A la mañana siguiente no llamé a Mateo.
No compré regalos.
No intenté impresionarlo.
Recordé las palabras de Elena.
Ve despacio. Por él.
Pero había otra pregunta que no me dejaba dormir.
¿Qué le había hecho yo diez años atrás?
En mi memoria, Elena simplemente había desaparecido.
Éramos universitarios. Yo tenía veintitrés años y acababa de recibir una oferta para trabajar en Monterrey.
Habíamos discutido porque ella creía que yo estaba eligiendo mi carrera sobre nuestra relación.
Dos días después, su teléfono estaba desconectado.
Su apartamento, vacío.
Nunca volvió a responderme.
Eso era lo que yo recordaba.
Cuando encontré a Elena limpiando una de las aulas esa tarde, cerré la puerta detrás de mí.
—Dijiste que tenemos una historia pendiente.
Ella dejó el paño sobre el escritorio.
—La tenemos.
—Yo creí que me abandonaste.
Elena me observó durante varios segundos.
—¿Eso te dijo tu madre?
Sentí un escalofrío.
—¿Qué tiene que ver mi madre?
Elena soltó una risa amarga.
—Más de lo que imaginas.
Entonces sacó su teléfono.
Buscó una fotografía antigua.
Era una carta.
Reconocí inmediatamente la dirección.
La casa de mis padres.
—La envié tres semanas después de que te marcharas —dijo—. Ya sabía que estaba embarazada.
Amplié la imagen.
Mi nombre estaba escrito en el sobre.
Pero también había un sello:
DEVUELTO AL REMITENTE.
—Nunca recibí esto.
—Lo sé ahora.
Elena abrió otra fotografía.
Una transferencia bancaria de hacía casi diez años.
Cincuenta mil pesos.
Remitente: Beatriz Salgado.
Mi madre.
Sentí que el estómago se me hundía.
—¿Por qué te envió dinero?
—Para que desapareciera.
La miré.
—No.
—Fue a verme personalmente, Adrián.
Elena cruzó los brazos.
—Me dijo que tú ya sabías del embarazo. Que no querías un hijo. Que estabas comenzando una nueva vida y que yo podía aceptar el dinero o criar al bebé sola.
—Eso es mentira.
—Ahora lo sé.
Me quedé sin palabras.
Durante diez años había culpado a Elena por desaparecer.
Y ella había pasado esos mismos diez años creyendo que yo había rechazado a nuestro hijo antes de que naciera.
—¿Aceptaste el dinero?
—No.
Me mostró la devolución realizada al día siguiente.
Completa.
—Me fui porque no iba a suplicarle a un hombre que, según creía, ya había decidido que Mateo era un problema.
Me senté.
De repente entendí por qué Elena no parecía sorprendida al verme.
Había tenido una década para aprender a vivir sin mí.
Yo apenas llevaba veinticuatro horas aprendiendo que tenía un hijo.
—Quiero arreglarlo.
—No puedes arreglar diez años.
Su voz no fue cruel.
Solo firme.
—Pero puedes decidir qué haces con el año once.
Aquello me silenció.
Entonces alguien llamó suavemente.
Mateo apareció en la puerta con un cuaderno contra el pecho.
—Mamá, la maestra dijo que el señor Salgado quería revisar lo que pasó ayer.
Elena y yo nos miramos.
Todavía no podía decirle la verdad.
Así que me agaché ligeramente.
—Quiero asegurarme de que nadie vuelva a molestarte por el trabajo de tu madre.
Mateo me estudió con aquellos ojos oscuros demasiado parecidos a los míos.
—¿Va a expulsarlos?
—Primero voy a averiguar exactamente qué ocurrió y si ya había pasado antes.
Mateo bajó la mirada.
—Sí había pasado.
Elena se tensó.
—¿Por qué no me dijiste?
—Porque dijeron que si hablaba, perderíamos la beca.
Sentí que la rabia me subía al pecho.
—¿Quién dijo eso?
Mateo dudó.
—La señora de administración.
Aquella tarde pedí los registros de quejas.
No existía ninguna denuncia a nombre de Mateo.
Pero encontré algo peor.
Durante los últimos dos años, seis hijos de empleados habían abandonado el Instituto Renacimiento después de incidentes similares.
Todos figuraban oficialmente como retiros voluntarios.
Y las seis becas liberadas habían terminado asignadas a familias recomendadas por el antiguo consejo directivo.
El problema era mucho más grande que tres adolescentes crueles.
Llamé a Elena.
—Necesito mostrarte algo.
Llegó veinte minutos después.
Cuando vio los nombres, perdió el color.
—Conozco a una de estas mujeres.
Señaló el tercer expediente.
—Trabajábamos juntas antes de que yo entrara aquí.
—¿Qué ocurrió con su hija?
Elena me miró.
—La acosaron hasta que dejó la escuela.
Pasé a la página siguiente.
Había una firma autorizando la cancelación de aquella beca.
Beatriz Salgado.
Mi madre.
Me quedé inmóvil.
—Eso no puede ser.
Elena tomó el documento.
—Adrián…
Pero yo ya estaba leyendo la fecha.
Era de dos meses antes de que comprara el colegio.
Entonces vi una anotación manuscrita en el margen:
“Confirmar que Morales no descubra el vínculo antes de cerrar la venta.”
Elena dejó de respirar.

Yo levanté lentamente la mirada.
Mi madre no solo sabía que Mateo existía.
Sabía que estudiaba allí antes de que yo comprara la escuela.
Y, de alguna manera, había participado en asegurar que yo adquiriera precisamente el lugar donde mi hijo llevaba meses esperándome sin saberlo.