—¿Lo dices en serio?
—En serio.
Al otro lado del teléfono, Qu Yi guardó silencio durante dos segundos.
Después gritó.
—¡Lin Mo! ¡Por fin!
Tuve que apartar el teléfono de la oreja.
—Baja la voz.
—¿Cómo quieres que baje la voz? ¡Tres años! ¡Tres años desaparecida! ¿Sabes cuántas marcas han preguntado por ti?
Sonreí.
—Ahora tendrán respuesta.
—¿París?
—París.
—¿Cuándo vuelas?
Miré el billete electrónico.
—Pasado mañana.
—Perfecto. Yo llego antes. Te preparo todo.
Dudó un instante.
—¿Y Fu Jingze?
Mi sonrisa desapareció.
—No importa.
Qu Yi entendió inmediatamente.
No volvió a preguntar.
—Entonces nos vemos en París, L.M.
Colgué.
Por primera vez en tres años, escuchar aquellas iniciales no me produjo nostalgia.
Me produjo hambre.
Hambre de volver.
De trabajar.
De crear.
De recordar quién era antes de convertirme en la esposa paciente de un hombre que siempre tenía una prioridad distinta.
Esa tarde recibí el acuerdo de divorcio.
Lo revisé dos veces.
No pedí la casa.
No pedí acciones de la familia Fu.
No pedí ninguna compensación especial.
Solo quería recuperar mis bienes personales y cerrar las cuentas conjuntas de forma limpia.
La abogada Zhao me llamó.
—¿Estás segura de que no quieres reclamar más?
—Sí.
—Tienes derecho.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué?
Miré alrededor.
Aquel apartamento enorme.
Los muebles elegidos por la madre de Fu Jingze.
Los cuadros que él compraba porque “quedaban bien”.
Los espacios donde nunca había habido nada realmente mío.
—Porque no quiero que el final de este matrimonio se convierta en otra negociación sobre cuánto valgo.
La abogada Zhao suspiró.
—Bien.
—Envíalo cuando yo esté en el avión.
—Entendido.
Fu Jingze regresó pasada la medianoche.
Yo todavía estaba despierta.
Entró en el dormitorio aflojándose la corbata.
—¿Por qué no duermes?
—No tenía sueño.
Se sentó en el borde de la cama.
—Mañana cenaré fuera.
—De acuerdo.
—No hace falta que me esperes.
—De acuerdo.
Frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué te pasa?
Lo miré.
Era curioso.
Durante tres años me había dicho que hablaba demasiado, que preguntaba demasiado, que era demasiado sensible.
Y ahora que respondía exactamente como él quería, parecía incómodo.
—Nada.
—Estás rara.
—Estoy cansada.
No insistió.
Cogió el teléfono.
Un segundo después, una notificación iluminó la pantalla.
Vi el nombre.
A Le.
Fu Jingze giró instintivamente el teléfono.
Yo sonreí.
—Contesta.
Me miró.
—No hace falta.
—Quizá sea importante.
Su expresión cambió apenas.
—Lin Mo, no empieces.
—No he empezado nada.
Y era verdad.
Yo ya había terminado.
La mañana de mi partida me levanté a las cuatro y media.
Fu Jingze dormía.
No dejé una carta.
No dejé un mensaje largo.
Solo puse mi copia firmada del acuerdo de divorcio dentro del cajón donde él guardaba sus relojes.
Después tomé la maleta.
Antes de salir me giré.
Lo observé durante unos segundos.
Aquel hombre había sido mi primer amor serio.
Mi esposo.
La persona por la que había renunciado a París, a exposiciones, a contratos y a una carrera que me había costado años construir.
Pero mientras lo miraba dormir, ya no sentí rabia.
Solo una calma profunda.
Cerré la puerta.
A las seis y veinte estaba en el aeropuerto.
A las siete, mi avión despegó.
Dos horas después, Fu Jingze y Shen Le volaron hacia Islandia.
Él todavía no sabía que yo ya no estaba en casa.
Lo descubrió aquella noche.
Después de aterrizar en Reikiavik, me envió un mensaje.
“Llegué.”
No recibió respuesta.
Después:
“Hace frío.”
Nada.
Más tarde:
“¿Dónde pusiste el adaptador universal que compraste?”
Silencio.
Finalmente llamó.
Mi teléfono estaba apagado.
Fu Jingze se irritó.
—Otra vez está haciendo un drama —murmuró.
Shen Le, sentada frente a él, sonrió.
—¿Se enfadó?
—Probablemente.
—Te dije que se molestaría.
—Se le pasará.
Shen Le lo miró.
—¿Siempre se le pasa?
Fu Jingze respondió sin pensar:
—Sí.
Aquella era precisamente la razón por la que nunca había cambiado.
Porque yo siempre me quedaba.
En París, cuando atravesé las puertas del aeropuerto, Qu Yi estaba esperándome con un enorme ramo de flores.
—¡L.M.!
Varias personas se giraron.
—¿Quieres anunciarlo a toda Francia?
—Después de tres años, sí.
Me abrazó.
—Estás más delgada.
—Y tú sigues igual de escandaloso.
—Perfecto. Ya vuelves a insultarme. Eso significa que estás recuperándote.
Nos reímos.
Me llevó directamente al estudio que había conservado para mí.
Cuando abrió la puerta, me quedé inmóvil.
Todo seguía allí.
La gran mesa central.
Las herramientas.
Los cajones con piedras de muestra.
Mis antiguos bocetos enmarcados.
Incluso la cafetera que siempre se atascaba.
Pasé los dedos sobre la mesa.
—No cambiaste nada.
—Nunca creí que te hubieras retirado.
Lo miré.
—Yo sí.
Qu Yi negó con la cabeza.
—No. Solo estabas perdida.
Aquella frase me acompañó toda la noche.
En Islandia, Fu Jingze descubrió el divorcio al segundo día.
La abogada Zhao había enviado oficialmente los documentos.
Su asistente lo llamó.
—Señor Fu, ha llegado documentación del despacho de la señora Lin.
—¿Qué documentación?
—Un acuerdo de divorcio.
Silencio.
—¿Qué dijiste?
—Divorcio.
Fu Jingze se quedó completamente quieto.
Shen Le estaba junto a la ventana de la cabaña.
—¿Qué pasa?
Él no respondió.
—Jingze.
—Lin Mo quiere divorciarse.
La expresión de Shen Le cambió.
—¿Por el viaje?
Fu Jingze apretó los dientes.
—Está intentando asustarme.
—¿Estás seguro?
—La conozco.
Shen Le guardó silencio.
—¿La conoces?
Él levantó la mirada.
—¿Qué quieres decir?
—Nada.
Pero sí significaba algo.
Fu Jingze intentó llamarme durante horas.
Nada.
Después llamó a la abogada Zhao.
—Pásame con Lin Mo.
—No puedo.
—Soy su esposo.
—Precisamente estamos gestionando el procedimiento para que deje de serlo.
—Esto es ridículo.
—Señor Fu, la señora Lin ya firmó.
—Estaba enfadada.
—No parecía enfadada.
Aquello lo hizo callar.
—¿Dónde está?
—No estoy autorizada a decirlo.
—¿Sigue en la capital?
—No puedo responder.
Por primera vez, Fu Jingze empezó a inquietarse de verdad.
La primera noche en que apareció la aurora boreal, Shen Le salió corriendo al exterior.
—¡Jingze! ¡Mira!
El cielo estaba cubierto de luces verdes.
Ella sonreía.
Era exactamente el momento que había imaginado durante años.
El viaje pendiente.
La promesa de juventud.
La aurora.
Fu Jingze salió.
Pero no miró el cielo.
Miró su teléfono.
Seguía sin haber respuesta mía.
Shen Le dejó de sonreír.
—¿No vas a verla?
—Sí.
—No parece.
Él levantó finalmente la cabeza.
—Es bonita.
Nada más.
Shen Le lo observó.
—Pensé que significaría más.
—¿Qué cosa?
—Estar aquí conmigo.
Fu Jingze frunció el ceño.
—A Le…
—No.
Ella sonrió con amargura.
—Yo quería comprobar algo.
—¿Qué?
—Si todavía me elegirías.
Silencio.
—Y lo hiciste.
—Entonces ¿cuál es el problema?
Shen Le miró el teléfono que él seguía sosteniendo.
—Que desde que llegamos aquí no has dejado de buscar a tu esposa.
Fu Jingze no respondió.
—Quizá yo quería recuperar al chico que me prometió este viaje.
Sus ojos se humedecieron.
—Pero ese chico ya no existe.
Se dio la vuelta.
Y la aurora siguió bailando sobre ellos.
Sin arreglar absolutamente nada.
En París, yo trabajaba hasta la madrugada.
Al principio mis manos estaban torpes.
Tres años sin diseñar a tiempo completo se notaban.
Rompí veinte bocetos.
Después treinta.
Qu Yi me encontró una noche sentada en el suelo rodeada de papeles.
—¿Crisis artística?
—Estoy oxidada.
Cogió uno de los dibujos.
—Esto se vendió por millones hace cuatro años.
—Hace cuatro años era mejor.
—Hace cuatro años eras más arrogante.
Le lancé un lápiz.
Se rio.
—Ahí está. Sigue dentro.
Volví a mirar el papel.
Entonces dibujé.
Una línea.
Otra.
Una curva fina.
Una pieza inspirada en algo que había visto desde el avión.
Una mujer alejándose de una ciudad mientras amanecía.
La llamé:
Solo ida.
Fue la primera pieza de mi regreso.
Dos semanas después, la Asociación de Alta Joyería anunció públicamente que L.M. volvería a exponer.
La noticia se extendió por el sector en cuestión de horas.
Los medios preguntaban:
“¿Quién es L.M.?”
“¿Por qué desapareció tres años?”
“¿Cuál será su nueva colección?”
Fu Jingze vio la noticia durante una reunión.
No le prestó atención.
Nunca se había interesado demasiado por joyería.
Hasta que uno de sus socios dijo:
—Mi esposa está loca por conseguir una invitación. Esa diseñadora es una leyenda.
Fu Jingze siguió leyendo documentos.
—¿Cómo se llama?
—L.M.
Su mano se detuvo.
Solo un segundo.
Lin Mo.
Pero descartó la idea.
No podía ser.
Durante tres años, en su mente, yo había sido simplemente su esposa.
La mujer que esperaba en casa.
La que organizaba cenas.
La que le recordaba aniversarios.
Nunca había pensado en preguntarme qué había sido antes.
Regresó de Islandia antes de tiempo.
Abrió la puerta de casa.
—Lin Mo.
Silencio.
Dejó la maleta.
—Lin Mo.
Nada.
Entró en el dormitorio.
Mi lado del armario estaba vacío.
Fue al baño.
Nada.
Al estudio pequeño que yo apenas utilizaba.
Vacío.
Entonces abrió el cajón de los relojes.
Encontró el acuerdo.
Y debajo, la alianza.
Se quedó mirando ambas cosas durante mucho tiempo.
Por primera vez entendió que yo no estaba esperando que regresara.
Yo ya me había ido.
El divorcio se complicó únicamente porque Fu Jingze se negó a firmar.
—Quiero verla.
La abogada Zhao respondió:
—Eso no es una condición legal.
—Dígale que regrese.
—No.
—¿Qué quiere?
—Divorciarse.
—¿Dinero?
—No.
—¿La casa?
—No.
—¿Acciones?
—No.
—Entonces ¿qué demonios quiere?
La abogada Zhao lo miró.
—Probablemente dejar de ser su esposa.
No encontró respuesta.
Tres meses después, llegó la Exposición de Joyería de Otoño.
La sala principal estaba llena.
Compradores.
Periodistas.
Coleccionistas.
Representantes de casas reales y marcas internacionales.
Fu Jingze estaba allí por casualidad.
Uno de los grupos de inversión de la familia Fu patrocinaba parte del evento.
No quería asistir.
Pero su padre insistió.
—Necesitas ampliar contactos.
Fu Jingze llegó tarde.
Mientras caminaba hacia su asiento, el presentador anunció:
—Después de tres años de ausencia, recibamos nuevamente a una de las figuras más misteriosas de la alta joyería contemporánea.
La sala estalló en aplausos.
—L.M.
Fu Jingze levantó la cabeza.
Yo salí al escenario.
Vestido negro.
Cabello recogido.
Sin alianza.
Se quedó completamente inmóvil.
Su padre lo miró.
—¿Qué pasa?
Fu Jingze no respondió.
Yo tomé el micrófono.
—Buenas noches.
Mi voz llenó el salón.
Segura.
Tranquila.
Nada parecida a la mujer que él recordaba preguntándole si llegaría a cenar.
—Esta colección se llama “Regreso”.
La pantalla mostró la pieza principal.
Solo ida.
—Durante un tiempo pensé que alejarse significaba perder.
Miré al público.
—Después comprendí que algunas salidas no son finales.
Son el camino de vuelta hacia uno mismo.
Los aplausos llenaron la sala.
Fu Jingze seguía mirándome.
Pálido.
Finalmente había descubierto quién era L.M.
Me esperó al terminar.
Cuando salí hacia una zona privada, estaba allí.
—Lin Mo.
Me detuve.
—Fu Jingze.
Sus ojos recorrieron mi rostro como si estuviera intentando encontrar a la mujer que había dejado en casa.
—Tú eres L.M.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
Lo miré sorprendida.
—Desde siete años antes de casarme contigo.
Su expresión se quedó vacía.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Sonreí.
—Te lo dije.
—No.
—La primera vez que nos conocimos te conté que diseñaba joyas.
Frunció el ceño.
Claramente no lo recordaba.
—Después de casarnos también intenté hablarte de mis exposiciones.
Silencio.
—Pero siempre estabas ocupado.
Cada palabra le devolvía algo que había ignorado.
—Yo pensé que era un pasatiempo.
—Lo sé.
Bajó la mirada.
—¿Por eso te fuiste?
—No.
Me miró.
—Me fui porque cancelaste nuestra luna de miel a escondidas para cumplirle una promesa a otra mujer y después dijiste que yo hacía escándalos por cosas insignificantes.
Su rostro palideció.
—A Le y yo no hicimos nada.
—Ya no importa.
—Sí importa.
—Para ti.
Negué suavemente.
—Para mí dejó de importar el día que compré aquel billete.
—¿A París?
—Solo ida.
Fu Jingze cerró los ojos.
—Regresa conmigo.
Aquellas palabras me produjeron una extraña tranquilidad.
—No.
—Puedo cambiar.
—Espero que sí.
Sus ojos se iluminaron un instante.
—Entonces…
—Para ti mismo.
La esperanza desapareció.
—No para mí.
Firmó el divorcio una semana después.
No pidió nada más.
Al salir del despacho, me alcanzó.
—Lin Mo.
Me giré.
—¿Alguna vez me quisiste de verdad?
Sonreí con tristeza.
—Ese nunca fue el problema.
—Entonces ¿cuál fue?
—Que yo te elegí durante tres años y tú siempre pensaste que eso significaba que podía esperar eternamente.
No respondió.
—No podía.
Me marché.
Un año después, “Solo ida” se vendió en una subasta benéfica por una cifra récord.

Cuando me preguntaron en una entrevista qué había inspirado aquella pieza, respondí:
—Una cancelación.
La periodista se rio.
—¿Una cancelación?
—Sí.
—Parece muy poco romántico.
Pensé en Fu Jingze.
En Islandia.
En Shen Le.
En el grupo de chat.
En aquella frase:
“Ella no lo sabrá.”
Sonreí.
—A veces una puerta cerrada te obliga a tomar el camino correcto.
Aquella noche volví caminando al estudio.
París estaba iluminado.
En el escaparate vi mi reflejo.
Ya no era la señora Fu.
Ya no era la esposa que esperaba.
Ni la mujer que organizaba una luna de miel que nunca iba a ocurrir.
Era Lin Mo.
Era L.M.
Y finalmente ambas eran la misma persona otra vez.
Fu Jingze canceló nuestros billetes porque creyó que yo siempre seguiría allí cuando regresara.
Se equivocó.
Él voló hacia Islandia para cumplir una promesa del pasado.
Yo tomé un vuelo solo de ida hacia mi futuro.
Y por primera vez en tres años…
no regresé.