PARTE 2: La cámara grabó algo peor que el robo

A las 2:49 de la tarde, Karina volvió a aparecer en la grabación.

Renata estaba sentada en la alfombra coloreando.

Mi cuñada se agachó detrás del sofá, abrió la mochila pequeña de mi hija y metió la pulsera en uno de los bolsillos.

Sentí que me faltaba el aire.

No había sido una sospecha equivocada.

Habían preparado una acusación contra una niña de tres años.

Seguí viendo.

A las 3:02, Karina llamó a Beatriz.

—Mamá, ven rápido. Creo que encontré algo.

Beatriz apareció.

Karina sacó la pulsera de la mochila.

—Mira dónde estaba.

Mi suegra miró a Renata.

—¿Tú tomaste esto?

Mi hija negó inmediatamente.

—No.

—No mientas.

—Yo no fui.

Entonces ocurrió algo que me heló todavía más.

Karina se inclinó hacia Beatriz y susurró:

—Haz algo serio esta vez. Si no, Valeria nunca entenderá quién manda aquí.

Pausé el video.

Guardé una copia.

Después otra.

Y la envié a un correo al que Mauricio no tenía acceso.

Pero todavía quedaban horas de grabación.

Continué.

A las 3:17, Mauricio apareció en pantalla.

Me quedé inmóvil.

Se suponía que estaba en Ciudad de México.

Entró por la puerta principal con una carpeta bajo el brazo.

Beatriz lo recibió.

—¿Ya lo hiciste?

—Sí.

—¿Valeria sospecha?

—No.

Sentí que el estómago se me cerraba.

Mauricio se sentó.

Karina puso la pulsera sobre la mesa.

—Esto servirá.

Mauricio frunció el ceño.

—Te dije que no metieras a Renata.

—Necesitábamos que Valeria reaccionara.

—¿Y si se va?

Karina sonrió.

—Ese es el punto.

Tuve que detener la grabación.

Mi esposo sabía que estaban preparando algo.

Quizá no sabía lo que terminarían haciéndole a nuestra hija.

Pero sabía suficiente.

Seguí escuchando.

Beatriz abrió la carpeta de Mauricio.

—Cuando Valeria salga de la casa, podemos decir que abandonó voluntariamente el domicilio familiar.

—Eso no basta —respondió él.

—Para lo que necesitamos, sí.

¿Necesitaban?

¿Para qué?

Mauricio sacó varios documentos.

Reconocí inmediatamente uno.

Era la escritura del departamento que habíamos reservado seis meses antes.

Yo había pagado casi todo el enganche.

Mauricio me había dicho que la compra se había detenido por problemas con el crédito.

Era mentira.

El departamento ya había sido comprado.

Pero no aparecía mi nombre.

Aparecía el de Beatriz.

Sentí que la habitación del hotel comenzaba a dar vueltas.

Revisé mis cuentas.

Durante casi dos años había transferido dinero mensualmente a Mauricio para nuestros “ahorros familiares”.

Más de un millón de pesos.

A la mañana siguiente contacté a una abogada.

Le mostré los videos.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Primero protegemos a Renata. Después revisamos el dinero.

Documentamos todo.

Las fotografías.

Los mensajes de Mauricio.

La grabación.

Las transferencias.

Y busqué atención médica para que quedara constancia de lo ocurrido.

Mauricio encontró otra forma de llamarme aquella tarde.

—Valeria, deja de comportarte como una loca y dime dónde está mi hija.

—Está segura.

—Es mi hija también.

—Entonces deberías haber pensado en ella antes de ayudar a tu familia.

Silencio.

—¿Qué estás diciendo?

—Vi la cámara.

No volvió a hablar durante varios segundos.

Después su voz cambió.

—¿Qué cámara?

Ahí supe que estaba asustado.

—La que olvidaron.

Colgué.

Esa noche intentaron desconectarla.

Demasiado tarde.

Yo ya tenía todo.

Pero había algo que todavía no entendía.

¿Por qué necesitaban sacarme de aquella casa precisamente ahora?

La respuesta apareció cuando mi abogada revisó los documentos del departamento.

—Valeria, el dinero no terminó solo en esa propiedad.

Giró su portátil hacia mí.

Había otra transferencia.

Después otra.

Y otra.

Todas salían de una cuenta administrada por Mauricio.

—¿Cuánto?

—Casi tres millones de pesos.

—Yo jamás tuve esa cantidad.

—Exactamente.

La miré.

—Entonces ¿de dónde salió?

Señaló el origen.

Mendoza Medical Distribution.

Era la empresa donde yo trabajaba.

Sentí un escalofrío.

—Eso es imposible.

Mi abogada abrió un documento societario.

—¿Conoces esta firma?

La reconocí inmediatamente.

Era la mía.

Pero yo jamás había firmado aquel papel.

Según el documento, meses atrás yo había autorizado a Mauricio a representar ciertos intereses comerciales relacionados conmigo.

—Falsificó mi firma.

—Eso parece.

Entonces vimos la fecha.

El documento había sido preparado tres días antes de mi viaje a Monterrey.

Todo había sido planeado antes de que desapareciera la pulsera.

La joya solo había sido la excusa.

Pero todavía faltaba una pieza.

La encontramos en la última página.

Había dos firmas como testigos.

Mauricio.

Y alguien llamado Arturo Mendoza.

Me quedé mirando ese nombre.

Mi abogada preguntó:

—¿Lo conoces?

No pude responder inmediatamente.

Arturo Mendoza era mi padre.

El hombre que, según mi madre, había muerto cuando yo tenía seis años.

Mi teléfono sonó.

Número desconocido.

Contesté.

Una voz masculina habló.

—Valeria, no regreses con Mauricio.

Sentí que se me helaba la sangre.

—¿Quién es?

Hubo un largo silencio.

—Soy Arturo.

Me puse de pie.

—Eso no es posible.

—Sé lo que te dijeron.

—Mi padre está muerto.

—No.

Su voz tembló.

—Y si Mauricio descubre que ya hablamos, Renata y tú deben mantenerse lejos de esa casa.

Miré a mi hija dormida.

—¿Qué quiere de mí?

Arturo respondió con una frase que convirtió todo lo ocurrido en algo todavía más extraño.

—Nada.

Respiró profundamente.

—Ellos son quienes quieren algo de ti.

—¿Qué?

—La empresa donde trabajas nunca perteneció realmente a tus jefes, Valeria.

Se hizo un silencio.

—Una parte importante siempre fue tuya.

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