mensaje.
“Sal de Ferrante’s. Ahora.”
Después llegó una fotografía.
Era del restaurante.
Tomada desde el otro lado de la calle.
Adrien amplió la imagen.
Elena aparecía entrando.
Debajo había una sola frase:
“Matteo Moretti está vivo.”
Adrien levantó bruscamente la cabeza.
Elena estaba llorando.
—¿Dónde está mi hermano?
Ella retrocedió.
—Adrien, escucha…
Las luces del restaurante se apagaron.
Un segundo después, tres vehículos negros frenaron frente a la entrada.
Elena agarró a sus hijas.
—Demasiado tarde.

—¿Quiénes son?
Ella lo miró aterrorizada.
—Los hombres que llevan cinco años buscando a las hijas de Matteo.